Antolín Monescillo y Viso (Corral de Calatrava, 2 de septiembre de 1811 – Toledo, 11 de agosto de 1897) fue un arzobispo y cardenal católico español. Ocupó los cargos de obispo de Calahorra y La Calzada (1861-1865), obispo de Jaén (1865-1877), arzobispo de Valencia (1877-1892) y arzobispo primado de Toledo (1892-1897). Fue diputado y senador, y padre conciliar del Concilio Vaticano I.
Biografía Familia y primeros años
Hijo de Nicasio Monescillo y María Viso, modestos labradores de Corral de Calatrava, pequeña localidad de la provincia de Ciudad Real, donde nació el 2 de septiembre de 1811 siendo bautizado al día siguiente y confirmado el 29 de diciembre de 1816 por monseñor Luis Gregorio López Castrillo, obispo titular de Lorima.
Estudios y formación Todavía en su pueblo comienza a estudiar latinidad, siendo su profesor el dómine Celestino Novalvos, profesor secularizado de la Orden de los Camilos, quien a su vez, en vista de sus cualidades, lo pone bajo la protección de Lorenzo Hernández Alba, deán de Toledo y paisano de Monescillo. A los doce años comenzó sus estudios en Toledo. A partir de 1833 comienza a recibir las Órdenes Sagradas. Fue ordenado sacerdote en 1836, a la edad de 25 años, celebrando su Primera Misa en la Iglesia de Santa Cruz de Madrid.
Su carrera académica fue brillante, como dicen sus informes: asistía a clase “con puntualidad, aplicación y aprovechamiento”, poseía “en todos (los) conceptos instrucción sólida, apoyada en la verdadera doctrina”. Las calificaciones obtenidas confirman estos informes: Sobresaliente en los exámenes de Bachillerato (4 de junio de 1835), Licenciatura (20, 28 y 29 de octubre de 1839) y Doctorado en Teología (29 de noviembre de 1840).
Culminó sus estudios en Toledo con el doctorado en Sagrada Teología (1840) y la licenciatura en Cánones. Dotado de una vasta cultura y maestro del habla castellana, llegó a ser un orador de primer orden y un escritor notable.
Sacerdocio Por su amor al estudio y viva inteligencia, se granjea el aprecio de sus profesores, que quisieron tenerle a su lado, y así, desempeñó varias cátedras en el Seminario de Toledo, hasta que en 1835 obtuvo por oposición un curato de dicho arzobispado, aprobando “con una de las principales censuras”.
De su estancia como catedrático en Teología Pastoral en Toledo hay que destacar su amistad con el poeta Zorrilla, siendo posiblemente Monescillo quien persuadiera al poeta a dejar sus estudios jurídicos para dedicarse por completo a la poesía. Otro de sus grandes amigos seglares y posiblemente el más influyente en Monescillo es León Carbonero y Sol, fundador, propietario y director de la revista La Cruz y, acaso el más notable publicista del catolicismo español de la segunda mitad del . Del grupo de Monescillo es el también publicista eclesiástico Juan González, chantre de la catedral de Valladolid. Ellos constituyen uno de los más importantes focos del naciente periodismo católico español, siendo Monescillo el decano del periodismo católico.
Desde su juventud publicó en los periódicos gran número de bien documentados artículos en defensa de la religión, que halló en él uno de sus más celosos propagadores. Sus pastorales son modelos en su género, y otro tanto se puede decir de sus Sermones y Panegíricos, reunidos en seis tomos. Publicó un vasto número de escritos, por ello incluimos al final, para no ir citando a cada año varios libros, una bibliografía de forma cronológica, aunque si aparecerán citadas de forma algunas de sus obras debido a su importancia literaria o pastoral.
Como se ha dicho, pronto se dio a conocer por sus cualidades periodísticas, colaborando en publicaciones, como El Católico o El Pensamiento Español, pero en 1842 Monescillo funda junto a Juan González el diario La Cruz, en el cual colaboran el marqués de Berriozábal, Roca y Cornet, Manuel de Jesús Rodríguez (figura importante de la Nunciatura), Crespo (primero, obispo auxiliar de Toledo, y luego, de Mondoñedo) y el gran García Cuesta, futuro cardenal de Santiago. Poco después colaboran con Pedro de la Hoz en el recién fundado diario La Esperanza. Es en este grupo donde se fragua y perfila la vocación de publicista de Monescillo que, con el paso del tiempo y su brillante carrera eclesiástica se convertirá en el portavoz oficioso del episcopado español ante el Trono. Pero su carrera periodística se vio interrumpida en 1842 a consecuencia de los disturbios que ocasionaron su exilio y el de otros sacerdotes toledanos.
Desde 1836 se hallaba vacante la sede de Toledo, el 30 de enero fallecía el cardenal Inguanzo y la reina María Cristina había presentado para sucederle a Pedro González Vallejo, el cual no era del agrado de Roma. Tal era el desagrado que cuando muere en 1842 aún no había entrado en la diócesis y a su muerte se quiso nombrar sin más, vicario capitular al que había sido su provisor, Golfanguer, como si se tratase de una normal y legitima sede vacante. Pero un grupo de sacerdotes se oponía a esta lesión de los derechos de la Santa Sede y firmaron una Representación a la Reina que fue redactada por Monescillo. La respuesta oficial no se hizo esperar: fueron detenidos cuarenta de los firmantes. Monescillo, aconsejado por sus amigos, huye a Madrid, ocultándose por buhardillas, escapando de un sitio para otro a fin de no comprometer a nadie, pasando auténtica hambre, pero aun encontró tiempo y modo para seguir escribiendo artículos. Pero la situación no podía prolongarse, y decidió presentarse espontáneamente a las autoridades, siendo desterrado eligió como residencia San Sebastián. Posiblemente pensaba huir a Francia, como así realizará. El exilio le adherirá poco a poco a toda la facción antiliberal y conservadora de la Iglesia española, y a corto plazo le permitió estudiar y ponerse en contacto con la cultura católica francesa.
Con la mayoría de edad de Isabel II y la entrega por parte de esta del poder a los moderados, bajo el gobierno de Narváez, y en vista de los buenos informes que se dan del desterrado, Monescillo entra de nuevo en España. Vuelto de Francia, continúa sus tareas literarias y periodísticas.
El 13 de marzo de 1849 fue nombrado “Vicario General y Juez Eclesiástico Ordinario de la Villa de Estepa (Sevilla) y su Estado, vere nullius nec intra límites alicuius Dioecesis, con territorio propio separado, inmediatamente sujeto a la Sede Apostólica”. Aquí es donde comienza su preparación, propiamente dicha, como pastor y hombre de gobierno, pues en la práctica era un cargo casi episcopal. Contaba treinta y seis años y junto a su cargo y al desempeño del oficio de Examinador Sinodal en varias diócesis, es nombrado caballero de la Orden de Carlos III, con fecha del 2 de julio de 1849 y comunicado a Monescillo el 16 de agosto del mismo.
Al quedar suprimido este Vicariato sevillano en 1852 por el Concordato de 1851 fue nombrado canónigo de Granada, pasando el 5 de septiembre de 1853 por permuta su canonjía granadina con el canónigo de Toledo Rafael Aguilar a la Catedral de Toledo, donde fue promovido el 6 de abril de 1858 a maestreescuela por Cirilo de Alameda y Brea, arzobispo de Toledo, donde quiso dedicarse de nuevo al profesorado y volvió a ocupar la cátedra de Teología en el Seminario conciliar de Toledo.
En este periodo de formación y docencia del que sería arzobispo de Valencia el papa Pío IX promulga el 8 de diciembre de 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción de María, donde se encuentra una expresión adecuada de veneración a dicho dogma en Valencia con la composición de la Felicitación Sabatina por Juan García, el 5 de marzo de 1859, en la capilla del Seminario, a los pies del célebre lienzo de la Patrona, obra de Ribalta.
Obispo de Calahorra y La Calzada (1861–1865)
En 1861 es preconizado obispo de Calahorra y La Calzada por el papa Pío IX, recibiendo la consagración episcopal el 6 de octubre de 1861 en las Salesas Reales de Madrid, de manos del cardenal Cirilo Alameda, arzobispo de Toledo. Los consagrantes fueron: Francisco Landeira, obispo de Cartagena, y Clemente de Jesús Munguía, obispo de Michoacán (México), siendo apadrinado por el Marqués de Estepa y actuando como testigos dos compañeros del cabildo toledano. A partir de este momento Monescillo irá convirtiéndose en uno de los principales dirigentes de la Iglesia Católica española de la segunda mitad del .
Toma posesión por poderes de la diócesis el 12 de octubre del mismo, entrando en la diócesis cuatro días después. En esta etapa la diócesis de Calahorra le toca a Monescillo vivir el mayor acontecimiento por el que pasaría la diócesis, aunque tiene un matiz negativo y doloroso, pues está vinculado a la desmembración pendiente de ejecución ordenada por el Concordato de 1851, que dispone en su artículo 5.º la conveniencia de trasladas la sede a Logroño y que se cree la diócesis de Vitoria a base principalmente de territorio calagurritano.
Al poco de llegar a Calahorra, comienza su actividad pastoral escrita. El 1 de noviembre de 1861 firma su pastoral de ingreso en la diócesis; y junto a los saludos y bendiciones de rigor, ofrece su adhesión a la Exposición que Costa y Borrás escribió en contra de los desvíos antirreligiosos de la prensa.
El primero de enero de 1862, publica su pastoral sobre La Tolerancia, pastoral en la que se realiza un ataque afilado y duro contra los Gobiernos centralistas de O'Donnell, que tratan de sobrevivir y dar continuidad a la situación permitiendo una mayor holgura de expresión al liberalismo progresista y al librepensamiento. En este documento se alude al periódico Irurac-bat, citando algunos párrafos del mismo, incursos en la condena de esta pastoral. El periódico Irurac-bat se apresuró a presentar sus disculpas con total sumisión e integridad católica. Y muy probablemente se refería a este incidente un despacho del nuncio Barili al cardenal Antonelli en el que se estimaba que Monescillo había molestado a algunos de sus diocesanos por cierta imprudente provocación.
Las pruebas de sus magnos y elocuentes dotes de orador se irán desarrollando en este obispado, pues es requerido en solemnes ocasiones en este periodo episcopal y como muestra de su buen hacer dos de sus intervenciones merecieron pasar por la imprenta.
Obispo de Jaén: diputado, senador y prelado conciliar (1865–1877)
thumb|Antolín Monescillo hacia 1870, como obispo de Jaén. En el año 1865 es promovido a la sede episcopal de Jaén, entrando en ella a la edad de 54 años el día 27 de junio del mismo, esta va a ser una época en la que va a luchar en varios campos, aunque especialmente en el sexenio y en el Concilio Vaticano I. Esta va a ser para el recién electo obispo de Jaén una dura etapa de actividad sin descanso, y a consecuencia de esta actividad va a ser noticia dentro y fuera de España. En una palabra: éste es el “Obispo de Jaén”. Sin más. Basta esta generalidad para que todos los españoles y bastantes extranjeros sepan que se habla de Antolín Monescillo y Viso.
El nuevo obispo de Jaén se puso manos a la obra en dos frentes: el clero y el pueblo, pues como informa al Nuncio: “Muy pronto, esta provincia, no movida ni excitada hasta hoy, dará muestras de que vive en ella la fe”
Se trabajó con el clero comienza por el Cabildo, ya que a los pocos meses de la toma de posesión consiguió de la Reina el tratamiento de Excelencia para el Cabildo, además de tener frecuentes deferencias con ellos: haciéndoles pequeños regalos, presidiendo algunas de sus sesiones y preocupándose de su situación económica en los años difíciles del Sexenio revolucionario y a comienzos de la Restauración, interponiendo en ocasiones su influencia ante los políticos de Madrid.
Nuestro prelado se dedica pastoralmente a emanar cartas pastorales con el fin de lograr un clero que fuese ejemplar en su ministerio, de recta formación y a la altura de lo que las circunstancias requerían, para que viviese modestamente y poder así iluminar cristianamente las conciencias.