La charrería, conocida como jaripeo en el siglo XIX, es el conjunto de destrezas, habilidades ecuestres y vaqueras propias del charro mexicano. La charrería evolucionó del jaripeo para convertirse en un deporte reglado y federado, de gran popularidad y raigambre en México. Se desarrolla en ruedos llamados lienzos charros.
Desde el 1 de diciembre de 2016 es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, tras ser ingresada en esta lista representativa en la reunión del Comité Intergubernamental de la Unesco para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, celebrada en Adís Abeba (Etiopía).
Historia El origen de los deportes taurino-ecuestres nacionales o tauromaquia mexicana se remontan a mediados del siglo , poco tiempo después de la introducción de la ganadería de vacunos y equinos traídos por los españoles. La introducción del ganado vacuno y caballar fue exitosa, ya que se multiplicó y se extendió rápidamente por todo el virreinato, de modo que, poco tiempo después, había más ganado vacuno y caballos en Nueva España que en la propia España.
Las primeras actividades ganaderas se centraban principalmente alrededor de la industria del corambre y el sebo, tanto para la exportación como para el consumo interno. En 1587, por ejemplo, salieron del puerto de Veracruz hacia el puerto de Sevilla, más de 64,350 cueros vacunos. Esta ganadería se llevaba a cabo por medio de la cacería del ganado cimarrón (toros salvajes) con la ayuda de la desjarretadera, una lanza de 20 palmos (aprox. 4.5 metros) con una navaja en forma de media luna en la punta para desjarretar a los toros. Un vaquero a caballo, portando la desjarretadera, galopaba a toda velocidad detrás de un toro salvaje y, colocándose ligeramente a un lado, golpeaba el jarrete de una de sus patas, cortando la carne y los nervios, incapacitándolo al instante. El vaquero entonces se desmontaba y remataba al toro apuñalándolo en la nuca, para después desollarlo y quitarle el sebo, dejando la carne y el resto a que se pudriera en la campiña.
miniaturadeimagen|Cacería del Toro Cimarrón (salvaje) en el México Colonial (1582). Esta fue la primera faena vaquera mexicana en convertirse en deporte.
De esta faena ganadera, surgió lo que se puede considerar el primer deporte taurino-ecuestre nacional, pues, hombres de a caballo, ajenos al oficio de vaquero, salían al monte con la dicha desjarretadera a cazar toros por recreación o afición porque, según ellos, se ejercitaban y hacían “fuertes” o ágiles en la silla. Agustín Dávila Padilla, sacerdote dominico, hizo referencia a esta faena hecha deporte al contar lo sucedido a un caballero mexicano en el :
Conforme la cultura vaquera mexicana se fue desarrollando y el ganado se fue expandiendo a lo largo de las décadas del y , nuevas faenas vaqueras utilizadas para el manejo del ganado vacuno y caballar fueron surgiendo. Los vaqueros tenían la tarea de realizar varios trabajos en las estancias o haciendas ganaderas, como hacer los rodeos, los herraderos, cazar ganado fugitivo, clasificar para identificación de ganado y cazar toros y caballos salvajes.
En su obra «Historia del Toreo en México» (1924), el historiador Nicolás Rangel recopiló varias denuncias ante la Santa Sede de algunos vaqueros acusados de «satanismo», incluyendo las hazañas de un mulato vaquero en una hacienda en Jalisco a quien se le acusó en 1604 de tener un pacto con el diablo y traer tatuado su imagen en la espalda, por sus habilidades ecuestres y vaqueras. Se decía que el dicho mulato se ataba fuertemente los pies y aguardaba a un toro muy bravo y que le metía en los cuernos dos naranjas, y a una potranca cerril, por más corcovos que daba, yendo a caballo en ella, le iba quitando las cinchas y la silla y se quedaba en pelo en ella, sin apearse ni caer. Dichas suertes tan arriesgadas eran ya, hacía ese entonces, habilidades y deportes recreativos comunes entre los vaqueros del país, pero desconocidas para los españoles quienes las atribuían a la brujería.
Hacía el , faenas como el coleo de toros, el uso del lazo, o las jineteadas, aunque aún rudimentarias, eran comúnmente empleadas en las haciendas del país durante los rodeos, herraderos y capaderos. Ya en ese entonces, dichas faenas se habían convertido en tradiciones lúdicas, expresiones de la tauromaquia mexicana, de gran arraigo en la población mexicana de toda clase, tanto de la gente del campo como de las ciudades. En 1765, Pedro Tamarón Romeral, obispo de Durango, arremetió contra los clérigos de aquellas regiones quienes se entretenían y ejercitaban coleando toros en la vía pública:
La jineteada o monta de toros, de igual manera, ya era también tradición común de la tauromaquia mexicana y al igual que el coleo estaba muy arraigada en la población. En su obra «Rusticatio Mexicana» (1781), el jesuita Rafael Landivar describió, en verso épico, el jineteo de toros y como se lidiaba, mientras se jineteaba el toro, otro toro, durante las corridas en los pueblos.
: El Jaripeo
miniaturadeimagen|upright=1.45| 220x220px |El Coleo en México en 1825 en una pintura titulada “Pasatiempo Mexicano” del francés Theubet de Beauchamp. El coleo de toros, o Coleadero, formó parte de las tradiciones lúdicas de los Rancheros mexicanos desde el siglo xvi
Si bien ciertos elementos de la tauromaquia mexicana se habían desarrollado desde antes del , esta comenzó a tomar forma y a perfeccionarse hasta ese entonces recibiendo una mayor difusión.
A lo largo de gran parte de la historia de México, estos deportes taurino-ecuestres se habían llevado a cabo principalmente en los campos y haciendas del país, a campo abierto o en pequeñas plazas rurales, con ganado salvaje, y rara vez aparecían en las arenas de las grandes ciudades y aún así solo como eventos secundarios. Un artículo en la revista deportiva inglesa «The New Sporting Magazine» (1835) describe con lujo de detalles el coleo de toros a campo abierto en la campiña del Bajío, región considerada como cuna de los mejores jinetes del país. Y la noble escocesa Frances Erskine Inglis describió las grandes festividades campestres, como los herraderos, en las haciendas ganaderas de Hidalgo, y detalló el Jineteo de Toros en 1839:
thumb|Corrida de toros en la Ciudad de México (1831), en donde los picadores iban vestidos como los Charros, los vaqueros de tierra adentro. Hasta la década de 1860, el panorama taurino en México, especialmente en las grandes ciudades y entre las élites, estaba dominado por las corridas de toros españolas. En estos casos, las tradiciones mexicanas eran relegadas y minimizadas, apareciendo como simples adiciones folclóricas, como auxiliares, o eventos secundarios. Por ejemplo, los picadores solían salir vestidos como los vaqueros del interior del país (tierra adentro), los charros, en lugar del atuendo español. Los charros ayudaban al torero si este corría peligro lazando al toro, o si el toro no era lo suficientemente bravo o no tan dispuesto a la lidia, lo lazaban para sacarlo de la plaza. A veces, las corridas de toros incluían la monta de toros como evento secundario para animar el ambiente. El único lugar donde la gente podía encontrar las tradiciones ecuestres y vaqueras mexicanas en todo su esplendor era en el campo, en las haciendas, ranchos y pueblos.
Como resultado de la Intervención Francesa en México en la década de 1860, surgió un nuevo sentimiento de patriotismo y nacionalismo en todo el país, donde tanto el gobierno como la población impulsaron la idea de «lo nacional» o «todo lo mexicano» por encima de todo lo «extranjero». Esto incluía las tradiciones ecuestres y taurinas mexicanas por encima de las de España y Europa. Irónicamente, fue el emperador Maximiliano I de México quien, durante la Intervención Francesa, promovió y exaltó estas tradiciones, popularizándolas entre las élites mexicanas, pues era un gran admirador de la equitación mexicana. A menudo organizaba exhibiciones de lazo, monta de toros y otros eventos en el Palacio, donde invitaba a dignatarios extranjeros, y solía vestirse de charro incluso en eventos formales.
Todo esto tendría un efecto en las décadas de 1870 y 1880, cuando los empresarios y ganaderos promovieron la tauromaquia mexicana, difundiendo el Jaripeo, conocido por los españoles como «toreo mexicano», el conjunto de destrezas y habilidades ecuestres y vaqueras de los charros. Los lances o suertes mexicanas, originalmente faenas vaqueras, de lazar, colear toros, jineteo y doma de toros y caballos cerriles, barbear toros, y equitación, se enaltecieron a nivel nacional desde sus humildes orígenes rurales y ganaderos.
En su obra «La Tauromaquia» (1895), el escritor y periodista taurino español, Leopoldo Vázquez, quien presenció las hazañas del afamado Ponciano Díaz en 1889, refirió:
Las suertes originales del Jaripeo eran:
Colear toros: Consiste en derribar un toro, a caballo, tomándolo de la cola y tirando de ella para así derribarlo.
Lazar: Cosiste en lazar a los toros por los cuernos o el pescuezo, los más diestros solo lo hacen de los cuernos; y en lazar del pescuezo a los caballos.
Manganear: Cosiste en lazar las «manos», o patas delanteras, de un toro o un caballo para derribarlo.
Pialar: Consiste en lazar las patas traseras de un toro o un caballo para derribarlo.
Jineteo de toros: consistía en que después de haber sido lazado de los cuernos o pescuezo y pialado de las patas o manganeado de las manos, se jineteaba.
Jineteo de caballos cerriles: Consistía en que después de haber sido pialado o manganeado, el caballo era jineteado a pelo y sin riendas o pretal, sujetándose solo de la crin.
Barbear toros: Consistía en enfrentar al toro a pie, tomándolo de la oreja con una mano y con la otra el morro, y de esta forma torcerle el pescuezo para derribarlo.
Banderillear toros á caballo: Consistía en poner banderillas al toro pero á caballo.
Capotear toros á caballo: Consistía en torear un toro con el capote pero á caballo.
El jaripeo se diferencia de las corridas españolas no solo en los lances y eventos que se realizan, sino en el hecho de que los toros no se matan, simplemente se «juega» con ellos o se les «atormenta». En la tradición española, la muerte del toro es quizás el elemento más importante, ya que las corridas de toros surgieron de la montería, o caza mayor, practicada por las élites, y de los espectáculos romanos y de la antigua Grecia. Pero el jaripeo se origina en las faenas vaqueras a campo abierto, en la inmensidad de la campiña mexicana, cazando o lazando ganado vacuno y caballar salvaje, la doma de potros salvajes, el pastoreo del ganado, los herraderos, entre otras cosas, actividades que no implicaban necesariamente el sacrificio del ganado. El jaripeo es simplemente el conjunto de habilidades y ejercicios ecuestres y vaqueros derivados de las tradiciones ganaderas convertidas en deporte.
Por esta razón, los charros dan mayor importancia a la destreza y el espectáculo, ya sea en sus habilidades ecuestres o en el uso artístico del lazo, porque ese es el objetivo final del deporte, no la matanza del toro.
El famoso escritor e historiador taurino, José Sánchez de Neira, quien también presenció las hazañas de Ponciano Díaz y otros charros mexicanos como Agustín Oropeza, explicó el porque los mexicanos eran mejores jinetes y más diestros en el toreo á caballo que los españoles, afirmando en 1889:
Y el mismo Leopoldo Vázquez, pero en su obra «América Taurina» (1898), afirmó: