miniaturadeimagen|290x290px |Charro en el evento de charrería en la Feria Nacional de San Marcos Un charro, en México, es la persona que practica la charrería, considerada como el deporte nacional en ese país. Además de «charros», los rancheros mexicanos también fueron llamados «payos», «campiranos» y, en algunos casos, «jarochos»; aunque este último pasó a ser únicamente utilizado para los vaqueros de Veracruz. El charro es el homólogo mexicano del gaucho argentino y uruguayo, el huaso chileno, el llanero colombo-venezolano, el chagra ecuatoriano y el qorilazo peruano.

La figura del charro se desarrolló históricamente a partir de las prácticas ecuestres rurales; partiendo de un origen con el ambiente ranchero, pero en el , adquirió una identidad sociocultural específica, especialmente asociada a la charrería. En México, el ranchero era conocido por su condición de hábil jinete, por su destreza en el manejo del lazo y por su traje típico diseñado especialmente para montar a caballo.

Los charros son jinetes tradicionales en México, donde se les considera un símbolo cultural. Los estereotipos asociados a ellos comenzaron a consolidarse en el , en el marco de las guerras de independencia y del auge de los nacionalismos liberales. Estos jinetes tienen raíces en tradiciones históricas y míticas que, en distintos momentos, fueron utilizadas por el poder político para expresar conceptos ideológicos, incluyendo contrastes entre civilización y salvajismo, así como entre lo autóctono y lo extranjero.

Respecto al origen del charro, se han propuesto diversas hipótesis sobre la posible relación entre el charro mexicano y tradiciones ecuestres peninsulares, en particular las salmantinas, basadas en coincidencias terminológicas y ciertos paralelos culturales. Según el antropólogo Héctor Manuel Medina Miranda, la documentación disponible no permite establecer una filiación directa, y la historiografía más reciente tiende a interpretar la charrería como el resultado de procesos locales desarrollados en el contexto novohispano, con influencias diversas. No obstante, la introducción del caballo en América a partir de 1493 no solo transformó la guerra y el transporte, sino que trasladó a los territorios americanos prácticas, valores y jerarquías institucionales en torno al caballo y al jinete propias de la península ibérica. Tras la conquista, la Nueva España se organizó bajo un sistema colonial que implantó instituciones, economía ganadera y prácticas ecuestres de origen castellano.

Los primeros registros escritos del término «charro», en Portugal y Galicia, tenían una connotación peyorativa y se utilizaba de manera general para referirse despectivamente a las personas del campo, pero posteriormente, en la provincia de Salamanca, perdió progresivamente su carga peyorativa, consolidándose como una simple denominación del habitante de campo Charro, desprovista de sentido despectivo. En México, al principio, también se usó con significado peyorativo, pero luego evolucionó a «hombre de a caballo del campo», «hábil vaquero», «magnífico jinete» y «elegante». Aunque el término es común hoy en día en el país, su uso no estuvo muy extendido al principio, pues, se haya raramente en documentos y textos de la primera mitad del , popularizándose hasta la segunda mitad del siglo.

Etimología miniaturadeimagen|290x290px |La obra cómica El Charro, de 1797, es considerada por algunos historiadores como el registro escrito más antiguo del término “charro” en México. La comedia trata sobre un vaquero de Tierra Adentro que viaja en Navidad a la Ciudad de Puebla. Los registros más antiguos de la palabra «charro» datan del , y aparece como voz de las lenguas portuguesa y gallega, con una connotación peyorativa, sinónimo de necio, bruto, tonto, vil y despreciable. No obstante, la primera mención impresa del término en los repertorios lexicográficos se encuentra en el Diccionario de Autoridades (1729), donde se define charro o charra como la persona poco culta, nada pulida, criada en lugar de poca policía, y se añade que en la corte y en otras partes dan este nombre a cualquier persona de aldea. En la misma obra aparece el derivado charrada, definido como mala crianza, acción o palabra de persona rústica, poco urbana y sin policía.

Cabe admitir que charro, voz de origen portugués y gallego, documentada en un refrán oído hacia 1540 según la conjetura de Bauza Brey, mantuvo una presencia escasa y poco definida hasta finales del primer tercio del . Es probable que, a partir de ese momento, el término se difundiera desde Salamanca hacia la Corte y otras regiones hispánicas, donde quedó restringido al significado de aldeano o rústico. En cambio, en Salamanca el vocablo fue perdiendo progresivamente su carga peyorativa, consolidándose como una simple denominación del habitante del campo salmantino, desprovista de sentido despectivo.

El bachiller castellano Vicente de Olea recopiló la palabra en su «Vocablos Gallegos Escuros» (1536) donde la define como «loco». Mientras que el paremiólogo español Hernán Núñez de Toledo la definió como sinónimo de «bobo» y especifica que es palabra de origen gallego en su obra «Refranes, o Proverbios en romance» (1555). No obstante, José Luís Pensado, comentó en sus aportaciones a la historia de charro que, refranes como el recogido por Hernán Núñez, y luego adaptado por Correas y el P. Mir y Noguera, muestran alteraciones que mezclan sinónimos de manera arbitraria, incluyendo términos como "bobos", "sandios" y "charros".

En 1729, la palabra fue incluida en el primer diccionario editado por la Real Academia Española, el Diccionario de Autoridades, donde fue definida como un adjetivo peyorativo usado para referirse a las personas provenientes del campo, aldeas o zonas rurales, sinónimo de paleto y rústico: . En la primera edición del diccionario de la RAE publicado en 1780, se mantuvo esa definición original, definiendo la palabra como: “la persona basta y rústica, como suelen ser los aldeanos”, pero en esta edición agregaron una segunda acepción: “adjetivo que se aplica á algunas cosas demasiadamente cargadas de adorno y de mal gusto”. De tal manera, la palabra charro se usaba en el como insulto o mote peyorativo para la gente del campo, por ser considerados gente tosca, grosera y rústica; y a cosas recargadas de adornos y de mal gusto, sinónimo de vulgar y ridículo.

En 1745, el jesuita vasco Manuel de Larramendi, argumentó que la palabra era de origen vascuence y que significaba “cosa ruin, y despreciable”, y afirmó que se les llamaba así a los aldeanos por desprecio. Mientras que el historiador y filósofo catalán Antonio de Capmany, afirmaba que la palabra charro era de origen árabe y que originalmente significaba “malo, de la malicia moral y de costumbres”, y que pasó al castellano a significar “la malicia artística y del adorno”, así, algo “charro” es lo mismo que algo de mal gusto. No obstante, parece ser que esta hipótesis no se sostiene, porque en la real academia aparece con origen vasco, txar; que significa 'defectuoso' o 'débil'.

En su obra El libro del charro mexicano, Carlos Rincón Gallardo escribió:

En México, la palabra se registra desde el , originalmente usado como un término despectivo para referirse a los Rancheros, las gentes de á caballo habitantes del campo y de las haciendas que ejercían todos sus oficios y quehaceres á caballo, que, por ser personas aldeanas y rústicas, eran percibidas como ignorantes, toscas, y nada sofisticadas. Sin embargo, con el paso del tiempo, la palabra charro evolucionó en México hasta ser redefinida, pasando de ser un adjetivo despectivo a ser un sustantivo elogioso, sinónimo de ranchero u hombre de á caballo, hábil vaquero y buen jinete. En 1850, en el primer volumen de su libro —Los Misterios de México— el escritor y periodista español radicado en México, Niceto de Zamacois, definió lo que era un charro en nuestro país, como: “Charros: gente del campo que se compone mucho para montar á caballo”.

Origen miniaturadeimagen|Caceria del toro cimarrón (salvaje) en el México colonial (Nueva España), 1582. La cacería de ganado vacuno salvaje fue la primera actividad que llevaron a cabo los vaqueros en México. La introducción del caballo en América a partir de 1493 no solo transformó la guerra y el transporte, sino que trasladó a los territorios americanos prácticas, valores y jerarquías institucionales en torno al caballo y al jinete propias de la península ibérica. La gestión de las poblaciones equinas influyó en el orden social y en las formas de gobierno municipal, regional y virreinal del imperio español temprano, así como en los límites del poder central. Las condiciones ambientales y la disponibilidad de caballos condicionaron las estrategias de conquista y asentamiento, el acceso al estatus social, a cargos de gobierno y a la regulación jurídica. Durante el , el crecimiento del ganado equino bajo dominio colonial favoreció tanto la adopción indígena del caballo como el desarrollo de tipologías y normativas sobre su cría, influyendo también en las prácticas de reproducción equina en la propia España. El caballo desempeñó en América un papel relevante en la configuración de las jerarquías sociales, las formas de gobierno y la expansión imperial.

Los primeros en ejercer el oficio de vaquero durante la primera etapa de la ganadería en México en el eran en su mayoría mulatos o negros, esto según una ordenanza de la Mesta, fechada el 5 de marzo de 1576. Hacia principios del , tanto mestizos como mulatos, y en menor medida indios, conformaban la mayoría de los vaqueros en el país. Hernando Ruiz de Alarcón, sacerdote y juez eclesiástico español, escribió en su "Tratado de las supersticiones" (1629):

Fue durante aquella época, a finales del y principios del , cuándo comenzaron a surgir, en la región del Bajío y territorio Chichimeca, Vaqueros nómadas, que al lomo del caballo vagaban por aquellas regiones en busca de trabajo, principalmente en las estancias de ganado. A estos Vaqueros originalmente los llamaban “gentes de fuste” porque se la pasaban todo el tiempo al lomo de sus caballos; “Vagamundos” por ser nómadas sin un hogar fijo, y “Forajidos” porque muchos eran criminales, o por ser negros o mulatos fugitivos. En un reporte fechado el 1 de abril de 1603 en Guadalajara, el licenciado oidor Gaspar de la Fuente denuncia la existencia de estos Vaqueros en el territorio de Nueva Galicia:

Otro registro aparece en una carta fechada el 20 de abril de 1607 por el sacerdote y licenciado, Luis Ramírez de Alarcón, donde describe a estos vaqueros forajidos y semi-salvajes:

Uso del término charro en México miniaturadeimagen|”Rancheros Mexicanos” (1856). Finalmente, a los rancheros se les comenzó a llamar “charros”, sinónimo de rústico y paleto, para denotar que eran personas incivilizadas y vulgares. El registro más antiguo en México del término charro fue en 1797 en el libro —Miscelanea de Poesías Sagradas— de José Agustín de Castro, en un sainete cómico titulado El Charro sobre un vaquero de la hacienda de Tepango, en Puebla, llamado Perucho Chávez quien viaja a la ciudad de Puebla en Navidad. El sainete comienza con la introducción: Sale Perucho con cuera campesina, manga de montar, paño de sol, sombrero, y unas espuelas que sacará en la mano, como que acaba de llegar y se las ha quitado” El sainete fue escrito con un lenguaje rústico y vulgar, como suelen hablar los Rancheros mexicanos.

Con el paso del tiempo, una vez consumada la independencia de México, la palabra charro continuó evolucionando hasta obtener nuevas definiciones y usos en el país. Durante el , se les llamaba charros específicamente a los rancheros de Tierra-Adentro (el Bajío e interior del país) que trabajaban de vaqueros, caporales o mayordomos en las haciendas de aquella región. Los Rancheros de Tierra-Adentro eran considerados, junto con los del Mezquital, como los más diestros en el manejo del caballo y en las faenas vaqueras.