El término franciscanos espirituales hace referencia a dos fenómenos distintos pero relacionados durante los dos primeros siglos de la Orden de Frailes Menores: una corriente diversa que abogaba por una interpretación rigurosa de la Regla, presente ya en vida de Francisco de Asís, y un movimiento organizado que surgió a mediados de la década de 1270 y persistió durante unos cincuenta años.

El espiritualismo franciscano El movimiento temprano del espiritualismo franciscano refleja el ideal de vida adoptado por Francisco de Asís y sus primeros compañeros antes de la institucionalización formal de la orden. Durante este periodo formativo, la pobreza apostólica se practicaba de forma radical y directa, sin el rigor de normativas complejas o marcos jurídicos; la cohesión del grupo dependía principalmente del carisma personal del Poverello. Esta fraternidad primitiva, carente de seguridad material y de una organización centralizada, encontraba su estabilidad en su escala reducida y en un propósito espiritual compartido. Sin embargo, la expansión de la Orden y la incorporación de nuevos miembros —a menudo procedentes del clero o de círculos intelectuales— hicieron que este estilo de vida informal resultara cada vez más difícil de mantener frente a las exigencias administrativas de una institución internacional en crecimiento.

Franciscanos espirituales Tras la muerte de Francisco, se agudizaron las tensiones internas sobre la interpretación y aplicación de la Regla de san Francisco. En sus últimos días, Francisco redactó su Testamento, donde exigía la observancia literal del ideal de pobreza; sin embargo, el papado declaró pronto que el documento carecía de carácter vinculante. Esta resolución facilitó cambios estructurales interpretados por unos como adaptaciones institucionales necesarias y por otros como una traición al carisma fundacional. En este contexto de resistencia surgió la facción de los «espirituales», quienes abogaban por una observancia rigurosa y absoluta de la pobreza —específicamente el principio del Usus pauper (uso pobre)— y rechazaban los compromisos y dispensas introducidos progresivamente por la jerarquía de la Orden.

Los espirituales no representaron una mera continuación de los inicios del movimiento, sino que se consolidaron como una corriente de rigor dentro de una Orden cada vez más numerosa y jerarquizada. Defendían el cumplimiento estricto de la Regla y consideraban cualquier concesión institucional como una pérdida de la identidad franciscana. En consecuencia, se enfrentaron al sector de los «conventuales», quienes buscaban compromisos para facilitar la integración de la institución en la sociedad de su tiempo. Con el paso de los años, ciertos sectores de la corriente espiritual desarrollaron complejos marcos teológicos influidos por tradiciones proféticas y apocalípticas, interpretando la trayectoria de la Orden bajo la visión joaquinita de la historia providencial.

La diferencia fundamental entre la etapa fundacional franciscana y el surgimiento de los espirituales radica en la conceptualización de la pobreza. Mientras que en los primeros años se trataba de una experiencia vital inmediata, para los espirituales se convirtió en un principio doctrinal defendido frente a las crecientes tensiones con la dirección de la Orden y el Papado. Hacia el siglo , esta rigidez ideológica derivó en condenas formales y persecuciones sistemáticas, lo que supuso una ruptura definitiva con la sencillez original del movimiento. La doctrina de la «pobreza absoluta de Cristo» (o pobreza apostólica) alcanzó su cénit polémico entre 1210 y 1323. Su premisa central sostenía que Cristo y los apóstoles carecían de propiedad alguna, tanto a título individual como colectivo. Este debate culminó en la denominada «controversia de la pobreza teórica» de 1322-1323.

Orígenes y desarrollo del movimiento

Inspirados por su fundador Francisco de Asís, los primeros franciscanos actuaron como predicadores itinerantes que observaban estrictamente el mandato del Evangelio:

Este compromiso radical con el espíritu mendicante —específicamente con la práctica de la mendicidad— generó fricciones con las órdenes monásticas tradicionales, que competían por los mismos recursos caritativos, y con los donantes locales, abrumados por las frecuentes peticiones de los frailes. Con la expansión de la Orden, surgieron necesidades pragmáticas que debieron ser atendidas, como el mantenimiento de enfermerías para los ancianos y el apoyo a los frailes dedicados a la formación teológica universitaria.

Para conciliar las necesidades de la Orden con el voto de pobreza, se desarrolló un artificio jurídico: la propiedad de los bienes y donaciones recaía nominalmente en protectores, quienes los gestionaban en beneficio de los frailes. Este modelo permitió la operatividad de la Orden sin que esta cayera en la indigencia absoluta. No obstante, los «espirituales» consideraron estos arreglos una traición al propósito original, argumentando que la Regla exigía un uso restringido de los bienes o usus pauper. Aunque el papa Gregorio IX autorizó inicialmente el empleo de intermediarios para gestionar las necesidades materiales —manteniendo los frailes únicamente el «simple uso de hecho» (simplex usus facti) sin propiedad legal—, surgieron dos facciones diferenciadas: los Zelanti, que defendían una vida austera y aislada en estricta observancia del testamento de san Francisco, y las comunidades urbanas, que requerían bibliotecas y ajuares litúrgicos para el estudio y la predicación. Buenaventura, elegido ministro general en 1257, intentó mediar entre ambas tendencias y es recordado como el «segundo fundador» por dotar a la Orden de sus primeras Constituciones Generales. Las críticas externas del clero secular y el auge del apocaliptismo joaquinita radicalizaron a los Zelanti, quienes pasaron a ser conocidos propiamente como franciscanos espirituales.

Apogeo del movimiento y represión: los Fraticelli A principios del siglo XIV, el conflicto entre los espirituales y los conventuales alcanzó un punto crítico. Los espirituales, influenciados por el joaquinismo de Pedro Juan Olivi, adoptaron posturas radicales que provocaron una severa represión por parte del papa Juan XXII.

Mediante la bula Exiit qui seminat de 1279, Nicolás III había estipulado que la propiedad legal de los bienes franciscanos correspondía a la Santa Sede. El pontífice declaraba que la renuncia a toda propiedad, «tanto individual como común», era una senda de santidad establecida por Cristo. Sin embargo, Juan XXII consideró esta «ficción jurídica» insostenible. En 1322, levantó la prohibición de debatir la bula de Nicolás III y solicitó una revisión teológica. La mayoría de los expertos dictaminó que tal doctrina socavaba el derecho de propiedad de la Iglesia. Pese a que el capítulo franciscano de Perugia defendió la doctrina como «verdadera y católica», Juan XXII promulgó la bula Ad Conditorem canonum (1322), aboliendo la titularidad pontificia sobre los bienes de la orden y obligando a los frailes a aceptar la propiedad de los mismos. El papa ironizó sobre el sistema vigente, calificando de ridículo pretender que «cada huevo o trozo de pan» perteneciera al pontífice. Posteriormente, en 1323, la bula Cum inter nonnullos condenó formalmente la doctrina de la pobreza absoluta como «errónea y herética».

La resistencia fue encabezada por el ministro general Miguel de Cesena, el provincial de Inglaterra Guillermo de Ockham y Bonagracia de Bérgamo. En 1324, el emperador Luis IV de Baviera se alió con los espirituales y acusó al papa de herejía. Juan XXII respondió con la bula Quia quorundam, aclarando que la vida sin propiedad no exigía la carencia de bienes comunes. Tras la huida de Miguel y Ockham bajo la protección de Luis en 1328, el emperador intentó deponer a Juan XXII e instauró al espiritual Pietro Rainalducci como antipapa. No obstante, la mayoría de las casas franciscanas se sometieron al papa en el Capítulo de París de 1329. Juan XXII publicó una refutación final en la bula Quia vir reprobus (1329) e, hacia 1330, los principales insurgentes, incluidos el antipapa y Miguel de Cesena, se habían sometido o habían sido marginados

Fraticeos

Los fraticeos (o fraticelli) fueron un movimiento religioso heterodoxo surgido en el siglo como una derivación radical de los franciscanos espirituales. Tras el fallecimiento de Francisco de Asís, la división entre los defensores de la pobreza absoluta y los sectores moderados de la Orden propició la formación de grupos disidentes. Destacó especialmente la facción liderada por Fra Liberato y Angelo Clareno, quienes establecieron comunidades en Roma, la Marca de Ancona y el Reino de Nápoles. Su estilo de vida austero, sumado al amparo de diversos nobles y obispos, dificultó considerablemente la labor represiva de la Inquisición. A pesar de que la muerte de Clareno debilitó el liderazgo carismático del movimiento, su legado pervivió a través de figuras como Felipe de Mallorca y se extendió por varias regiones de Italia. Los fraticeos se dividieron finalmente en dos ramas principales: los Fraticelli de paupere vita, enfocados en la observancia práctica de la pobreza y la imitatio Christi, y los Fraticelli de opinione (o «miguelistas»). Estos últimos adoptaron las tesis teológicas de Miguel de Cesena, sosteniendo que Cristo y los Apóstoles carecían de propiedad alguna, tanto individual como colectiva.

Durante el siglo XIV, los fraticelos se extendieron principalmente por el centro de Italia, con especial presencia en Perugia y los alrededores de Asís. Pese a las medidas dictadas por el papa Juan XXII en 1334, mantuvieron una influencia considerable e incluso controlaron monasterios como el de Monte Salvi. En este periodo, desarrollaron una doctrina polémica contra el clero oficial, al que acusaban de simonía y de haber perdido su autoridad espiritual. No obstante, aunque consideraban indignos a dichos clérigos, los fraticelos solían reconocer la validez de los sacramentos que estos administraban. La persecución se recrudeció en el siglo XV. En Roma y Umbría, muchos fueron juzgados y quemados en la hoguera como herejes, aunque algunos se mantuvieron firmes en su defensa de la pobreza apostólica, prefiriendo el martirio antes que la retractación. El auge de los Franciscanos observantes, que contaban con la aprobación pontificia, terminó por debilitar a los fraticelos al recuperar el espacio espiritual y popular que estos habían ocupado. A finales del siglo XV, el movimiento había dejado de existir como organización, sobreviviendo solo en núcleos aislados de la campiña de Umbría. Los intentos posteriores de revivir su ideal de pobreza, como el liderado por el franciscano español Felipe Berbegall, fueron suprimidos definitivamente por el papa Eugenio IV.

Fraticelli de paupere vita

La facción de los Fraticelli de paupere vita (Hermanitos de la vida pobre) se identifica generalmente como la rama más vinculada a la tradición de los franciscanos espirituales y al ideal de pobreza absoluta defendido por Francisco de Asís .

Clarenos

Los clarenos representan una de las corrientes más duraderas del radicalismo franciscano, originada a partir de los espirituales de las Marcas liderados por Ángelo Clareno (1247-1337). Constituidos inicialmente como «Pobres ermitaños» merced a la protección del papa Celestino V en 1294, el grupo buscaba preservar la observancia literal de la Regla y el Testamento de San Francisco al margen de la jurisdicción de la Orden de Frailes Menores.