The age of extremes: The short twentieth century, 1914-1991 (literalmente La edad de los extremos: El corto , 1914-1991), publicado en España y en Hispanoamérica como Historia del , es un libro escrito en 1994 por el historiador marxista británico Eric Hobsbawm.
En el mismo el autor comenta lo que ve como los «desastrosos fracasos» del socialismo de Estado, el capitalismo y los distintos nacionalismos. Asimismo, ofrece una visión igualmente escéptica acerca del progreso de las artes y los cambios de la sociedad (sobre todo occidental) durante la segunda mitad del .
Hobsbawm llama al período desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial hasta la caída del socialismo real el «corto », el cual siguió al «largo », período que según él había empezado con la Revolución francesa de 1789 y finalizado con el comienzo de la primera gran guerra europea de 1914. Esos hechos históricos, muy importantes o trascendentes, fueron debatidos en su anterior trilogía, La era de la revolución: Europe 1789-1848, La era del capital: 1848-1875 y La era del imperio: 1875-1914. En los Estados Unidos, este cuarto y último libro de la saga fue publicado con el subtítulo A history of the world, 1914-1991 (“Una historia del mundo, 1914-1991”, ISBN 978-0-679-73005-7).
Fracaso de las predicciones en general Hobsbawm destaca los abismales errores de los recientes intentos de predecir el futuro mundial: «Los registros de los pronosticadores en los últimos treinta o cuarenta años [es decir, desde las décadas de 1950 y de 1960], cualquiera fuese su calificación profesional como profetas, ha sido tan espectacularmente malo que solo los gobiernos y los institutos de investigación económica aún tienen, o fingen tener, mucha confianza en él».The Age of Extremes, Time Warner Books (Abacus edition), páginas 5-6, 2002.
Cita al presidente estadounidense Calvin Coolidge, en un mensaje al Congreso del 4 de diciembre de 1928, prácticamente en vísperas del comienzo de la Gran Depresión, al decir: «El país puede considerar el presente con satisfacción y anticipar el futuro con optimismo”.ibid., pág. 85
Hablando él mismo acerca del futuro, se limita en gran medida a predecir una continua agitación: «El mundo del tercer milenio, por lo tanto, será casi con seguridad uno de política violenta y de cambios políticos violentos. La única cosa incierta sobre ellos es adónde llevarán»,ibid., pág. 460. y agrega que «si la humanidad va a tener un futuro reconocible, no puede ser la prolongación del pasado o del presente».ibid., pág. 585.
En una de sus pocas predicciones más concretas, escribió que «la distribución social [de la riqueza] y no el crecimiento dominarían la política del nuevo milenio».ibid., pág. 77
Fracaso del socialismo La Revolución rusa de 1917 no fue la revolución anticipada y esperada por Karl Marx, la cual él esperaba que tuviese lugar en las sociedades capitalistas avanzadas. El propio Hobsbawm lo pone en los siguientes términos: «El capitalismo ha probado ser mucho más fácil de derrocar donde es débil o donde apenas existía, más que en sus regiones principales (heartlands)».ibid., pág. 82
Aún dentro de Rusia, Hobsbawm duda de los aparentemente «progresistas» efectos de la Revolución de Octubre: «Lo que quedó [después de la revolución y de la guerra civil rusa] fue una Rusia aún más firmemente anclada en el pasado... Lo que realmente gobernaba el país era una maleza de burocracia más grande o más pequeña, en promedio aún menos educada y calificada que antes».ibid., pág. 379
Una tesis central del libro de Hobsbawm es que, desde el comienzo, el socialismo de Estado traicionó al socialismo y a la visión internacionalista que aquel decía defender. En particular, el socialismo de Estado siempre dejaba de lado el elemento democrático de la visión socialista. «Lenin [...] concluyó desde el principio que el caballo liberal no era un corredor en la carrera revolucionaria de Rusia».ibid., pág. 58
Este antiliberalismo sería profundo. En 1933, con el dictador fascista Benito Mussolini firmemente en el poder en Italia, «Moscú insistió en que el líder comunista italiano P. Togliatti retirase la sugerencia de que, tal vez, la socialdemocracia no era el principal peligro, al menos en Italia».ibid., pág. 104 En línea con la teoría del socialfascismo apoyada por la Internacional Comunista (Komintern) durante la década de los años 1930 que sostuvo que la socialdemocracia era una variante del fascismo.
Respecto del apoyo a la revolución internacional, escribió que «las revoluciones comunistas realmente hechas (Yugoslavia, Albania, posteriormente China) fueron realizadas contra el consejo de Stalin. La visión soviética era que, tanto internacionalmente como dentro de cada país, la política de posguerra debía continuar dentro del marco de la amplia alianza antifascista. No hay duda de que Stalin significó todo esto seriamente, y trató de probarlo al disolver el Komintern, en 1943, y el Partido Comunista de los Estados Unidos, en 1944».ibid., pág. 168
Respecto de la China de Mao Zedong, comentó que «el régimen comunista chino, a pesar de que criticó a la Unión Soviética por haber traicionado a los movimientos revolucionarios después de la ruptura entre ambos países, no tiene un registro comparable de apoyo práctico a los movimientos [nacionales] de liberación del Tercer Mundo».ibid., pág. 72
Por otro lado, él no es amigo de la doctrina maoísta de la revolución perpetua. «Mao estaba fundamentalmente convencido de la necesidad de la lucha, del conflicto y de la alta tensión como algo que no solo era esencial para la vida, sino que evitaba volver a las debilidades de la vieja sociedad china, cuya gran insistencia en la permanencia inmutable y en la armonía habían sido sus debilidades».ibid., pág. 469 Hobsbawm traza una línea directa entre esta creencia y el Gran Salto Adelante que derivó en la desastrosa gran hambruna china de 1959-61.ibid., páginas 468-9.
El socialismo, argumenta Hobsbawm, finalmente cayó porque «[...] casi nadie creía en el sistema o sentía alguna lealtad hacia él, ni siquiera quienes lo gobernaban».ibid., pág. 488Danny Yee, Crítica o comentario sobre The age of extremes, 1994
Fin del imperialismo Sorprendentemente, para un escritor claramente de izquierdas, Hobsbawm tiene sentimientos muy mezclados y encontrados acerca del fin del orden imperial del , en gran medida porque no está contento con las naciones-estados que reemplazaron a los imperios: «La Primera Guerra Mundial... había hecho el habitual y razonable proceso de la negociación internacional sospechoso de ser “diplomacia secreta”. Eso fue en gran medida una reacción contra los tratados secretos arreglados entre los Aliados durante la guerra... Los bolcheviques, después de haber descubierto estos sensibles documentos en los archivos zaristas, los publicaron prontamente para que el mundo los leyese».ibid., pág. 34
«Los fracasados acuerdos de paz luego de 1918 multiplicaron lo que, a finales del , conocemos como el fatal virus de la democracia, es decir, la división del cuerpo de ciudadanos exclusivamente a lo largo de líneas étnico-nacionales o religiosas».ibid., pág. 139
La reducción al absurdo (en latín reductio ad absurdum) de la lógica anticolonialista fue el intento de un grupúsculo extremista judío en el Mandato Británico de Palestina de negociar con los alemanes (vía Damasco, entonces bajo la colaboracionista Francia de Vichy), para ayudar a la liberación de Palestina de los británicos, lo que ellos consideraban como la máxima prioridad del sionismo. Un militante del grupo involucrado en esta misión finalmente se convertiría en primer ministro de Israel, Isaac Shamir.ibid., pág. 172
Fracaso del capitalismo de libre mercado
«Aquellos de nosotros que vivimos a través de los años la Gran Depresión aún encontramos casi imposible de entender cómo las ortodoxias del libre mercado puro, entonces tan obviamente desacreditadas, volvieron a dominar sobre un período global de depresión a fines de los años 1980 y 1990, el cual otra vez fueron igualmente incapaces de entender o de manejar».ibid., pág. 103
«Como sucedió, los regímenes comprometidos más a fondo con la economía del laissez faire fueron también a veces, y notablemente en el caso de los EE.UU. de Reagan y la Gran Bretaña de Thatcher, profunda y visceralmente nacionalistas e irrespetuosos del mundo exterior. El historiador no puede menos que notar que las dos actitudes son contradictorias».ibid. pág. 412
Asimismo, destaca la ironía de que «la economía más dinámica y de más rápido crecimiento del globo después de la caída del socialismo soviético era la de la China comunista, llevando a las conferencias de las principales escuelas de negocios occidentales y a los autores de manuales de administración —un floreciente género de literatura— a indagar en las enseñanzas de Confucio para [intentar obtener] los secretos del éxito empresarial».ibid., páginas 412-413.
En definitiva, en términos mundiales, Hobsbawn ve al capitalismo como un fracaso, al igual que el socialismo de Estado: «La creencia, siguiendo a la economía neoclásica, de que el comercio internacional irrestricto permitiría a los países más pobres acercarse a los ricos, corre contra la experiencia histórica así como también contra el sentido común. Los ejemplos de la exitosa industrialización orientada hacia las exportaciones (export-led)Export-oriented industrialization del Tercer Mundo usualmente citados —Hong Kong, Singapur, Taiwán y Corea del Sur— representan menos del dos por ciento de la población del Tercer Mundo»,ibid., pág. 571 asumiendo que siguiesen perteneciendo a ese grupo de naciones, ya que suelen ser conocidos como NICs o Newly Industrialized Countries, países recientemente industrializados.
Fascismo De manera no sorprendente, el desprecio de Hobsbawm por el fascismo es tan completo que ni siquiera se molesta por desarrollar el detallado análisis demoledor que le aplica al socialismo de Estado y al capitalismo de libre mercado.
Negando la supuesta respetabilidad filosófica alegada por el fascismo, escribe al respecto: «La teoría no era el punto fuerte de los movimientos dedicados [a luchar] contra lo no adecuado de la razón y del racionalismo y la superioridad del instinto y de la voluntad»; y más adelante en la misma página agrega que «Mussolini podría haberse desprendido prontamente de su filósofo de la casa, Giovanni Gentile y Hitler probablemente ni siquiera supo o se preocupó acerca del apoyo del filósofo Heidegger».ibid., pág. 117 En cambio, afirma, la popular atracción del fascismo yace en sus alegatos acerca de sus logros tecnocráticos: «¿No era el argumento proverbial a favor de la Italia fascista que “Mussolini había hecho que los trenes llegasen a tiempo”?».ibid., pág. 124
También pregunta, provocativamente: «¿Sería el horror del holocausto menor si los historiadores concluyesen que este exterminó no a seis millones sino a cinco o aun cuatro millones?».ibid., pág. 43
Uso de las estadísticas por parte de Hobsbawm Hobsbawm a veces hace uso de estadísticas para brindar un cuadro más amplio de la sociedad de un determinado país en un tiempo en particular. Con referencia a los Estados Unidos contemporáneos (hasta 1994, año de la escritura del libro), destaca que «en 1991, el 58% de todas las familias negras en los EE.UU. estaban encabezadas por una madre soltera y el 70% de todos los niños nacían de madres solteras».ibid. pág. 322 Y «en 1991 se decía que el 15% de la que era proporcionalmente la mayor población carcelaria del mundo —26 presos cada habitantesEs decir, unos presos, de una población estadounidense de unos 251,6 millones de habitantes a mediados de 1991.— eran mentalmente enfermos».ibid., pág. 337