El capitalismo y los historiadores (título original en inglés: Capitalism and the Historians, 1954) es un libro editado por Friedrich von Hayek que reúne ensayos de diversos autores con análisis críticos sobre la interpretación que cierta historiografía ha dado del capitalismo sobre todo en la llamada era de la Revolución industrial. Los ensayos formaron parte de una serie de trabajos presentados en la cuarta reunión anual de la Sociedad Mont Pelerin, presentados en 1951, sobre los orígenes del capitalismo.

Sumario del libro INTRODUCCIÓN

Historia y política, por F.A. Hayek

PRIMERA PARTE

1. El tratamiento del capitalismo por los historiadores, por T.S. Ashton 2. Los prejuicios anticapitalistas de los historiadores norteamericanos, por L.M. Hacker 3. Los intelectuales europeos y el capitalismo, por B. de Jouvenel

SEGUNDA PARTE

4. El nivel de vida de los trabajadores en Inglaterra desde 1790 a 1830, por T.S. Ashton 5. El aumento del nivel de vida en Inglaterra de 1800 a 1850, por R.M. Hartwell 6. El sistema de fábrica a principios del siglo XIX, por A.H. Hutt

Historia y política En este ensayo Hayek parte de la constatación de una estrecha relación entre las convicciones políticas y los juicios relacionados con determinados eventos históricos, ya que las opiniones sobre unas doctrinas e instituciones específicas vienen determinantemente influidas por los efectos pasados que se les atribuyen. Si tales opiniones, según Hayek, están viciadas, por ejemplo, por concepciones políticas, éstas, gracias a la presentación que hagan los historiadores de los hechos, se infiltrarán en la opinión pública a través de imágenes e interpretaciones históricas.

Los horrores descritos por la historiografía tradicional sobre la Revolución industrial son, según Hayek, un claro ejemplo de esto. Para Hayek tal interpretación persiste por el hecho de que el aumento del nivel de vida durante la era industrial facilitó la percepción consciente de una miseria hasta entonces considerada normal e inevitable, y que había pasado relativamente desapercibida. Al presenciar el progreso de la época, repentinamente muchos consideraron la pobreza como una realidad fuera de lugar, y la industrialización no fue apreciada por generar riqueza sino más bien criticada por no producir la suficiente. Destaca también Hayek que los terratenientes y los círculos conservadores difundieron esta versión de los hechos en el marco de su lucha contra los fabricantes y el librecambismo, versión finalmente recogida por la historiografía socialista pues confirmaba sus tesis socioeconómicas acerca del capitalismo.

El tratamiento del capitalismo por los historiadores Ashton critica en su ensayo el pesimismo que percibe en buena parte de la historiografía tradicional de la Revolución Industrial, y el que muchos autores interpretaran los hechos excluyendo las enseñanzas económicas. Ashton también destaca y critica la visión romántica que algunos autores tienen sobre la época preindustrial.Ashton cita como ejemplo extremo a Friedrich Engels: “Los trabajadores vegetaban en una existencia relativamente confortable, llevando una vida limpia y pacífica con toda piedad y probidad, y su situación material era mucho mejor que la de sus sucesores. No necesitaban trabajar en exceso. No hacían más de lo que habían decidido hacer y, sin embargo, ganaban lo necesario. Disponían de tiempo libre para el saludable trabajo en su jardín o en su huerto, trabajo que constituía un solaz para ellos, y podían participar en otros juegos y diversiones de sus vecinos, y todos estos juegos: bolos, cricket, football, etc., contribuían a su salud y vigor físico. En su mayor parte eran fuertes y bien formados, y en su físico poca o ninguna diferencia podía apreciarse con respecto a sus vecinos campesinos. Sus hijos crecían al aire libre en los campos, y si ayudaban a sus padres en el trabajo, era de manera meramente ocasional; al tiempo que la jornada de ocho a doce horas era algo que no les concernía”. Citado en "El Capitalismo y los Historiadores".

Según Ashton, tomando en cuenta informes de la épocaInformes de las Comisiones Reales y de los Comités de Investigación redactados durante los siglos XVIII y XIX. puede afirmarse que mucha de la miseria de la época fue causada por la legislación, y unos hábitos y formas de organización obsoletas. En estos informes, siempre según Ashton, puede verse que los trabajadores industriales percibían mejor paga que los empleados domésticos, que dependían de métodos atrasados; que las condiciones laborales eran más precarias en los talleres pequeños y no en las fábricas de vapor; que donde la represión y los malos tratos eran más frecuentes en los pueblos aislados y en las zonas rurales y no en las minas carboníferas o en las zonas urbanas. Finaliza Ashton citando estudios de Bowley y Wood donde se afirma que los salarios reales tuvieron una curva ascendente durante la mayor parte de aquella época.

Los prejuicios anticapitalistas de los historiadores norteamericanos Hayek comienza con el estudio general acerca del, según sus investigaciones, sesgado tratamiento histórico del capitalismo en siglos anteriores, para concluir específicamente enfocándose en los, según este autor, prejuicios anticapitalistas de numerosos historiadores norteamericanos.

Por ejemplo, Hacker considera que el calificativo de "inhumano", adjudicado frecuentemente al , es calumnioso: según las fuentes por él consultadas, en esa época los salarios reales subieron en los países industrializados como consecuencia del descenso de los precios de las productos, mientras que simultáneamente los países menos desarrollados se beneficiaron de un creciente flujo capital en forma de inversiones. Por otro lado, Hacker habla también de la introducción "de una política estatal en gran escala a favor de la salud y de la instrucción pública".

El autor también se refiere a la intervención gubernamental que, a su juicio, retrasó el progreso en Inglaterra, mencionando como ejemplo, la cuestión de la vivienda. En la literatura crítica a la industrialización, sobre todo la de los reformadores sociales, siempre se mencionan el hacinamiento o la precariedad de las viviendas; Hacker indica que las causas, sin embargo, cabe buscarlas en los movimientos migratorios y en la política fiscal que impuso unas tasas de interés fijadas a discreción dificultando la inversión de capital; y, por otro lado, los impuestos a los materiales de construcción que encarecieron el precio de las viviendas.

Pasando a los Estados Unidos y a los historiadores norteamericanos, Hacker apunta los prejuicios anticapitalistas extendidos entre estos últimos analizando sus características, sus fundamentos y sus consecuencias. Por contraste con Europa, los prejuicios anticapitalistas en los EE. UU., señala Hacker, no provenían principalmente del marxismo sino más bien de las ideas socialdemócratas y fabianas, aunado esto a una historiografía influenciada por juicios morales.

Teniendo en cuenta esto, Hakcer hace referencia a la extendida influencia de la tradicional disputa política entre hamiltonismo y el jeffersonismo. Señala Hacker, que Hamilton fue asociado con el capitalismo y Jefferson con el igualitarismo, aunque más por razones morales que económicas, por lo cual los historiadores considerados anticapitalistas se sirvieron de la figura de Jefferson para divulgar sus interpretaciones.

Los intelectuales europeos y el capitalismo De Jouvenel comienza resaltando que, a su juicio, el estudio del pasado lleva la impronta de las ideas del presente. En el caso del estudio de la historia afirma que la actitud del historiador refleja una actitud difundida entre los intelectuales en general. De acuerdo con De Jouvenel, la actitud del intelectual con respecto al progreso económico es ambivalente: mientras que por un lado ensalza las conquistas de la técnica y celebra que la sociedad goce de un mayor bienestar económico, por el otro considera que la industrialización destruye valores y establece una disciplina tenaz; para finalmente asignar a la "fuerza del progreso" todo aquello que le gusta y a la "fuerza del capitalismo" aquello que no.

Continúa De Jouvenel afirmando que los intelectuales menosprecian al empresario porque este ofrece a los consumidores lo que desean, mientras que ellos le dicen al público lo que debe y no debe desear. De Jouvenel destaca que si la meta de los intelectuales es difundir la verdad entonces "tendemos a adoptar respecto al hombre de negocios la misma actitud de superioridad moral que el fariseo respecto al publicano". Advierte, sin embargo que el pobre asaltado en el camino, no fue socorrido por el intelectual (el levita) sino por el comerciante (el samaritano).

De Jouvenel considera que si los intelectuales se sienten relegados a un plano inferior de protagonismo es porque otros satisfacen mejor las necesidades de la sociedad.

El nivel de vida de los trabajadores en Inglaterra desde 1790 a 1830 Para este su segundo ensayo, Ashton resalta que varios economistas en su día juzgaron con pesimismo las consecuencias de la industrialización como John Stuart Mill, Thomas Malthus o J.R. McCulloch.Por ejemplo John Stuart Mill escribía en 1848: "Hasta ahora es discutible que las invenciones mecánicas hayan aliviado la fatiga diaria de cualquier ser humano. Han hecho posible que un número mayor de personas vivan la misma vida de ingrato trabajo y de reclusión, y que un número creciente de industriales y de otro acumulen riquezas. Ha aumentado el bienestar de las clases medias, pero hasta ahora no han comenzado a realizar los grandes cambios en el destino humano que está en su naturaleza y que están llamadas a efectuar en el futuro". Opiniones similares expresaban filósofos, clérigos, conservadores, radicales, poetas y otros que compartían un rechazo al sistema industrial. En el lado opuesto personajes igualmente distinguidos y con un similar afán reformador, como Sir Frederic Eden, Patrick Colquhoun, John Wesley, John Rickman, George Chalmers y Edwin Chadwick tenían opiniones más optimistas.Edwin Chadwick, por ejemplo, afirmaba: "Es un hecho que, hasta ahora, en Inglaterra los salarios, o los medios para obtener lo necesario para vivir, han aumentado para el conjunto de los trabajadores, y los bienes económicos al alcance de estas clases han aumentado con el último aumento de población".

Ashton identifica tres períodos para su análisis: el período de la guerra, el período de la posguerra y el reajuste, y el período de expansión económica. Durante el primero, en su opinión el ingente gasto público improductivo redujo el bienestar de la población; la dificultad de importar alimentos impulsó el desarrollo de cultivos marginales y los ingresos de agricultores y propietarios de parcelas crecieron; la escasez de materiales de construcción, las altas tasas de interés y los impuestos sobre la propiedad refrenaron la construcción de viviendas justo cuando su demanda había aumentado. En el período de reajuste subsiguiente, continúa Ashton, los alquileres de las viviendas y el tipo de interés disminuyeron muy poco. Simultáneamente hubo quiebras bancarias, se contrajo el gasto público y disminuyó la inversión a largo plazo. Durante el tercer período se produjo la vuelta al patrón oro, la reforma del sistema fiscal, el descenso del tipo de interés y de los alquileres, la superación de la escasez debido a la guerra, la caída de los precios fruto de la reducción de costes, permitiendo vislumbrar una mejoría para las masas trabajadoras.