thumb|«El sueño de la razón produce monstruos», grabado n.º 43 de Los Caprichos (1799), de Francisco de Goya. La Ilustración en España o la Ilustración española es el relato de los orígenes, características específicas y desarrollo del movimiento ilustrado en España y de los obstáculos y apoyos políticos y sociales que encontró a lo largo del español caracterizado por el reformismo borbónico (1700/1714-1808).

Características específicas de la Ilustración en España thumb|180px|Primer tomo (1726) del Diccionario de autoridades de la RAE. El movimiento ilustrado surgió en la Europa del como una forma de entender el mundo, la existencia y la sociedad, que no derivaba de los textos sagrados ni de la «tradición» sino que quería constituirse como alternativa a estos, al «iluminar» las sociedades europeas para que abandonaran definitivamente la ignorancia y la superstición y se basaran en ideas racionales. En el Diccionario de autoridades publicado por la Real Academia Española entre 1726 y 1739 se definía «luz de la razón» como «el conocimiento de las cosas que proviene del discurso natural que distingue a los hombres de los brutos», que iba unido a la «luz de la crítica» o las «luces críticas», por cuanto «las luces» «no solo remitían al cultivo de la inteligencia y al conocimiento adquirido por un reducido número de personas, sino también... al uso crítico de la razón frente a los prejuicios heredados del pasado». thumb|left|La Verdad, el Tiempo y la Historia, una alegoría de Francisco de Goya (1800). Aunque la Ilustración «no fue una doctrina o un sistema filosófico, sino un movimiento intelectual heterogéneo», los ilustrados compartieron una serie de principios, actitudes y valores estrechamente interrelacionados. Así para los ilustrados la razón era el instrumento esencial para alcanzar la verdad por lo que debían ser sometidas a crítica todas las «verdades» (o creencias admitidas) heredadas de la «tradición» (del pasado), especialmente aquellas que se basaban en los prejuicios, en la ignorancia y en la superstición o en los dogmas religiosos. Mediante la razón el hombre es capaz, él solo, de conocer y explicar la realidad, entendida como La Naturaleza (no como La Creación de ningún «dios», aunque los «deístas» reconozcan que existe algún tipo de «Ser Supremo», principio de todo lo existente), recurriendo exclusivamente a los instrumentos que le proporcionan la filosofía y la ciencia. Aplicando ese conocimiento (mediante la técnica) y extendiéndolo a toda la sociedad (mediante la educación) el hombre será capaz de perfeccionarse a sí mismo, de progresar (de mejorar sus condiciones de vida y de liberarse de la ignorancia y de la superstición), y lograr así la felicidad, sin esperar a alcanzarla en la «otra vida».

En España el movimiento ilustrado solo se difundió entre determinadas élites (entre algunos nobles y clérigos, y entre algunos profesionales y miembros acomodados del «estado llano») y, como han señalado Mestre y Pérez García, conviene recordar que «no toda la producción cultural de la decimoséptima centuria merece timbres de Ilustración. Los ilustrados, en realidad, siempre constituyeron una minoría, dinámica e influyente, pero minoría al fin y al cabo. Y, aunque los principios que defendieron llegaron a impregnar toda su época, el censo de los indiferentes, de los tradicionalistas y de los enemigos de las Luces siempre fue mucho más abultado que el de los partidarios del progreso, la razón y la libertad». 180px|derecha|thumb|Portada del libro La falsa filosofía, segunda edición de 1775, de Fernando de Ceballos. El sustantivo «ilustración» no se difunde en España hasta después de 1760 designando un programa de instrucción, enseñanza, transmisión o adquisición de conocimientos en beneficio de una persona o de la sociedad en su conjunto. Antes de esa fecha se había utilizado el verbo «ilustrar», aunque con dos sentidos diferentes, el católico y tradicional ligado a Dios y a la fe y de «dar lustre o esplendor» a «la patria» o «la nación», y el nuevo de «instruir, enseñar, transmitir conocimientos» que se usaba indistintamente con «dar luces». Así el abate Gándara en 1759, dando la bienvenida al nuevo rey Carlos III, se mostró convencido de que pronto se desterrará la desidia, se proscribirá la ignorancia, se adquirirán luces, se ilustrará el Reyno. También hacia 1760 empezó a utilizarse las locuciones «Siglo de las Luces» o «siglo ilustrado», aunque esta última expresión paradójicamente fue muy utilizada, en sentido peyorativo, por los que se oponían a las nuevas ideas, como el fraile Fernando de Ceballos que escribió en 1776 Demencias de este siglo ilustrado, confundidas por la sabiduría del Evangelio o el también fraile José Gómez de Avellaneda que escribió en el mismo año una sátira contra Pablo de Olavide, titulada El Siglo Ilustrado. Vida de D. Guindo Cerezo, nacido y educado, instruido, sublime y muerto según las Luces del presente siglo.

«Moderación» del movimiento ilustrado y colaboración con la monarquía absoluta borbónica Durante mucho tiempo se creyó que el carácter «moderado» de las propuestas de los ilustrados españoles, era un rasgo específico de España, pero los últimos estudios sobre la Ilustración europea han cuestionado la tradicional visión de esta como la desencadenante del fin del Antiguo Régimen y han destacado que la Ilustración habría sido un movimiento esencialmente reformista. «Los ilustrados —salvo cuando evolucionaron hacia el liberalismo a fines del siglo XVIII— no aspiraban a modificar sustancialmente el orden social y político vigente. Pretendían introducir reformas que fomentasen lo que denominaron pública felicidad y para ello deseaban involucrar a los grupos privilegiados en su materialización». Un ejemplo lo pueden constituir las reflexiones del ilustrado asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos en su Discurso sobre la necesidad de cultivar en el Principado el estudio de las ciencias naturales (1782): thumb|left|Alegoría de la industria de Francisco de Goya.

Precisamente esta faceta reformista es lo que atraería la atención de los gobiernos absolutistas europeos dispuestos a impulsar el «progreso» pero sin alterar el orden social y político establecido. Así, los gobiernos se habrían servido de la Ilustración para «dotar a sus planes de reforma económica, fiscal, burocrática y militar de una aureola de acendrada modernidad, justificando así, como necesaria e inevitable la creciente intervención del Estado en todos los órdenes de la vida social». Y por eso, cuando algunos ilustrados traspasaron ciertos límites, acabaron sufriendo en sus carnes el poder coercitivo del Estado. thumb|El cacharrero de Francisco de Goya. Los ilustrados españoles confiaron en que la Corona fuera la «impulsora» de la modernización cultural, social y económica que ellos propugnaban. Pero la Corona, por su parte, utilizó las propuestas ilustradas para lograr que su poder fuera incontestado y sin ningún tipo de cortapisas. Por eso la colaboración Monarquía-Ilustración fue a veces ambigua y contradictoria: los gobiernos impulsarán las reformas siempre que estas no sean demasiado radicales como para poner en peligro la estabilidad de todo el entramado del Antiguo Régimen. De ahí provendrán precisamente las mayores frustraciones para el movimiento ilustrado pues, como ha señalado el historiador Carlos Martínez Shaw, los reyes «estuvieron más interesados por lo general en el robustecimiento de su autoridad, en el perfeccionamiento de su maquinaria administrativa y en el engrandecimiento de sus territorios que en la proclamada felicidad de sus súbditos».

Como ha escrito el historiador Roberto Fernández, la mayoría de los ilustrados españoles «eran buenos cristianos y fervientes monárquicos que no tenían nada de subversivos ni revolucionarios en el sentido actual del término. Eran, eso sí, decididos partidarios de cambios pacíficos y graduales que afectaran a todos los ámbitos de la vida nacional sin alterar en esencia el orden social y político vigentes. Es decir, reformar las deficiencias para poner España al día y en pie de competencia con las principales potencias europeas manteniendo las bases de un sistema que no consideraban intrínsecamente malo». Así, como ha remarcado Martínez Shaw, «la campaña reformista de los ilustrados tuvo que detenerse ante los privilegios de las clases dominantes, ante las estructuras del régimen absolutista y ante los anatemas de las autoridades eclesiásticas».

«Ilustración católica»

Tal vez la característica más específica de la Ilustración en España fue que todos los ilustrados se mantuvieron dentro del catolicismo —no hubo ningún deísta entre sus filas, y por supuesto, ningún ateo—. «Negar la sincera religiosidad de nuestros ilustrados constituiría un error», afirman Antonio Mestre y Pablo Pérez García.

Esto es lo que ha llevado a algunos historiadores a hablar de una «Ilustración católica» en España, en la que los partidarios de las «luces de la razón» fueron respetuosos con la «luz divina», ya que para muchos de ellos «la razón y la religión compartían una misma luz natural obra del Creador». thumb|Reo de la Inquisición Española con capirote y sambenito. Capricho de Francisco de Goya. Según Pedro Ruiz Torres, el hecho de que el catolicismo ortodoxo continuara siendo hegemónico, incluso entre las élites abiertas a las nuevas ideas, tuvo consecuencias negativas para la Ilustración en España porque los diversos discursos ilustrados elaborados en otros países aquí fueron con frecuencia amputados y tergiversados, a causa también de «la doble censura política y religiosa ejercida a través del Consejo de Castilla y por medio de la Inquisición» que «apenas dejó espacio para una opinión independiente». En 1756 el Santo Oficio prohibió El espíritu de las leyes, del ilustrado francés Montesquieu, por «contener y aprobar toda clase de herejías»; en 1759 dificultó la difusión de la Enciclopedia; en 1762 toda la obra de Voltaire y Rousseau fue prohibida. No obstante, estas obras fueron conocidas en España gracias a «la labor de unos libreros dispuestos a vencer el temor al Santo Oficio e importarlos para sus clientes».

Un ejemplo de la «Ilustración católica» que intenta hacer compatible lo que dice la Biblia con los avances de la ciencia puede ser el siguiente fragmento de una obra del matemático y astrónomo valenciano Jorge Juan, publicada en 1774, en la que defendía la teoría heliocéntrica condenada por la Iglesia y la física newtoniana, por lo que tuvo problemas con la Inquisición:

Pero en su pretensión de conciliar los principios de «las luces» con la fe cristiana, los ilustrados españoles expusieron una serie de ideas en materia religiosa que «no agradaron a amplias capas del clero ni al mismísimo pueblo español», debido a que «los ilustrados deseaban introducir criterios racionales en las manifestaciones religiosas de la piedad popular, fomentada interesadamente —a su juicio— por el clero, especialmente por las órdenes de regulares". thumb|250px|left|Divina Pastora de Málaga, realizada por José Montes de Oca en el .