thumb|300px|La réplica del Niño del cerro El Plomo en la exhibición en el Museo Nacional de Historia Natural, en Santiago (Chile) El Niño del cerro El Plomo (también conocido como Momia del cerro El Plomo, Momia del Plomo, Niño de El Plomo o Cauri Paccsa) son los restos momificados de un niño inca encontrado en 1954 en el cerro El Plomo, en la región Metropolitana de Santiago (Chile). Actualmente se conservan en el Museo Nacional de Historia Natural.The Highest Altar by Patrick Tierney Fue el primer hallazgo de una momia inca en gran altitud y formó parte del ritual ceremonial de la Capacocha. Es considerada la momia incaica más austral del Tahuantinsuyo.The High Mummies

Hallazgo thumb|El Adoratorio o Pirca del Inca en el camino al enterratorio thumb|La zona del Enterratorio vista desde la cima de El Plomo. La tumba devastada con pala y chuzo por los saqueadores ya no se aprecia al lado de la laguna de la cumbre.

En la cumbre y antecumbre del cerro El Plomo se hallan algunas construcciones de piedra, y cerca de su misma cumbre se descubrió a un niño inca momificado del , el 1 de febrero de 1954, por José Ortega arriero de la zona, pero su descubrimiento se le adjudicó a Luis Gerardo Ríos Barrueto, su sobrino Jaime Ríos Abarca y Guillermo Chacón Carrasco. Los arrieros iniciaron una excursión al cerro desde Puente Alto, con el fin de examinar estructuras de piedra a 5.400 metros de altura, en la cordillera junto a la ciudad de Santiago.

Guillermo Chacón era un buscador de minas y tesoros, y subió el cerro siguiendo la huella de un yacimiento de plata. En excavaciones hechas antes en el lugar, Chacón encontró varias figuritas de oro, plata y concha. En la expedición de febrero de 1954 la avanzada edad de Chacón, a quien además le faltaba la mano izquierda, le impidió ascender al sector llamado «Piedra numerada» donde se encontraban las mencionadas construcciones. Sin embargo, Luis Gerardo Ríos y su sobrino Jaime alcanzaron el punto más alto donde comenzó el trabajo de excavación. Extenuados por el trabajo físico y por la altura, Jaime Ríos encontró en una de las construcciones o pircas, dos figuras de camélidos, una hecha de oro y plata, y la otra de concha de mullu, junto con otros objetos que componían la ofrenda del Niño.

Luis y Jaime Ríos continuaron excavando hasta dar con un objeto, que si bien no era duro, ofrecía resistencia para ser extraído, como si fuera una piedra. Tras descansar y comer, retomaron la labor de extracción, pero esta vez usando palas y chuzos. Al cavar un metro sobre la base de una de las ruinas que allí existen, encontraron enterrado el cuerpo de un niño. Estaba sentado en el suelo, con los brazos enlazados en torno a sus piernas y su cabeza reposaba sobre el hombro y brazo derechos. Antes de morir cubrió sus piernas con su corta túnica, tratando de protegerse del intenso frío. Sus ojos estaban cerrados y parecía que dormía plácidamente. Luis Gerardo Ríos extrajo el cuerpo y se lo entregó a su sobrino. Los Ríos descendieron al sector de «Piedra numerada» y pasaron la noche con Guillermo Chacón, a quien le relataron el peculiar hallazgo del cadáver del niño. Al día siguiente, los expedicionarios optaron por descender sólo con los objetos, sin el cuerpo encontrado, que dejaron enterrado en una cueva.

Adquisición del cuerpo por el Museo Nacional de Historia Natural thumb|300px|left|Niño del cerro El Plomo, con ajuar funerario Luego de algunas semanas, Guillermo Chacón le propuso a Luis Gerardo Ríos hablar con alguien que les diera pistas sobre el valor de lo encontrado en las pircas. Luego de recurrir sin éxito al Museo Histórico Nacional, los expedicionarios acudieron al Museo Nacional de Historia Natural, en la Quinta Normal.

En el MNHN fueron recibidos por Grete Mostny, en ese entonces Jefa de la Sección de Antropología, quien examinó los objetos hallados por Chacón y Ríos, quienes buscaban venderlos. También le relataron el hallazgo del cadáver del niño. Todo esto generó el interés de la investigadora, quien quería que el director del museo, Humberto Fuenzalida, también revisara los objetos. No obstante, no se logró un acuerdo para la compra de los artefactos hallados. Con todo, Grete Mostny mantuvo el interés en el cuerpo encontrado por Luis Gerardo y Jaime Ríos. Mostny se trasladó a Puente Alto junto con Alberto Medina, antropólogo de la Universidad de Chile, con el propósito de adquirir el cuerpo e integrarlo a las colecciones del MNHN. El 18 de marzo, Guillermo Chacón y Luis Gerardo Ríos ascendieron nuevamente, retiraron el cuerpo del niño de la cueva donde lo depositaron y bajaron a Puente Alto. Grete Mostny exhortó a Humberto Fuenzalida para que comprara la pieza, afirmando que era necesario hacer cualquier sacrificio para concretar su adquisición, ya que el cuerpo constituía un tesoro de enorme valor. Tras difíciles negociaciones entre Guillermo Chacón y el director Fuenzalida, se acordó el pago de 45 mil pesos de la época por la pieza. El hallazgo y posterior venta del cuerpo al museo generó revuelo periodístico en su momento, incluso despertando el interés de medios de prensa internacionales, como la mundialmente conocida revista Life. Erróneamente el cuerpo fue publicitado como la «momia del Cerro El Plomo», además de señalar que se trataba de una princesa.

La Editorial Zig-Zag publicó un folleto del hallazgo, en colaboración con el Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad de Chile. En este documento se detallan las pesquisas que realizaron diversos montañistas en la zona en la que se encontró el cuerpo, información que sirvió para tener más claridad sobre las circunstancias en las que se halló el cuerpo del niño. Un ejemplo son las características del sitio, en el que existían tres construcciones cuadrangulares de pirca. El niño se encontraba en la más grande de estas construcciones, que medía siete metros de largo por tres de ancho, según mediciones realizadas por los montañistas Luis Krahl y Óscar González, miembros del Grupo de Alta Montaña del Club Andino de Chile.

Impacto en la carrera de Grete Mostny miniaturadeimagen|Grete Mostny y el Niño del cerro El Plomo (Foto de Frans Stoppelman, 1954) miniaturadeimagen|Un cacique del Collasuyo, según Guamán Poma de Ayala El Niño del Cerro El Plomo marcó un hito en la trayectoria de Grete Mostny como arqueóloga. Esto porque el hallazgo fue un suceso único en su género no solamente a nivel nacional, sino que en todo el continente americano. Gracias a este descubrimiento, prácticamente se inauguró la arqueología en las altas montañas de los Andes. Como consta en la biografía que el escritor chileno Francisco Mouat realizó de Grete Mostny, la investigadora anotó en su informe, publicado en el Tomo 27 del Boletín del MNHN:

Origen del cuerpo miniaturadeimagen|izquierda|Adoratorio inca en el cerro El Plomo A pesar de los análisis, estudios y tiempo transcurrido desde su hallazgo, actualmente no ha sido posible determinar con precisión la procedencia ni la filiación étnica del Niño del Cerro El Plomo. No obstante, se ha postulado que sería originario de una comunidad del Collasuyu, una provincia que comprendía la parte sur del Imperio incaico, lo que abarca desde el altiplano que comparten en la actualidad Perú y Bolivia hasta la zona central de Chile y el noroeste de Argentina. Esto se postula a partir de las vestimentas del niño, así como de la revisión de las crónicas de la época.

El cronista indígena del Felipe Guamán Poma de Ayala, en El Primer Nueva Corónica y Buen Gobierno (1615) describe a un jefe del Collasuyu que porta un adorno de plata bajo la barbilla, un brazalete y calza mocasines, prendas que coinciden con la indumentaria del niño del Cerro El Plomo.

Cauri Paccsa, posible nombre del niño En el Área de Antropología del MNHN, y a partir de estudios y repaso de documentación sobre la ceremonia de la Capacocha, se encontró una cita en donde Rodrigo Hernández Príncipe, refiriéndose a capacocha en honor de las huacas rayo, sol, etc. decía que «...enviaron a sacrificar a Chile a Cauri Paccsa, y a Titicaca a Munay Carhua,...». La cita fue hallada por Eliana Durán, arqueóloga del museo.

Si bien no es totalmente certero que Cauri Paccsa sea el Niño de Cerro El Plomo, la denominación se comenzó a utilizar, pero de forma reservada, sólo al interior de la institución, para no dar pie a equívocos. Solamente se maneja como hipótesis. No obstante, el nombre de Cauri Paccsa se difundió más allá del MNHN, a pesar de que hasta hoy esta supuesta identidad del Niño del Cerro El Plomo es una hipótesis no comprobada.

Ceremonia de la Capacocha

thumb|180px|Ícono de Viracocha El ritual abarcaba las cuatro regiones del Tawantisuyu. Cada aldea de esas cuatro direcciones enviaba a Cuzco uno o dos niños entre 6 y 10 años -aunque ahora ya se estima que tenían entre 8 y 15 años. Cuando llegaban a la ciudad, a la plaza principal, al ushnu (centro simbólico del universo incaico) eran recibidos por el Inca y los sacerdotes, quienes sacrificaban animales selectos y presidían el matrimonio simbólico de niñas y niños. Daban dos vueltas alrededor de la plaza. Y luego los niños, los sacerdotes y una comitiva de acompañantes emprendían el viaje de regreso a sus hogares (ahora se cree que los niños permanecían un tiempo en Cuzco antes de emprender la vuelta). Al retornar no debían tomar el camino real, el camino del inca como a la ida, sino que debían emprender uno nuevo, en línea recta por el territorio accidentado, cruzando valles, ríos y montañas. Cuando llegaban a sus aldeas eran bien recibidos por su gente. Los alimentaban, les daban chicha (una bebida de maíz fermentado) hasta emborracharlos y luego los enterraban en zonas altas, en medio de ofrendas ricas para la ocasión. Los últimos hallazgos arqueológicos han comprobado que morían con el estómago lleno, y la chicha era para que no pasaran frío y la muerte llegara sin darse cuenta. Los relatos literarios ponen el acento en las ofrendas que acompañan a los niños. Eran ofrendas en miniatura en metales preciosos, conchas marinas y textiles. Los hallazgos arqueológicos han encontrado las sepulturas infantiles y los objetos que los acompañaban intactos.

En el caso del niño del Cerro El Plomo, fue vestido para la ceremonia con una camisa de lana oscura o unku, con adornos de piel de color blanco ribeteados con flecos de lana roja, una manta o yakolla que cubría su espalda y en sus pies llevaba mocasines de cuero o hissku, decorados con cintas de lana bordada. Pintaron su rostro de rojo con franjas ocres y su cabello fue peinado con más de doscientas trenzas, ciñéndole la cabeza con un llautu, un cordón de pelo fuertemente torcido de varias vueltas, que descendía bajo la barbilla, sosteniendo un adorno de plata en forma de dos medialunas. En su antebrazo derecho lucía un ancho brazalete de plata y sobre su cabeza llevaba un tocado de lana negra, coronado con plumas de cóndor. Fue depositado en una cámara excavada en el lugar denominado enterratorio, y posteriormente cubierto con lajas. Cercano a él, en el relleno de las pircas de la cumbre, fue enterrada una estatuilla femenina de plata vestida con una larga falda, amarrada con una faja a la cintura, con una manta en la espalda, sujeta por dos tupu (alfiler de plata) un gran tocado de plumas rojas en la cabeza, y otros adornos simbólicos.