El término latino (en latín: Latini) hace referencia a una de las etnias de origen indoeuropeo y del grupo itálico que se asentaron a lo largo de la costa tirrénica del Latium, en Italia, en el curso del II milenio a. C., durante la Edad del Bronce. Estaban emparentados con otras poblaciones itálicas (sabinos, umbros, sículos, etc.) y particularmente con los faliscos, cuya emigración fue, si no contemporánea, cuando menos cronológicamente próxima a la de los latinos y junto a los cuales conformaban el subgrupo de pueblos itálicos conocido como latino-falisco.Theodor Mommsen, Historia de Roma, Vol. I, cap. II, par. 2

'Latino''' (distinto de latinoamericano) es el nombre del antiguo pueblo itálico que habitaba el Lacio central y cuya lengua era el latín. La antigua Roma era originalmente una aldea del pueblo latino; por eso, posteriormente, se llamó a los antiguos ciudadanos romanos también latinos.

Tradición histórico-literaria del origen thumb|300px|Federico Barocci: Eneas escapa de Troya (1598), Galería Bourgeois, Roma.

En la Teogonía (1010 a. C. / 1014 a. C.), Hesíodo se refiere a la figura de Latino, rey que gobernaba sobre un pueblo del Tirreno: los latinos. Esta es la primera ocasión en la que son citados como habitantes del Latium (Lacio). Los primeros en establecer una conexión entre esta última región y una ciudad de Asia Menor, Troya (a través de la figura de Eneas), fueron dos escritores griegos del Helánico de Lesbos y Damastes de Sigeo. Posteriormente (300 a. C. aprox.), el historiador siciliano Timeo de Tauromenio, hace la mención del origen del troyano de los penates custodiados en un santuario de Lavinium (Lavinia), ciudad sagrada para toda la nación latina. Fabio Píctor, Tito Livio, Dionisio de Halicarnaso, Apiano y Dion Casio acreditan la versión de Helánico, de Damaste y de Timeo.

En su historia de Roma, Livio escribe:

En esos mismos años dicha leyenda será sublimada poéticamente en la Eneida de Virgilio. Según la opinión de los historiadores de la antigüedad y el mayor poeta épico romano, después de las muertes del rey Latino y de Eneas, la población autóctona comenzó a mezclarse con los troyanos para dar origen al pueblo latino ()

Geografía

El territorio Según una teoría, este pueblo se dirigió a lo largo de la ribera tirrena hacia el sur instalándose en la franja costera comprendida entre el curso bajo del Tíber y el golfo de Policastro, entre las actuales Campania y Calabria. Sucesivamente, en épocas protohistóricas, los pueblos pertenecientes a la etnia latina se establecieron en la zona meridional siendo absorbidos por otras poblaciones. De la zona inicial de asentamiento, los latinos se retiraron hasta controlar únicamente la región del Latium vetus (o Latium priscum), delimitada, a grandes rasgos, al norte por el Tíber; al oriente por los montes Praenestinos y una porción del río Trerus; al sur por la rama septentrional de los Montes Volscos y al occidente por el mar Tirreno.

Otros estudiosos opinan en cambio, que originalmente los asentamientos latinos se extendieron entre el Tíber y el Bajo Lacio (llanura pontina, bajo curso del Liris), pero posteriormente se restringieron, en época protohistórica a la región de Latium vetus.

Finalmente, según la tradición romana, la cuna originaria de este pueblo fue la zona de los montes Albanos, desde donde el nombre de los latinos se difundió, sucesivamente, por las llanuras circundantes. En cualquier caso, en vísperas de la primera expansión de Roma y su estado (aparecidos aprox. ), el territorio en el que estaban establecidos los latinos era de una extensión no mayor a 2000 km², correspondientes a poco más de la décima parte de la actual región del Lacio.

La población thumb|300px|right|Pueblos indoeuropeos alrededor del 1500 a. C. Dado lo exiguo del territorio que controlaba, la población latina no podría en la época prerromana haber excedido los 60 000 o 70 000 habitantes. Era pues una etnia absolutamente minoritaria no solo en la Italia central, sino incluso en el mismo Lacio.

Cómo una pequeña nación como esta pudo crear, a través de Roma, el más grande imperio de la antigüedad, modelo no superado que perduró durante más de dos milenios, logrando la convivencia pacífica, la cooperación y el desarrollo de muchos pueblos, y que ha sido la base e incluso el alma de la moderna civilización europea, es un misterio que tal vez excede a la investigación histórica y que hunde sus raíces en las estepas de Ucrania, o quizá aún más al oriente, entre el mar Caspio y los Urales, en la Eurasia centro-occidental.

Esta fría y desolada tierra de hecho, se ha contemplado como probable cuna de la estirpe indoeuropea, que en el curso de la antigüedad dio origen sucesivamente a pueblos que rigieron alternativamente de gran parte de Eurasia a través del tiempo, entre otros: los hititas, los medos y persas, los arios, los griegos, los macedonios, los latinos, y ya en el umbral de la Edad Media, los germanos. Esta etnia fue el eje unificador y base civilizadora de un conjunto étnico compuesto de muchos pueblos, a veces también unidos por una lengua y religión común.

Los latinos en un momento dado dieron vida a estructuras estatales (entre ellas la romana), que si bien no eran de su misma base racial, y estaban abiertas a nuevas aportaciones étnicas, incentivaron un sistema de valores común, teniendo originalmente como puntos de referencia, la virtud individual en todas sus manifestaciones y una visión aristocrática de la vida que impregnó a toda la colectividad.

Ciudades thumb|right|300px|Mapa del Latium con los nombres de las ciudades de la Liga latina. Según la historiografía tradicional, el desarrollo propiamente urbano de Roma y del Latium se empezó a delinear solo en la época etrusca, esto fue pues entre el final del y la primera mitad del siguiente siglo. Pero en las últimas tres décadas tal formulación ha sido sometida a debate debido a las investigaciones, los hallazgos y las importantes contribuciones teóricas de un grupo de arqueólogos e historiadores, no solo italianos, encabezados por Andrea Carandini.

En 1988 fue descubierto el primer lienzo de la muralla de Roma, datable en torno al 725 a. C., momento en el que ya habían salido a la luz testimonios del , relativos a las ciudades de Preneste y Tibur, los dos mayores centros, después de Roma, del área latina, al menos hasta el momento en que fue absorbido el Latium vetus por el estado romano.

Es difícil establecer una clara línea de demarcación para los fenómenos urbano y protourbanos, pues es evidente que ya a partir del 750 a. C. aprox. algunos centros, por su estructura y dimensión, podían ser equiparables a las verdaderas ciudades sobre el modelo que era ya habitual en Etruria un par de generaciones antes,. y en el sur de la península con los primeros establecimientos helénicos (Magna Grecia). Sin embargo estos últimos parecen ser posteriores a los de los etruscos o los latinos, por lo tanto lo hecho por estos habría sido conseguido en forma autónoma, logrando así un modelo de desarrollo autóctono.

Con Dionisio de Halicarnaso, Estrabón y Plinio el Viejo se concluye, de sus obras, sobre las comunidades más antiguas del Latium vetus, que muchas de aquellas ya habían desaparecido en los siglos en los que los tres escritores las describieron. De algunas tampoco se ha tenido éxito en conocer su ubicación exacta, entre ellas está la misma Alba Longa, centro neurálgico de la Liga Latina, en torno a la primera mitad del , y primera en ser destruida por Roma. De Plinio nos quedan dos listas detalladas de ciudades, la segunda de las cuales se refiere al «populi de la foederatio albensis». En esta última aparecen: Alba longa, Manates (Tibur), Fidenates (Fidaene), Foretes (Gabii) Accienses (Aricia), Tolerus (Valmontone), y algunas que constituyeron parte integrante de la ciudad de Roma: Velienses (Velia), Querquetulani (Celio), Munienses (Quirinal, pero según algunos historiadores se trata de Castrimoenium) etc.

Historia

Cercados y federaciones Actualmente se ha determinado históricamente el arribo de una población diferente de la previamente residente en el Lacio en época protohistórica. Tal población, basándose en consideraciones de índole lingüística y una serie de hallazgos arqueológicos, ha sido identificada con los latinos. Da fe de ello la simple comparación de los sepulcros en los que se usaba el rito de la incineración, en tanto que en los sepulcros de épocas anteriores se acostumbraba exclusivamente al rito de la inhumación. El primer sepulcro que muestra este nuevo rito es datable en torno al y se encuentra en la zona de los montes Albanos, al sur de la actual Grottaferrata, pero pudo difundirse en otras partes del Latium, incluyendo a Roma, basándose en estas consideraciones se fundamentó la tradición romana de que este grupo constituía el eje de la nación latina.

En la primera Edad de Hierro, la forma de poblamiento de los latinos se articulaba en una serie de agrupamientos rurales autónomos, teniendo a menudo como centro un cercado o aldea fortificada (oppidum), en torno a la cual se coligaban estrechamente. Es evidente que en aquella época mantenían un profundo sentimiento de pertenencia, por tener un origen y un culto común, lo que indujo a que muchas de estas entidades crearan verdaderas federaciones o ligas. Estas, que originalmente tuvieron un carácter eminentemente religioso, con el tiempo debido a su éxito derivaron en organizaciones en pro de la defensa del territorio, del comercio y otros asuntos de común interés. La liga albense fue probablemente la más antigua entre las federaciones del Latium vetus y estaba constituida por unas treinta aldeas con su centro situado sobre el Monte Albano (populi albenses), según señala Plinio el Viejo. El corazón de este gran agrupamiento de poblados era la ciudad de Alba Longa, arrasada en torno a la mitad del por Roma, que la sustituyó en la dirección de la liga. Al final de esta misma centuria y en las siguientes, muchos otros centros latinos fueron absorbidos por el estado romano, que ahora era gobernado por una dinastía etrusca.

La supremacía etrusca En el último decenio del y aún más en el curso del , se había afirmado en todo el territorio latino, en casi toda la Campania y en parte de la llanura del Po, la supremacía etrusca que se prolongó hasta finales del y que en Roma corresponde, según la tradición, a los tres últimos reyes pertenecientes a la dinastía de los tarquinos (Tarquino Prisco, Servio Tulio y Tarquino el Soberbio). En esta ciudad, el periodo monárquico etrusco terminó en el 509 a. C., según los historiadores latinos y griegos,

Con la batalla de Ariccia (504 a. C.), los latinos, gracias al apoyo de un contingente cumano, derrotaron a los etruscos de Clusio, que aspiraban a ocupar el sitio de la depuesta dinastía de los tarquinos (o, según otra teoría, intentaban restituirla) en el poder del más importante centro de la región: Roma. La pronta intervención de los aliados de los latinos permitió a Roma conservar el gobierno republicano que hacía poco se había instaurado, prolongándose desde entonces por cinco siglos, y al mismo tiempo acabando las aspiraciones expansionistas etruscas en el Lacio centro-meridional.