Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (en serbocroata: Kraljevina Srba, Hrvata i Slovenaca / Краљевина Срба, Хрвата и Словенаца; en esloveno: Kraljevina Srbov, Hrvatov in Slovencev) fue el nombre de un Estado balcánico que existió desde el 1 de diciembre de 1918 al 3 de octubre de 1929, conocido habitualmente por Yugoslavia. Comprendía aproximadamente el área de las provincias de Bosnia y Herzegovina, Serbia, Montenegro, Macedonia del Norte y la mayor parte de los territorios de Croacia y Eslovenia.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial, la disolución del Imperio austrohúngaro permitió la unión de varias comunidades eslavas de los Balcanes en un nuevo país, que reunió las antiguas monarquías serbia y montenegrina con territorios del Imperio austro-húngaro. El nuevo reino, de gran diversidad económica, social, lingüística, legal y política, comenzó su existencia de manera turbulenta, rodeado de naciones hostiles y con el desacuerdo fundamental sobre la forma del Estado (centralista o federal) que marcó toda su existencia. Políticamente inestable y convulso, con un continuo relevo de gabinetes de corta vida, tampoco fue capaz de aplicar medidas económicas y sociales que mejorasen sustancialmente la pobreza en la que se hallaba gran parte de su población. La crisis política y el estancamiento de las reformas llevó a la instauración de una dictadura real en 1929 que dio paso a un nuevo periodo en el que el país cambió de nombre, convirtiéndose oficialmente en Reino de Yugoslavia.
Antecedentes Desde el siglo, había existido entre la intelectualidad de las comunidades de eslavos de los Balcanes, sobre todo entre la croata, una corriente partidaria de unificar a sus miembros en un Estado o región única dentro de las naciones existentes.
En el periodo anterior a la Primera Guerra Mundial, hubo proyectos de modificar la estructura dual del Imperio austrohúngaro para agrupar a los eslavos del sur en una nueva unidad administrativa imperial, pero nunca llegaron a fructificar, principalmente por la hostilidad magiar a desprenderse de parte de su territorio y la falta de apoyo de la Corona a las iniciativas.
Durante la guerra mundial, se desarrolló una complicada serie de maniobras políticas y de propaganda entre el Gobierno serbio, habitualmente más interesado en la expansión territorial de su país que en la unificación de los eslavos meridionales, el Comité Yugoslavo, formado por algunos políticos eslavos exiliados de Austria-Hungría, y los políticos eslavos que habían permanecido en el Imperio. El apoyo de la Triple Entente a la expansión de Serbia o la formación de un nuevo Estado yugoslavo era intermitente y mudaba generalmente según la situación militar, variando además de unos países a otros.
Formación del Estado
Alejandro I de Yugoslavia, regente serbio durante la Primera Guerra Mundial y rey yugoslavo desde la muerte de su padre en 1921, conjugó su deseo de unificar el país con una incoherente política de enfrentamiento de los grupos políticos. Tras proclamar una dictadura real en 1929 que no logró resolver los problemas políticos y económicos de la nación, fue asesinado por un terrorista opositor en 1934.|thumb|izquierda
Ante la inminente derrota de los Imperios Centrales en la contienda, se creó con el beneplácito del emperador Carlos una junta nacional con sede en Zagreb que agrupó a los políticos yugoslavos de la monarquía, mientras el Comité Yugoslavo continuaba sus conversaciones en el extranjero con el Gobierno serbio, encabezado por el veterano político Nikola Pašić, generalmente de ideología panserbia. Mientras los políticos austrohúngaros veían en Serbia un protector frente a las ambiciones territoriales italianas en el Adriático, pero no deseaban convertirse en una simple extensión del Reino de Serbia, el Gobierno serbio mostraba escasa simpatía por sus planes federalistas, que solamente aumentó con las derrotas militares y la pérdida del apoyo de la Rusia zarista a causa de la Revolución de Febrero de 1917.
A pesar de los intentos del emperador de evitar la desintegración del Imperio, la junta de Zagreb proclamó la independencia de los territorios eslavos sureños el . El , la nueva asamblea revolucionaria de Montenegro declaró la unión del reino con el de Serbia.
Finalmente, el , una delegación de la junta nacional de Zagreb viajó a Belgrado y ofreció la jefatura del Estado al príncipe regente de Serbia, Alejandro, que proclamó el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. La incapacidad de la Junta de Zagreb de formar unas fuerzas armadas suficientes para controlar los disturbios sociales y el temor a los Ejércitos austriaco e italiano hicieron que la elite de los territorios austrohúngaros se precipitase a solicitar la ayuda serbia, sin establecer condiciones. Únicamente el político croata Stjepan Radić, por entonces a la cabeza de unos pocos diputados por la gran restricción del derecho a voto, se opuso en vano a la unión sin garantías de que Serbia formaría una federación o se concedería autonomía a los territorios. Estas acciones se debieron a que la política croata la habían dominado hasta entonces representantes de la burguesía y la intelectualidad a causa de lo limitado que estaba el sufragio, situación que cambió radicalmente cuando los campesinos obtuvieron el derecho al voto en el nuevo país y el Partido Campesino Croata creció notablemente.
El Estado tardó en recibir el reconocimiento de la Entente. La unión no fue sencilla y ya el 5 de diciembre se produjeron choques entre la población de Zagreb y las tropas serbias. En 1919 el descontento en el territorio croata había crecido lo suficiente como para que Radić pudiera recoger 167 667 firmas a favor de la independencia.
Territorios y población del nuevo país Territorios El origen de los territorios del nuevo Estado eslavo. Austria-Hungría
Otros
Países antes de 1914 Países tras la Primera Guerra Mundial
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El nuevo reino se formó a partir de los antiguos Estados monárquicos independientes del Reino de Serbia y del Reino de Montenegro, parte de cuyos territorios eran de reciente adquisición —habían sido otomanos hasta las guerras de los Balcanes de 1912-1913—, así como una cantidad sustancial de territorio que antiguamente formaba parte del Imperio austrohúngaro. Las tierras de Austria-Hungría que pasaron al nuevo Estado incluían: Croacia, Eslavonia —del Reino de Croacia-Eslavonia, autónomo— y Voivodina de la parte húngara del imperio; Carniola, parte de Estiria y la mayor parte de Dalmacia del lado austríaco —fundamentalmente tierras de población eslovena—, además de la provincia imperial de Bosnia y Herzegovina, que las dos partes del imperio habían administrado conjuntamente. Además, Bulgaria, vencida en la contienda mundial, tuvo que ceder algunos enclaves poblados por unas setenta mil personas.
Un plebiscito se llevó a cabo en la provincia de Carintia (), que optó por seguir en Austria, a pesar de la ocupación militar yugoslava. La frontera italo-yugoslava quedó fijada en el Tratado de Rapallo ().Anónimo (1921), p. 132 El puerto dálmata de Zadar y unas cuantas islas dálmatas fueron otorgadas a Italia, a la que se le habían prometido en el Tratado de Londres de 1915. La ciudad de Rijeka fue declarada ciudad-Estado libre, pero pronto fue ocupada y anexada en 1924 por Italia. Las tensiones en la frontera con Italia continuaron: los italianos reclamaban más zonas de la costa dálmata y Yugoslavia, por su parte, la península de Istria, parte de la antigua provincia costera austríaca que había sido anexada a Italia, pero que contenía una población considerable de croatas y eslovenos —alrededor de medio millón—. La frontera rumano-yugoslava se trazó dividiendo el Banato entre los dos países, acto que dejó minorías en las dos naciones. La frontera albanesa, cuyo trazado se llevaba discutiendo desde los tiempos de las guerra balcánicas, se fijó por fin en 1926; dejó a medio millón de personas de cultura albanesa en el reino yugoslavo. En total el nuevo país ocupaba una superficie de 247 542 kilómetros cuadrados.
Población
El nuevo país tenía unos doce millones de personas cuando se fundó, de los que unos dos millones pertenecían a las diversas minorías. La población era predominantemente rural: en 1931 solo tres ciudades sobrepasaban los cien mil habitantes y otras cuatro contaban con más de cincuenta mil. Solamente el 8,1 % de la población residía en municipios de más de 20 000 habitantes, y este porcentaje creció poco a lo largo del período de entreguerras.
El crecimiento de la población durante el periodo fue muy grande, uno de los mayores de Europa, con una media del 1,45 % anual. Dado el escaso crecimiento de la industria y de los puestos de trabajo fuera de la agricultura, el gran aumento de la población originó sobrepoblación en los pueblos, donde el nivel de vida era de miseria general. Los mayores crecimientos de población se dieron en el sur del país, que ya era de por sí la zona más pobre, lo que agravó las tensiones políticas.
Retos del nuevo Estado El nuevo Gobierno intentó integrar al nuevo país tanto política como económicamente, una tarea difícil debido a la gran diversidad de idiomas, nacionalidades y religiones en el nuevo Estado, la historia diferente de las regiones y las grandes diferencias entre las regiones en cuanto al desarrollo económico.
En general, los políticos croatas consideraban a sus colegas serbios del antiguo reino como faltos de educación y atrasados, mientras que estos calificaban a los políticos croatas inestables en sus posturas y faltos de fuerza moral. Los políticos croatas, casi siempre desprovistos de poder durante el periodo austrohúngaro por el control de Budapest, habían adquirido una actitud esencialmente obstruccionista y de oposición. El principal partido serbio, el Radical, había evolucionado desde una postura campesina y cuasirrevolucionaria a otra ultraconservadora, reaccionaria y panserbia. Los partidos de la antigua Serbia, acostumbrados a gestionar su propio Estado y política, se veían a sí mismos como pragmáticos, mientras que consideraban a los exaustrohúngaros como meros opositores a cualquier medida.
El reino contaba con numerosas religiones: los croatas y eslovenos eran mayoritariamente católicos; los serbios, ortodoxos; y en Bosnia y el sur del país abundaban los musulmanes. Además de la mezcla de culturas, el país contaba con minorías en todas sus fronteras. La visión de cómo debía organizarse la administración del Estado no era, además, uniforme, perfilándose dos tendencias claras: la centralista y la federativa. La diferencia tenía su origen en las diferentes historias de los territorios. Para los serbios del antiguo reino, la creación de la nueva unión yugoslava era fundamentalmente un paso más en el proceso de «liberación» de los territorios serbios y sudeslavos en general de la autoridad de los imperios vecinos —primero el otomano y luego el austrohúngaro—. La expansión del Reino de Serbia se había hecho con un sistema estatal centralizado, que resultaba natural para los políticos serbios del antiguo reino. Para los políticos de origen austrohúngaro, especialmente para los croatas de Croacia-Eslavonia, el referente era el sistema de autonomía que habían conocido hasta el final de la contienda mundial y el dualismo austrohúngaro, que trataron vanamente de implantar.
Económicamente el país tampoco se encontraba en buenas condiciones: el antiguo Reino de Serbia había sufrido una dura ocupación durante la guerra y había perdido alrededor de un quinto de su población, entre un cuarto y la mitad de su ganado y una parte sustancial de sus infraestructuras de transporte, viviendas y granjas. La destrucción en los territorios austrohúngaros había sido menor, aunque considerable. En total, los territorios del nuevo país habían perdido casi dos millones de habitantes entre 1912 y 1918.
Resumen del periodo