Antonia Mercé y Luque, de nombre artístico La Argentina (Buenos Aires, 4 de septiembre de 1890 — Bayona, 18 de julio de 1936) fue una bailarina y coreógrafa española, nacida en Argentina mientras sus padres estaban de gira artística. Se le ha dado el mérito de tender un puente entre el neoclasicismo y el vanguardismo en el baile español y haber sido la gran renovadora de la danza española y andaluza en París.
Antonia, que además de su dominio de la danza fue una virtuosa en el uso de las castañuelas, trabajó con músicos de la talla de Manuel de Falla, Enrique Granados, Isaac Albéniz y José Padilla, folcloristas como Federico García Lorca y maestros del flamenco como Miguel de Molina o el bailarín Vicente Escudero, que a modo de epitafio dijo de ella:
Biografía
Hija de la bailarina Josefa Luque, cordobesa, y Manuel Mercé, pucelano, primer bailarín y maestro coreógrafo del Teatro Real de Madrid, y nacida en Buenos Aires durante una gira de varios años por América, todo parecía indicar que Antonia estaba destinada al arte de la danza. Tuvo un hermano mayor, fallecido a los 16 años, Manuel.La madre de la Argentina
Concluida la gira americana, los Mercé montaron una escuela de danza en su propio domicilio, un piso en la calle del Olmo del barrio de Lavapiés, en cuya fachada una modesta placa recuerda el hecho. Manuel Mercé pasó a dirigir el cuerpo de baile de la Ópera en Madrid, en tanto que Antonia, con diez años, entraba en el Conservatorio con la condición de aprender baile además de canto. Pronto fue incluida en el cuerpo juvenil de danza del Real, bajo las órdenes de su padre, marcando desde el principio un tenso ambiente en la relación profesor-alumna. Quizá por ello o por algún tipo de razón más personal, Antonia abandonó su carrera de danza clásica a los catorce años, poco después de la muerte de su padre, para dedicarse junto con su madre al estudio de las danzas populares y regionales españolas.
En ese primer periodo profesional de su vida, la que luego sería llamada La Argentina, se curtió en el ambiente del café concierto y el music hall, actuó en las primeras salas de cinematógrafo (cuyas largas sesiones de cine se alternaban con números de canto y baile). No tardaría en actuar junto a mitos como Pastora Imperio, La Fornarina o la propia Mata Hari. Muy pronto su presencia en teatros de la alcurnia del Príncipe Alfonso, el Romea madrileño o el popular Kursaal, atraerían la mirada y el respeto de la intelectualidad que en aquellos años veinte se concentraba en Madrid, destacando la admiración de personajes como Ramón del Valle-Inclán.
Salió de gira de España por vez primera en 1906. De Lisboa fue a París, debutando en «Le Jardin de Paris» y llegando a estrenar en el Moulin Rouge la revista L'amour en Espagne, de Quinito Valverde. Creciendo en el arte, París acabaría por abrirle las puertas de la Ópera y lanzarla al capítulo del reconocimiento internacional.
Viaje a España
Para encontrar las huellas de Antonia en Barcelona, hay que recorrer la ciudad de norte a sur. Casi todos los escenarios de sus comienzos, y también los de su apogeo, han ido cayendo bajo la piqueta de la pseumodernización de la ciudad y la especulación, el último el Teatro de Barcelona.
Barcelona fue uno de los grandes centros del music-hall europeo. Antonia debutó en el Teatro Arnau y actuó en El dorado, la Sala Imperiom y el Edén Concert en la primera década del . Era una adolescente sin las rotundas formas que requería el género de las varietés, al que la lanzó la prematura muerte de su padre, bailarín y maestro de danza. Antonia abandonó sus estudios en el tercer año de solfeo, en el curso 1903-1904, con calificación de notable. Su padre intentó apartarla del baile y educar su voz de contralto. Pero ella practicaba el baile desde sus primeros años, con la fruición de un juego infantil:
En Madrid, la joven Antonia debutó de telonera en el teatro Apolo, la catedral de los espectáculos de variedades. No era una hembra de tronío, al gusto de la época, no lo sería nunca. Su consagración vendría por sendas muy personales. Tenía una belleza frágil, estilizada, que no encajaba con la estética de la época: mujeres rollizas aprisionadas en restallantes corsés. Sin embargo, en aquellos frívolos escenarios, el donaire y el empaque con que salía a escena Antonia llamaba la atención de un público heterogéneo, en su mayoría ajeno al arte. Había en ella otro reclamo: sus castañuelas, con sonidos extraídos de su arte peculiar, virtuosismo no superado por nadie, según Vicente Escudero.
Los intelectuales novecentistas tuvieron sus musas en las artistas de varietés. Don Ramón María del Valle-Inclán declaraba:
miniatura|Caricatura de Antonia Mercé en 1918
El gran escritor gallego capitaneaba entonces la tertulia de intelectuales del madrileño Central Kursaal, un frontón de pelota vasca que por la noche se convertía en sala de varietés. En 1906, Antonia tenía ya cierta notoriedad y compartía la cartelera del Central Kursaal con La Fornarina, Mata-Hari, Pastora Imperio, Candelaria Medina y Monteverde.
En Barcelona, el entusiasmo por las artistas de varietés llevaba a compositores e intelectuales como Enrique Granados, Enric Morena, Ángel Guimerá, Santiago Rusiñol y Ramón Casas a componer y a escribir canciones dedicadas a sus musas, que luego se popularizaban en los escenarios de El dorado, en la plaza de Cataluña, del Arnau, del Salón Doré y otros alegres teatros del Paralelo barcelonés. Allí, Antonia Mercé actuó en sucesivas temporadas, interpretando números mixtos, en los que destacaba el baile. Con gracia y estilo cantaba cuplés y chotis, con músicas marchosas o sentimentales, y letras a menudo intrascendentes, en donde lo que contaba era la carga de intención que transmitía la artista. Un ejemplo es la siguiente:
En los albores del cine en España, los números de varietés llenaron los espacios sin proyección de las barracas cinematográficas. Los artistas amenizaban los intermedios de las películas mientras el operador cambiaba el rollo, dividido, por la regular, en episodios. Entonces, el pianista que animaba las escenas de emoción de la película acompañaba a las cupletistas. Antonia actuó, en Barcelona, y otras ciudades, en estas improvisadas salas de espectáculo. Curiosamente, su futuro compañero artístico Vicente Escudero, evocaría sus actuaciones en las barracas de cine Sanchís, en Gijón. Antonia fue despegando de estos ambientes con el estímulo de los intelectuales que le brindaron el escenario del Ateneo de Madrid para que representara allí su singular repertorio de danzas. El acontecimiento dio lugar a que el empresario del teatro Romea organizase semanalmente los Jueves de Argentina. Esta fue la materia artística que dio origen a la creación de sus futuros recitales de baile. La autoridad de Joaquín Turina afirmó:
Del Paralelo a la Rambla
Cuando Antonia Mercé volvió a Barcelona en enero de 1934, era ya una figura consagrada en París y en los grandes escenarios del mundo. En 1930, el presidente de la República francesa la había distinguido con la Orden de la Legión de Honor, como a Sarah Bernhardt, y el presidente español, Manuel Azaña, le había concedido la primera condecoración que otorgaba la II República: el Lazo de Isabel La Católica. Se le dedicaban estudios, conferencias y se la invitaba como solista en conciertos.
En Barcelona, tres días antes del debut de Antonia, el 2 de enero, Lluís Companys había sido elegido presidente de la Generalidad, como sucesor de Francesc Maciá, fallecido en diciembre de 1933. El Gobierno central traspasó a la Generalidad los servicios de orden público. En el terreno cultural se rindió homenaje a Pompeu Fabra, autor del primer diccionario moderno catalán realizado gracias a una suscripción popular.
miniatura|izquierda|La Argentina bailando
El escenario de la apoteosis de Antonia, al fallar el Liceo, era el Teatro Barcelona, en la Rambla de Cataluña, junto al célebre café modernista La Luna, hoy ocupado por un banco. Su actuación consistió en sólo dos conciertos de danza, los días 5 y 9 de enero, acompañada por el pianista Luis Galve y el guitarrista Salvador Ballesteros.
En Barcelona se había creado gran expectación en torno a la presentación de la artista, prácticamente inédita para el público barcelonés. La Argentina del Arnau y otras salas de varietés, no tenía nada que ver con la de 1934, calificada por la crítica internacional como la Pávlova del baile español. El programa lo integraban composiciones de Falla, Albéniz, Granados, Turina, Halffter, Durán, Valverde... la música moderna española entroncada con la mejor tradición europea. La noche del 5 de enero en el coliseo de la Rambla de Cataluña se había dado cita el todo Barcelona, que era más todo que de costumbre puesto que de los tablaos famosos del fondo de la Rambla de Santa Mónica, en el Arco del Teatro: la taberna de Sacristán, el Cangrejo flamenco, La Feria, La Pastora, El manicomio, Cádiz, La Taurina, La Bodega del Colón, subió una nutrida presentación, de artistas y enteraos flamencos, gitanos y payos, a comprobar la fibra jonda de aquella mujer estremecida, que se había atrevido a llevar a los metropolitanos del mundo el baile flamenco y rescatar las danzas regionales españolas. El propio García Lorca, en su Elogio a Antonia Mercé, en la Universidad de Columbia en Nueva York, en diciembre de 1929, había glosado el arte personalísimo de:
Tanta maravilla plástica había creado una atmósfera de curiosidad y reserva a la vez, en el público que abarrotaba la sala y los pasillos del teatro, la noche de su presentación. El ambiente lo describe así el crítico Sánchez-Boxá:
La revista Mirador corroboró el éxito:
Los Dansaires catalanes
El gusto por el folklore, tanto de las regiones españolas como de Hispanoamérica, llevó a Antonia a interesarse en sus viajes por los bailes populares de raíces ibéricas de la España colonial. Estudió las aportaciones de cada país: costumbres, ritos, cadencias, colorido, ritmo. Como ejemplo, el baile de La Cariñosa, danza nacional de Filipinas, que Antonia descubrió en una de sus giras y llevó a su repertorio. En una entrevista declaró:
Antonia Mercé devolvió el estilo de sus orígenes a bailes como el fandango, la seguidilla, el bolero, que interpretaban con escuela las damas de la Corte, en El Escorial y, con intuición las gentes del pueblo. Se había ido degenerando en los escenarios de varietés, con una gesticulación inarticulada y vulgar. Antonia los depuró, restituyó su técnica y les dio a cada uno su carácter y ritmo. La artista mostró al mundo entero la quintaesencia del folklore español, imagen genuina de un pueblo. Dedicó años a estudiar los ritos gitanos para la coreografía de El amor brujo. En una ocasión, el saber que en Salamanca un hombre muy anciano conocía pasos antiguos de un baile charro, se trasladó allí para recoger aquella tradición en trance de olvido. Otro día era el trenzado de una jota aragonesa de pasos complicados menudos y ágiles. En Barcelona, en mayo de 1934, en el que sería su último viaje a la ciudad condal, contó Sebastián Gasch que el Esbart Catalá de Dansaires, ofreció a Antonia una sesión privada para darle a conocer algunos ballets de su repertorio. Al terminar, La Argentina les dijo:
Como cumpliendo un rito, el último espectáculo que Antonia Mercé presentó el mismo día de su muerte, el 18 de julio de 1936, fue un festival de danzas vascas que en su honor le ofreció la ciudad de San Sebastián. La solemnidad, el aire litúrgico y ancestral del folklore del pueblo vasco le cautivaban.
En el Palacio Güell
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