La novena de aguinaldos es una costumbre católica de Colombia que se celebra anualmente en la época de Adviento durante los nueve días anteriores a la Navidad (del 16 al 24 de diciembre, época de aguinaldos). Consiste en una serie de oraciones alusivas al nacimiento de Jesús, reflexiones y alabanzas acompañadas con cánticos navideños. Se realiza también en Ecuador y algunas partes de Venezuela. Es análoga a las Posadas que se celebran en México y América Central.

Costumbres En Colombia, más allá de la tradición católica y su carácter netamente religioso, la novena de aguinaldos es un evento social en el cual, en torno a la oración, se reúnen los miembros de las familias, los trabajadores en sus empresas y las comunidades en parques, iglesias o centros comerciales. Además, el evento incluye el canto de villancicos y el compartir de aperitivos tradicionales del tiempo de Navidad como galletas, buñuelos, natilla y arroz con leche. Cada día, al final de la novena, algunas familias donan regalos a los niños.

Los sitios donde se realizan las novenas se decoran con motivos navideños, luces de colores navideñas, pesebre, árbol de navidad, estrellas, Papá Noel, y se ponen villancicos de fondo, incluso se contratan grupos musicales que interpretan villancicos y música navideña en vivo.

Los participantes, que se visten con atuendos navideños (prendas de un color específico como rojo, verde y blanco y con figuras navideñas estampadas, gorros navideños, etcétera), se turnan para leer las distintas partes de la novena y para cantar.

En las empresas, los comités organizadores de la novena asignan la organización de cada día de la novena a un determinado departamento, el cual decora de manera distinta el escenario, viste atuendos propios y brinda una merienda navideña al final de la celebración.

Historia thumb|200px|La Madre María Ignacia, quien modificó el texto de la novena a finales del . La novena fue originalmente creada por fray Fernando de Jesús Larrea,franciscano nacido en Quito en 1700 quien, después de su ordenación en 1725, fue predicador en Ecuador y Colombia.Fray Fernando la escribió por petición de la fundadora del Colegio de La Enseñanza en Bogotá, Clemencia de Jesús Caycedo Vélez y fue publicada originalmente en 1743. Muchos años después, una religiosa de La Enseñanza, la madre María Ignacia, la modificó y agregó los gozos (canciones).

El lenguaje es florido y arcaico, lo que ha dado a varias versiones en lenguaje moderno. Son comunes las versiones en el que se reemplaza el voseo reverencial por el uso de tuteo, el cambio de padre putativo por padre adoptivo al referirse a José. Otras versiones incluyen cambios más drásticos en la modernización del lenguaje.

El escritor Jairo Aníbal Niño publicó en 2001 una versión de diez días titulada Los nueve días y un día, nueva novena de Navidad (ISBN 958-300561-4). Otras versiones incluyen la Nueva novena de aguinaldos de Luis Ferrer y Luis H. Trigueros. En diciembre de 2012, el diario El Tiempo publica una versión en el que las consideraciones son reemplazadas por textos breves de la Biblia y el misal católico, al considerarlos más acordes con el Concilio Vaticano II.

El rezo de la novena Se reza durante 9 días desde el 16 hasta el 24 de diciembre, rememorando los meses previos al nacimiento de Jesús y terminando con su llegada en el pesebre de Belén. A continuación se indica el esquema de oraciones usando la versión tradicional de la madre María Ignacia.

Cada día se reza un conjunto de oraciones que son: Oración para todos los días Consideraciones del día Oración a la Santísima Virgen Oración a San José Gozos o Aspiraciones para la venida del Niño Jesús Oración al Niño Jesús

Oración para Todos los Días Este texto es original de Fray Fernando de Jesús Larrea. Véase Wikisource para la ortografía original. Benignísimo Dios de infinita caridad, que tanto amásteis a los hombres, que les disteis en vuestro hijoCambiado a vuestro Unigénito en la versión de la Madre María Ignacia la mejor prenda de vuestro amor para que hecho hombre en las entrañas de una Virgen, naciese en un pesebre para nuestra salud y remedio. Yo, en nombre de todos los mortales os doy infinitas gracias por tan soberano beneficio; y en retorno de él os ofrezco la pobreza, humildad y demás virtudes de vuestro hijo humanado, suplicándoos por sus divinos méritos, por las incomodidades con que nació, y por las tiernas lágrimas que derramó en el pesebre, que dispongáis nuestros corazones con humildad profunda, con amor encendido, con total desprecio de todo lo terreno, para que Jesús recién nacido tenga en ellos su cuna, y more eternamente. Amén. (Se reza tres veces el Gloria al Padre)

Consideraciones diarias Se lee la consideración del día respectivo de la novena.

Día Primero Se lee el primer día de la novena, 16 de diciembre. En el principio de los tiempos el Verbo reposaba en el seno de su Padre en lo más alto de los cielos: allí era la causa, a la par que el modelo de toda creación. En esas profundidades de una incalculable eternidad permanecía el Niño de Belén. Allí es donde debemos datar la genealogía del Eterno que no tiene antepasados, y contemplar la vida de complacencia infinita que allí llevaba.

La vida del Verbo Eterno en el seno de su Padre era una vida maravillosa y sin embargo, misterio sublime, busca otra morada en una mansión creada. No era porque en su mansión eterna faltase algo a su infinita felicidad sino porque su misericordia infinita anhelaba la redención y la salvación del género humano, que sin Él no podría verificarse.

El pecado de Adán había ofendido a un Dios y esa ofensa infinita no podría ser condonada sino por los méritos del mismo Dios. La raza de Adán había desobedecido y merecido un castigo eterno; era pues, necesario para salvarla y satisfacer su culpa que Dios, sin dejar el cielo, tomase la forma del hombre sobre la tierra y con la obediencia a los designios de su Padre, expiase aquella desobediencia, ingratitud y rebeldía.

Era necesario en las miras de su amor que tomase la forma, las debilidades e ignorancia sistemática del hombre, que creciese para darle crecimiento espiritual; que sufriese, para morir a sus pasiones y a su orgullo y por eso el Verbo Eterno ardiendo en deseos de salvar al hombre resolvió hacerse hombre también y así redimir al culpable.

Día Segundo Se lee el segundo día de la novena, 17 de diciembre. El verbo eterno se halla a punto de tomar su naturaleza creada en la santa casa de Nazaret, en donde moraban María y José. Cuando la sombra del decreto divino vino a deslizarse sobre ella, María estaba sola y engolfada en la oración. Pasaba las silenciosas horas de la noche en la unión más estrecha con Dios; y mientras oraba, el Verbo tomó posesión de su morada creada. Sin embargo, no llegó inopinadamente: antes de presentarse envió a un mensajero, que fue el Arcángel San Gabriel, para pedir a María de parte de Dios su consentimiento para la encarnación. El creador no quiso efectuar ese gran misterio sin la aquiescencia de su criatura.

Aquel momento fue muy solemne: era potestativo en María rehusar... Con qué adorables delicias, con qué inefable complacencia aguardaría la Santísima Trinidad a que María abriese los labios y pronunciase el "sí" que debió ser suave melodía para sus oídos, y con el cual se conformaba su profunda humildad a la omnipotente voluntad divina. La Virgen Inmaculada ha dado su asentimiento. El arcángel ha desaparecido. Dios se ha revestido de una naturaleza creada; la voluntad eterna está cumplida y la creación completa. En las regiones del mundo angélico estalla el júbilo inmenso, pero la Virgen María ni le oía ni le hubiese prestado atención a él. Tenía inclinada la cabeza y su alma estaba sumida en el silencio que se asemejaba al de Dios. El Verbo se había hecho carne, y aunque todavía invisible para el mundo, habitaba ya entre los hombres que su inmenso amor había venido a rescatar. No era ya sólo el Verbo eterno; era el Niño Jesús revestido de la apariencia humana, y justificando ya el elogio que de Él han hecho todas las generaciones en llamarle el más hermoso de los hijos de los hombres.

Día Tercero Se lee el tercer día de la novena, 18 de diciembre. Así había comenzado su vida encarnada el Niño. Consideremos el alma gloriosa y el santo cuerpo que había tomado, adorándolos profundamente. Admirando en el primer lugar el alma de ese divino Niño, consideremos en ella la plenitud de su gracia santificadora; la de su ciencia beatífica, por la cual desde el primer momento de su vida vio la divina esencia más claramente que todos los ángeles y leyó lo pasado lo porvenir con todos sus arcanos conocimientos. No supo nunca por adquisición voluntaria nada que no supiese por infusión desde el primer momento de su ser; pero él adoptó todas las enfermedades de nuestra naturaleza a que dignamente podía someterse, aun cuando no fuesen necesarias para la grande obra que debía cumplir. Pidámosle que sus divinas facultades suplan la debilidad de las nuestras y les den nueva energía; que su memoria nos enseñe a recordar sus beneficios, su entendimiento a pensar en Él, su voluntad a no hacer sino lo que Él quiere y en servicio suyo.

Del alma del Niño Jesús pasemos ahora a su cuerpo. Que era un mundo de maravillas, una obra maestra de la mano de Dios. No era, como el nuestro, una traba para el alma: era por el contrario, un nuevo elemento de santidad. Quiso que fuese pequeño y débil como el de todos los niños, y sujeto a todas las incomodidades de la infancia, para asemejarse más a nosotros y participar de nuestras humillaciones. El Espíritu Santo formó ese cuerpecillo divino con tal delicadeza y tal capacidad de sentir, que pudiese sufrir hasta el exceso para cumplir la grande obra de nuestra redención. La belleza de ese cuerpo del divino Niño fue superior a cuanto se ha imaginado jamás; la divina sangre que por sus venas empezó a circular desde el momento de la encarnación es la que lava todas las manchas del mundo culpable. Pidámosle que lave las nuestras en el sacramento de la penitencia, para que el día de su Navidad nos encuentre purificados, perdonados y dispuestos a recibirle con amor y provecho espiritual.

Día Cuarto Se lee el cuarto día de la novena, 19 de diciembre. Desde el seno de su madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su entera sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba conociendo toda su debilidad, toda su humillación, todas sus incomodidades. ¿Quién de nosotros quisiera retroceder a un estado semejante con el pleno goce de la razón y de la reflexión?, ¿quién pudiera sostener a sabiendas un martirio tan prolongado, tan penoso de todas maneras? Por ahí entró el Divino Niño en su dolorosa y humilde carrera; así empezó a anonadarse delante de su Padre, a enseñarnos lo que Dios merece por parte de su criatura, a expiar nuestro orgullo, origen de todos nuestros pecados y hacernos sentir toda la criminalidad y desórdenes del orgullo.

Deseamos hacer una verdadera oración; empecemos por formarnos de ella una exacta idea contemplando al Niño en el seno de su madre. El divino Niño ora y ora del modo más excelente. No habla, no medita ni se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado, aceptado con la intención de honrar a Dios, es su oración y ese estado expresa altamente todo lo que Dios merece y de qué modo quiere ser adorado de nosotros.