miniatura |Alejandro Magno en un fragmento del mosaico romano de Pompeya (probablemente una copia de un cuadro griego del ). Alejandro III de Macedonia (; Pela, 20/23 de julio o 6/10 de octubre de - Babilonia, 10/13 de junio de ), conocido como Alejandro el Grande o Alejandro Magno, fue un soberano del antiguo reino griego de Macedonia.
Tras suceder en el trono a su padre, Filipo II, en el año a la edad de veinte años, consagró la mayor parte de su reinado a una prolongada campaña militar que se extendió por Asia y el antiguo Egipto. Con treinta años de edad había consolidado uno de los imperios más extensos de la Antigüedad, cuyos dominios abarcaban desde el mar Jónico hasta el noroeste de la India. Invicto en el campo de batalla, la historiografía lo considera de forma unánime como uno de los comandantes militares más brillantes y exitosos de todos los tiempos.
Nacido en la ciudad de Pela, Alejandro recibió enseñanzas del filósofo Aristóteles hasta los dieciséis años. En , poco después de heredar la corona macedonia, encabezó una campaña en los Balcanes con el fin de reafirmar su autoridad sobre Tracia y diversas regiones de Iliria, para marchar posteriormente contra la ciudad griega de Tebas, cuya resistencia fue castigada con la destrucción total de la urbe. Alejandro asumió la hegemonía de la Liga de Corinto, la federación de estados griegos instituida originalmente por su padre.
Investido con la autoridad sobre el conjunto de los griegos, emprendió en una invasión panhelénica del Imperio aqueménida, lo que dio inicio a una serie de campañas que se prolongarían durante una década. Tras la conquista de Asia Menor y la obtención de victorias decisivas —especialmente en Issos y Gaugamela—, el poderío aqueménida quedó fracturado. Posteriormente, Alejandro derrocó a Darío III y completó la sumisión del Imperio persa en su totalidad. Tras esta caída, el Imperio macedonio dominó una vasta extensión territorial comprendida entre el mar Adriático y el río Indo. En su empeño por alcanzar los «confines del mundo y el Gran Mar Exterior», invadió la India en y obtuvo un triunfo sobre Poros, soberano del actual Punyab, en la batalla del Hidaspes. No obstante, ante el motín de sus tropas, se vio finalmente obligado a desistir de su campaña en la India y a emprender el regreso desde el río Beas. Falleció en en la ciudad mesopotámica de Babilonia —la cual proyectaba convertir en la capital de su imperio—, mientras se hallaba en su ruta de retorno hacia Grecia. El deceso de Alejandro truncó definitivamente sus planes para la invasión de la península arábiga.
Tras su fallecimiento, el estallido de una sucesión de guerras civiles provocó la fragmentación del Imperio macedonio a manos de sus generales, los diádocos. La muerte de Alejandro señala, de manera convencional, el inicio del periodo helenístico. Su legado, forjado a través de las conquistas, se distingue por un profundo sincretismo y una vasta difusión cultural que propiciaron el surgimiento del grecobudismo y del judaísmo helenístico. De entre las más de veinte ciudades que fundó, sobresale, por su importancia histórica, Alejandría, en Egipto. Asimismo, el establecimiento de colonias y la expansión de la cultura griega dieron origen a la civilización helenística, cuya influencia cultural se extendió desde el Mediterráneo oriental hasta los confines del subcontinente indio. Bajo este proceso, el idioma griego se consolidó como la lengua franca de la región y perduró como el idioma predominante del Imperio bizantino hasta su caída en el año
La figura de Alejandro, erigido a la categoría de héroe a la altura del propio Aquiles, ocupó un lugar prominente en las tradiciones históricas y míticas tanto de la cultura griega como de las no helénicas. Sus proezas y triunfos en el campo de batalla lo transformaron en un paradigma de excelencia con el que se compararía a numerosos líderes militares de la posteridad. Más allá de sus logros territoriales, Alejandro se convirtió en un referente iconográfico y cultural de primer orden en numerosas civilizaciones. Además, inspiró una vasta producción literaria y legendaria que se difundió por Europa y el mundo islámico durante siglos, mientras que su genio táctico sigue siendo, hoy en día, materia de estudio en academias militares de todo el mundo.
Biografía miniatura|Busto romano de Alejandro, rescatado de las ruinas de Herculano. Palacio de Blenheim, Oxfordshire, Reino Unido. Orígenes Alejandro pertenecía a la dinastía de los Argéadas, el linaje que rigió los destinos de Macedonia desde sus orígenes históricos. Los autores de la Antigüedad vinculaban esta estirpe con los heráclidas; el mito relata que el teménida Carano —hermano menor del rey Fidón de Argos y descendiente de undécima generación de Heracles— o, de acuerdo con otras versiones, su sucesor Pérdicas, emigró desde el Peloponeso hacia el norte durante el con el fin de fundar su propio reino. Fue Argeo, hijo de Pérdicas, quien otorgó su nombre a la casa real, de la cual Alejandro III sería un descendiente lejano.
Hasta el , Macedonia se configuraba como un reino exiguo y vulnerable, asediado por las persistentes incursiones de tracios e ilirios desde el norte y por la presión expansionista helena desde el sur. Pese a que los macedonios parecen haber empleado un dialecto del griego, los helenos los calificaban de bárbaros. Amintas III, abuelo de Alejandro y miembro de una rama colateral de la dinastía que accedió al trono tras el asesinato de su predecesor, preservó su posición únicamente mediante una hábil diplomacia entre los diversos estados de la Hélade. Su hijo, Filipo II, transformó la realidad del reino al incrementar sustancialmente los ingresos del Estado, instituir un ejército formidable y someter a los príncipes de la Alta Macedonia. Tras derrotar a sus vecinos septentrionales, inició la conquista sistemática de las polis griegas. La esposa de Filipo y madre de Alejandro fue la princesa epirota Olimpia, hija del rey Neoptólemo I, perteneciente a la dinastía de los eácidas, quienes trazaban su linaje hasta Aquiles. En consecuencia, Alejandro era tenido, tanto por línea materna como paterna, por descendiente de divinidades y de los más insignes héroes de la Antigüedad, convicción que ejerció una influencia determinante en la forja de su personalidad.
Filipo II contrajo nupcias en siete ocasiones y convivió con todas sus consortes de manera simultánea. La única hermana de vínculo pleno de Alejandro fue Cleopatra; no obstante, el joven contaba con otros hermanos por línea paterna: Arrideo, vástago de Filina de Larisa, así como sus hermanas Tesalónica, hija de Nicesípolis de Feras; Cinane, hija de la princesa iliria Audata; y Europa, hija de Cleopatra. Pese a que Arrideo aventajaba a Alejandro en un año de edad, padecía una discapacidad intelectual que posicionaba a Alejandro como el único heredero legítimo para la sucesión de su padre.
Nacimiento e infancia 200px|miniatura|derecha| Alejandro Magno domando a Bucéfalo, por François Schommer. Alejandro nació en el año 356 a. C. en Pela, la capital macedonia. Según la tradición, el alumbramiento aconteció la misma noche en que Eróstrato incendió el Templo de Artemisa en Éfeso, una de las «siete Maravillas del mundo»; los magos persas interpretaron de inmediato aquel siniestro como el presagio de una futura catástrofe para su imperio. Más tarde, Hegesias de Magnesia ofreció otra explicación a tal coincidencia: «No es de extrañar que el templo de Artemisa ardiera —escribió—, pues la diosa estaba ocupada en ese momento asistiendo al nacimiento de Alejandro». De acuerdo con las fuentes, el rey Filipo, quien por entonces asediaba Potidea, recibió la noticia del nacimiento de su vástago el mismo día en que la ciudad caía en su poder. En esa misma jornada, otros mensajeros le informaron sobre una gran victoria macedonia frente a los ilirios y sobre el triunfo de su caballo de carreras en los Juegos Olímpicos. No obstante, dado que los prodigios de diversa índole solían ornar el nacimiento y la vida de los grandes personajes de la Antigüedad, la historiografía actual considera que estas coincidencias pertenecen, fundamentalmente, al ámbito de lo legendario.
La fecha precisa del nacimiento de Alejandro permanece envuelta en la incertidumbre. Plutarco sitúa el acontecimiento en el «sexto día del mes de hecatombeón, al que los macedonios denominan loo». Numerosos historiadores establecen el 15 de julio como la jornada inicial de hecatombeón y, por consiguiente, datan el alumbramiento el 20 de julio, si bien diversas tesis defienden los días 21 o 23. Por otra parte, Aristóbulo de Casandrea sostiene que el monarca vivió treinta y dos años y ocho meses, cronología que trasladaría su nacimiento a la estación otoñal. Según el testimonio de Demóstenes, el mes macedonio loo no se correspondía con hecatombeón, sino con boedromión, periodo equivalente a los meses de septiembre y octubre. Debido a esta discrepancia, surge otra fecha probable para su nacimiento: el intervalo comprendido entre el 6 y el 10 de octubre.
El niño recibió su nombre en honor a su antepasado Alejandro I, apodado «Filoheleno» («amigo de los griegos»), una elección que podría haber tenido trasfondo político.
Durante su infancia, el príncipe apenas frecuentó a su progenitor, quien permanecía constantemente en campaña; por ello, la mayor parte de su niñez transcurrió bajo la tutela de su madre, Olimpia, descrita como una mujer de «carácter difícil», «celosa y propensa a la ira», que profesaba una profunda aversión hacia su esposo. Es probable que las críticas hacia Filipo fueran recurrentes en presencia del infante, lo cual forjó en Alejandro una actitud ambivalente, de forma que, si bien Filipo despertaba su admiración, también le resultaba una figura desagradable. El primer mentor del príncipe fue Leónidas de Epiro, pariente de Olimpia, quien le impuso una disciplina de extrema severidad; pese al rigor de este trato, Alejandro le guardó afecto durante toda su vida. Bajo la autoridad de Leónidas se encontraba otro educador, Lisímaco de Acarnania, quien solía llamar al príncipe «Aquiles» y a sí mismo «Fénix». En compañía de otros jóvenes aristócratas de su edad, Alejandro inició la formación académica propia de su tiempo, la cual abarcaba lectura, aritmética, escritura, gimnasia y música. Asimismo, sus estudios incluían los fundamentos de la geometría, la filosofía y la literatura clásica, con especial énfasis en las epopeyas de Homero.
El infante poseía un temperamento ardiente y una sensibilidad acusada, rasgos que compaginaba con una curiosidad insaciable y una notable diligencia. Las crónicas de la época recogen diversas anécdotas que ilustran las dotes excepcionales del joven príncipe. En una ocasión, ante la ausencia de su padre, Alejandro recibió a unos embajadores persas y, lejos de formular preguntas triviales o infantiles, se interesó por la extensión de las calzadas, los métodos de transporte hacia el interior de Persia y el carácter del Gran Rey frente a sus enemigos. Asimismo, inquirió sobre la magnitud de las fuerzas militares y el poderío del imperio, de tal modo que los legados, asombrados, vislumbraron en el muchacho la grandeza de sus futuros proyectos y aspiraciones. En otro episodio célebre, Alejandro logró domar a Bucéfalo, un corcel que se mostraba indomable ante los demás, al comprender que el animal simplemente reaccionaba con pavor ante su propia sombra. Tras esta exhibición de ingenio y valor, Plutarco relata que Filipo exclamó: «¡Busca, hijo mío, un reino a tu medida, pues Macedonia se te queda pequeña!».