La guerra del Asiento fue un conflicto bélico que duró de 1739 a 1748, en el que se enfrentaron las flotas y tropas del Reino de Gran Bretaña y del Imperio español principalmente en el área del Caribe. Por el volumen de los medios utilizados por ambas partes, por la enormidad del escenario geográfico en el que se desarrolló y por la magnitud de los planes estratégicos de España y Gran Bretaña, la guerra del Asiento puede considerarse como una verdadera guerra moderna.Albi de la Cuesta, pág. 37

A partir de 1742, la contienda se transformó en un episodio de la guerra de Sucesión Austríaca, cuyo resultado en el teatro americano finalizaría con la derrota británica y el retorno al statu quo previo a la guerra. La acción más significativa de la guerra fue el sitio de Cartagena de Indias en 1741, en el que fue derrotada una flota británica de 186 naves y casi 27 000 hombres a manos de una guarnición española compuesta por unos 4000 hombres y seis navíos de línea.

Dada la enorme superioridad numérica y de medios que utilizó Gran Bretaña contra España durante la contienda, resultó decisiva la extraordinaria eficacia de los servicios de inteligencia españoles, que consiguieron infiltrar agentes en la Corte londinense y en el cuartel general del almirante Edward Vernon. El plan general británico, así como el proyecto táctico de la toma de Cartagena de Indias, fueron conocidos de antemano por la Corte española y por los mandos imperiales con tiempo suficiente para reaccionar y adelantarse a los británicos.Batista González, pág. 348

Se conoce también como guerra de la Oreja de Jenkins por influencia británica. La denominación empleada por la historiografía inglesa (War of Jenkins' Ear) se debe al episodio considerado casus belli: el apresamiento frente a las costas de Florida por el corsario guardacostas español La Isabela del navío británico Rebecca, capitaneado por Robert Jenkins, en 1731.La guerra de la oreja de Jenkins, Diario de Cádiz (29 de febrero de 2008). Según el testimonio de Jenkins, que compareció ante la Cámara de los Comunes en 1738, como parte de una campaña belicista por parte de la oposición parlamentaria en contra del primer ministro Walpole, el capitán español Juan León Fandiño, que apresó la nave, ató a Jenkins al mástil de su propio barco y de un certero tajo con su espada le cortó una oreja al tiempo que le decía —según el testimonio del inglés—: «Ve y di a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». Luego lo dejó marchar, después de desarmar y saquear su barco. En su comparecencia, Jenkins denunció el caso con la oreja en un frasco y, al considerar la frase de Fandiño como un insulto al monarca británico, la oposición forzó al Gobierno a pedir una indemnización de 95 000 libras, a lo que España se negó. Walpole se vio obligado, a regañadientes, a declarar la guerra a España el 23 de octubre de 1739.

En el Caribe se conoció el conflicto como la guerra de Italia. Este nombre se debe a que, para España, esta guerra entroncó con la de la Sucesión Austríaca y fue en Italia donde se desarrollaron las principales acciones españolas.

Causas

La conclusión de la guerra de sucesión española, con el Tratado de Utrecht (1713-1714) no había supuesto únicamente el desmembramiento del patrimonio de la monarquía hispánica en Europa. Inglaterra, ya Gran Bretaña, aparte de haber evitado la creación de una potencia hegemónica en el continente europeo (con la combinación de las monarquías borbónicas de Francia y España, junto con las posesiones de la última en el continente), había conseguido algunas concesiones comerciales en el Imperio español en América, como el Tratado de Asientos de Negros firmado en Madrid (26 de marzo de 1713). Así, aparte de la posesión de Gibraltar y Menorca (territorios reclamados repetidamente por España durante el siglo ), Gran Bretaña había obtenido el denominado «asiento de negros» (licencia para vender esclavos negros en Hispanoamérica) durante treinta años y la concesión del «navío de permiso» (que permitía el comercio directo de Gran Bretaña con la América española por el volumen de mercancías que pudiese transportar un barco de quinientas toneladas de capacidad, cantidad ampliada a mil toneladas en 1716), rompiendo así el monopolio para el comercio con la América española, restringido con anterioridad por la Corona a comerciantes provenientes de la España metropolitana. Ambos acuerdos comerciales estaban en manos de la Compañía de los Mares del Sur. miniaturadeimagen|izquierda|200px|Felipe V de España. Sin embargo, el comercio directo de Gran Bretaña con la América española sería una fuente constante de roces entre ambas monarquías. Aparte de ello, existían otros motivos de conflicto: los problemas fronterizos en América del Norte entre Florida (española) y Georgia (británica), las quejas españolas por el establecimiento ilegal de cortadores de palo de tinte en las costas de la península de Yucatán, en la región que corresponde actualmente a Belice, la reclamación constante de retrocesión de Gibraltar y Menorca por parte de España, el deseo británico de dominar los mares, algo difícil de conseguir ante la recuperación de la marina española y la rivalidad consiguiente entre Gran Bretaña y España, lo que ya había ocasionado previamente una corta guerra entre ambos países en 1719, en la que llegó a darse un fallido intento español de invadir Inglaterra.

En el terreno comercial era donde los roces produjeron un incesante crecimiento de la tensión. España mantenía el monopolio comercial con sus provincias en América, con la única salvedad de las concesiones hechas a Gran Bretaña, relativas al navío de permiso y el comercio de esclavos.

Bajo las condiciones del Tratado de Sevilla (1729), los británicos habían acordado no comerciar con la América española (aparte del navío de permiso), para lo cual acordaron permitir, a fin de verificar el cumplimiento del tratado, que navíos españoles interceptaran a los navíos británicos en aguas españolas para comprobar su carga, lo que se conoció como «derecho de visita».

Sin embargo, las dificultades de abastecimiento de la América española propiciaron el surgimiento de un intenso comercio de contrabando en manos de neerlandeses y, fundamentalmente, británicos. Ante tales hechos, la vigilancia española se incrementó, al tiempo que se fortificaban los puertos y se mejoraba el sistema de convoyes que servía de protección a la valiosa flota del tesoro que llegaba de América. De acuerdo con el «derecho de visita», los navíos españoles podían interceptar cualquier barco británico y confiscar sus mercancías, ya que, a excepción del «navío de permiso», todas las mercancías con destino a la América española eran, por definición, contrabando. De esta forma, no solo navíos reales, sino otros navíos españoles en manos privadas, con concesión de la Corona y conocidos como guardacostas, podían abordar los navíos británicos y confiscar sus mercancías. Sin embargo, esas actividades particulares eran calificadas de piratería por el Gobierno de Londres.

miniaturadeimagen|izquierda|200px|Robert Walpole, primer ministro británico cuando se declaró la guerra. Aparte del contrabando, seguía habiendo barcos británicos dedicados a la piratería. Buena parte del continuo hostigamiento de la Flota de Indias recaía sobre la tradicional acción de corsarios ingleses en el mar Caribe, que se remontaba a los tiempos de John Hawkins y Francis Drake. Las cifras de barcos capturados por ambos bandos difieren enormemente y son por tanto muy difíciles de determinar: hasta septiembre de 1741, los ingleses hablan de 231 buques españoles capturados frente a 331 barcos británicos abordados por los españoles; según estos, las cifras respectivas serían de solo 25 frente a 186. En cualquier caso, es de notar que para entonces los abordajes españoles con éxito seguían siendo más frecuentes que los británicos.

Entre 1727 y 1732 transcurrió un periodo especialmente tenso en las relaciones bilaterales, al que siguió un periodo de distensión entre 1732 y 1737, gracias a los esfuerzos en tal sentido del primer ministro británico —whig—, sir Robert Walpole y del Ministerio de Marina español, a lo que se unió la colaboración entre ambos países en la guerra de Sucesión de Polonia. No obstante, los problemas siguieron sin resolverse, con el consiguiente incremento de la irritación en la opinión pública británica (en la primera mitad del empieza a consolidarse el sistema parlamentario británico, con la aparición de los primeros periódicos). La oposición a Walpole (no solo tories, sino también un número significativo de whigs descontentos) aprovechó este hecho para acosar a Walpole (conocedor del equilibrio de fuerzas y, por lo tanto, contrario a la guerra con España), comenzando una campaña a favor de la guerra. En esta situación se produjo la comparecencia de Robert Jenkins ante la Cámara de los Comunes en 1738, un contrabandista británico cuyo barco, el Rebecca, había sido apresado en abril de 1731 por un guardacostas español, confiscándose su carga. Según el testimonio de Jenkins, el capitán español, Juan León Fandiño, que apresó la nave, le cortó una oreja al tiempo que le decía: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». En su comparecencia ante la cámara, Jenkins apoyó su testimonio mostrando la oreja amputada.

miniaturadeimagen|200px|Jorge II de Gran Bretaña.

La oposición parlamentaria y posteriormente la opinión pública sancionaron los incidentes como una ofensa al honor nacional y claro casus belli. Incapaz de hacer frente a la presión general, Walpole cedió, aprobando el envío de tropas a América y de una escuadra a Gibraltar al mando del almirante Haddock, lo que causó una reacción inmediata por parte española. Walpole trató entonces de llegar a un entendimiento con España en el último momento, algo que se consiguió momentáneamente con la firma del Convenio de El Pardo (14 de enero de 1739), por el que ambas naciones se comprometían a evitar la guerra y a pagarse compensaciones mutuas, además de acordarse un nuevo tratado futuro que ayudase a resolver otras diferencias acerca de los límites territoriales en América y los derechos comerciales de ambos países.

Sin embargo, el Convenio fue rechazado poco después en el Parlamento británico, contando también con la decidida oposición de la Compañía de los Mares del Sur. Estando así las cosas, el rey Felipe V exigió el pago de las compensaciones acordadas por parte británica antes de hacerlo España.

Las posiciones se endurecieron en ambos lados, incrementándose los preparativos para la guerra. Finalmente, Walpole cedió a las presiones parlamentarias y de la calle, aprobando el inicio de la guerra. Al mismo tiempo, el embajador británico en España solicitó la anulación del «derecho de visita». Lejos de plegarse a la presión británica, Felipe V suprimió el «derecho de asiento» y el «navío de permiso», y retuvo todos los barcos británicos que se encontraban en puertos españoles, tanto en la metrópoli como en las pronvicias americanas. Ante tales hechos, el Gobierno británico retiró a su embajador de Madrid (14 de agosto) y declaró formalmente la guerra a España (19 de octubre de 1739).

La guerra 250px|miniaturadeimagen|Sátira británica de 1738 en la que aparece el león inglés atacando un arado tirado por esclavos que representa el sistema imperial español. Al fondo se puede ver a Fandiño cortándole la oreja a Jenkins y a un barco británico en pleno combate con uno español.

Primer ataque a La Guaira (22 de octubre de 1739)