El inicio de la guerra de independencia de México corresponde al levantamiento de armas que fue encabezado por Miguel Hidalgo y Costilla los corredores por lo cual fueron descubiertos por los españoles, los conspiradores de Querétaro no tuvieron otra alternativa que ir a las armas en una fecha anticipada a la que fue planeada originalmente. Los miembros de la conspiración se hallaban sin una base de apoyo en ese momento, por lo cual Hidalgo tuvo que convocar al pueblo de Dolores a sublevarse en contra de las autoridades españolas el 16 de septiembre de 1810 . Los insurgentes avanzaron rápidamente hacia las principales ciudades del Bajío y luego hacia la capital de la Nueva España, pero en las inmediaciones de la Ciudad de México retrocedieron por la orden de Hidalgo. Los siguientes encuentros entre los insurgentes y el ejército español "llamado realista" fueron casi todos ganados por estos últimos. Los desencuentros de Hidalgo e Ignacio Allende, que estaban a la cabeza de la insurgencia, aumentaron después de las derrotas.

Los sublevados tuvieron que huir hacia el norte, donde esperaban encontrar el apoyo de las provincias de esa región que también se habían lanzado a las armas. Mientras tanto los líderes de la insurgencia fueron capturados en Acatita de Baján (Coahuila). Una vez arrestados fueron conducidos a Chihuahua. En esta ciudad fueron fusilados Hidalgo, Jiménez, Allende y Aldama. La conspiración de Querétaro y el Grito de Dolores

thumb|left|Grito de Dolores, 16 de septiembre de 1810. Ignacio Allende y Mariano Abasolo estuvieron entre los simpatizantes de los conjurados de Valladolid. Cuando esta fue descubierta, organizaron una nueva conspiración que tuvo su sede definitiva en Querétaro. Las reuniones se realizaban de manera clandestina en casa del corregidor, Miguel Domínguez. Allende estaba al frente de los conjurados, entre quienes se encontraban el propio corregidor, Miguel Hidalgo y Costilla, Juan Aldama y Josefa OrtizVarios autores como Jiménez Codinach (2002) y Herrera Peña (2003: 46-48) coinciden que la cabeza de la conspiración fue Allende, no Hidalgo; sin embargo, llegan a conclusiones distintas en el papel histórico de cada uno. Otros conspiradores eran José María Sánchez, los abogados Parra, Altamirano y Laso; Francisco Araujo, Antonio Téllez, Ignacio Gutiérrez, los comerciantes Epigmenio y Emeterio González, el regidor Villaseñor Cervantes, el capitán Joaquín Arias, el teniente Francisco Lanzagorta y el teniente Baca (Zárate, 1880; 86-87). Existen dudas sobre la actuación de Josefa Ortiz en la conspiración, así como de la participación de Allende en la conjura de Valladolid (Guzmán Pérez, 2004: 212-216). El grupo de conjurados buscaría en primera instancia la destitución de los españoles en puestos de gobierno, apoyados por un levantamiento que iniciaría el 1 de diciembre.Rodríguez, 2008; 283

La conspiración fue denunciada el 9 de septiembre por José Mariano Galván. Otras denuncias llegaron a oídos del comandante Ignacio García Rebolledo, que dispuso el cateo a la casa y la aprehensión de los hermanos González. Josefa Ortiz envió como mensajero Ignacio Pérez para avisar a los conspiradores en San Miguel el Grande, después fue presa en compañía de su marido y otros conspiradores.Zárate, 1880; 97-99 El aviso de la Corregidora llegó a Juan Aldama, y fue él quien lo llevó hasta Dolores el 16 de septiembre. Con ayuda de presos que liberaron de la cárcel, los insurgentes capturaron al delegado Rincón y se dirigieron al atrio de la parroquia del pueblo de Dolores. En ese lugar, Hidalgo convocó a los asistentes a levantarse contra el mal gobierno.Zárate, 1880; 102 Hidalgo arengó a la población, acto que es conocido como Grito de Dolores y se considera el inicio de la guerra por la independencia mexicana.Las palabras exactas que pronunció se desconocen, aunque existen varias versiones en Rodríguez (2008; 284); y Herrejón (2009; 41) que son atribuidas a diversos personajes históricos de Méxic0. Al paso de los días algunos de los presos de Querétaro fueron puestos en libertad, aunque otros sufrieron el destierro.Arias se reintegró a los insurgentes, aunque era visto con recelo. El corregidor y su esposa fueron perdonados, aunque Josefa sería perseguida años después. Emeterio González fue sentenciado a muerte y su hermano Empigmenio fue desterrado a Manila (Zárate, 1880: 99).

Entre 1786 y 1788, en Nueva España se había producido una de las crisis agrícolas más grandes de su historia, provocando una hambruna en la que murieron cerca de 300 000 personas. Entre 1808 y 1809 una grave sequía en El Bajío había reducido las cosechas, por consiguiente los alimentos habían cuadruplicado sus precios. Por otra parte, las guerras en Europa habían provocado escasez y desempleo.Rodríguez, 2008; 286 Ante esta situación los campesinos vieron en Hidalgo a un líder que podría conducirlos a una vida mejor. Fue así que los insurgentes lograron conseguir adeptos rápidamente.Rodríguez, 2008; 287 Contaba además con los refuerzos que pudieran proveerle Allende y Mariano Abasolo, oficiales del Regimiento de Dragones de la Reina en San Miguel el Grande.Villoro, 2009; 505 Acompañado de esta tropa, cuya magnitud se desconoce, se dirigieron primero a Atotonilco, donde tomaron el estandarte de la Virgen de Guadalupe, que fue considerado el emblema del movimiento.Muñoz, 2009; 79 Ahí nuevamente Hidalgo arengó a su tropa, con el grito de "¡Viva la Virgen de Guadalupe , viva Fernando VII!", la población respondía "¡Viva la América y mueran los gachupines!".Zárate, 1880; 107-108

Al paso de los insurgentes por las poblaciones del oriente de Guanajuato se unieron mineros y peones de las haciendas aledañas, algunos pocos llevaban armas de fuego, pero la mayoría estaban armados con machetes, lanzas, palos, garrotes, hondas y piedras. El 21 de septiembre, cuando llegaron a las inmediaciones de Celaya, su fuerza era de veinte mil hombres. Seguidos por los soldados y la masa del pueblo, Hidalgo y Aldama marcharon a la cabeza del contingente enarbolando un retrato de Fernando VII. Al llegar a la ciudad, sonó un disparo y la plebe comenzó a realizar un saqueo en la ciudad. Los soldados comandados por Aldama intentaron inútilmente contener la acción.Zárate, 1880; 106 En esa población, Miguel Hidalgo fue nombrado capitán general, quedando al mando del ejército por encima de Allende —que sin duda era más hábil en lo que se refiere a táctica militar— a quien se le nombró teniente general.Zárate, 1880; 111 De Celaya, los insurgentes salieron con rumbo noroeste y en su camino se apoderaron de Salamanca, Irapuato y Silao. Cuando llegaron a las inmediaciones de Guanajuato, el 28 de septiembre, el número de los rebeldes había aumentado considerablemente.Zárate, 1880; 112 La mayor parte de las clases altas urbanas de Nueva España vieron al principio con buenos ojos la revolución encabezada por Hidalgo, pero a medida que se evidenció que los jefes insurgentes no podían contener a sus seguidores, el apoyo se fue desvaneciendo, incluso el mismo Ignacio Allende empezó a ver con recelo a Hidalgo, a quién más tarde acusaría de haberse dejado llevar por la plebe.Rodríguez, 2008; 288

Toma de Guanajuato

thumb|Ignacio Allende. El intendente de Guanajuato, Juan Antonio Riaño, se dio cuenta de que la mayor parte de los habitantes de la localidad eran mineros que esperaban unirse al levantamiento insurgente, por lo que decidió parapetarse con seiscientos hombres en la Alhóndiga de Granaditas, uno de los edificios más fuertes y gruesos de la ciudad. Envió cartas solicitando apoyo militar al recién llegado virrey Venegas, al presidente de la Real Audiencia de Guadalajara y a Félix María Calleja, quien era jefe de las tropas realistas de San Luis, pero la ayuda no llegó a tiempo.Zárate, 1880; 113-114 Hidalgo, que había mantenido una amistad con Riaño, antes de dar la orden de ataque le solicitó la capitulación, pero el intendente se negóZárate, 1880; 115-117 e iniciadas las hostilidades fue de los primeros hombres en morir.Zárate, 1880; 118 Sin poder penetrar el edificio, Hidalgo pidió a un indio minero, conocido como «el Pípila», quemar la puerta principal. Este cargó una losa en la espalda a manera de escudo, logrando incendiar la puerta de la alhóndiga para abrir paso a los insurgentes.Zárate, 1880; 119 De este modo, a las cinco de la tarde, se logró la toma de la Alhóndiga de Granaditas. Durante el desorganizado asalto los sitiadores sufrieron más de dos mil bajas. Cuando las hostilidades cesaron —a manera de venganza por la muerte de sus compañeros— la plebe asesinó a más de doscientos cincuenta españoles, dando inicio a un saqueo por la ciudad que duró hasta el día siguiente. Hidalgo pudo contener el desorden publicando un aviso que conminaba a pena de muerte a los saqueadores.Zárate, 1880; 120-121 Durante su estancia, los insurgentes reorganizaron sus tropas añadiendo dos nuevos regimientos de infantería y se fundieron cañones para incrementar la artillería. José María Liceaga fue nombrado coronel y José Mariano Jiménez se añadió a la causa.Zárate, 1880; 122

Toma de Valladolid

En la Ciudad de México, el virrey Venegas publicó un bando ofreciendo una recompensa de diez mil pesos por las cabezas de los líderes de la insurrección.Zárate, 1880; 124 Se giraron instrucciones para cercar la rebelión, Félix María Calleja partió desde San Luis y el gobernador militar Roque Abarca envió brigadas desde Guadalajara.Zárate, 1880; 126 En Valladolid el obispo de Michoacán Manuel Abad y Queipo, a pesar de ser amigo de Hidalgo, desaprobó las acciones de los insurgentes, publicando un edicto en el que calificó a Hidalgo y sus compañeros como perturbadores del orden público, sacrílegos y perjuros, por lo que los excomulgó.Zárate, 1880; 130 El arzobispo de México, Francisco J. Lizana y el obispo de Guadalajara Juan Ruiz de Cabañas se sumaron a la postura de Queipo. El 13 de octubre, el inquisidor de México, Bernardo Prado y Obejero, ratificó la excomunión, haciéndola extensiva a todo aquel que aprobase la sedición, recibiese proclamas, ayudase a los insurgentes o que mantuviese comunicación con ellos.Zárate, 1880; 131-132

Mientras tanto, el 8 de octubre, Hidalgo inició el avance por el Valle de Santiago, Salvatierra, Acámbaro, Zinapécuaro e Indaparapeo, reclutando más gente e incrementado su fuerza a sesenta mil hombres.Zárate, 1880; 134 El coronel Diego García Conde que había partido de la Ciudad de México para defender la plaza de Valladolid, cayó prisionero de los insurgentes en Acámbaro. En Valladolid solamente se encontraban setenta hombres al mando de Agustín de Iturbide, quien al ver el panorama decidió huir hacia la capital. Hidalgo le propuso unirse a la rebelión, pero este rehusó el ofrecimiento. El propio obispo Abad y Queipo trató inútilmente de organizar la resistencia, y sin lograr su objetivo abandonó el lugar. Una pequeña comisión, compuesta por el capitán José María Arancivía, el canónigo Betancourt y el regidor Isidro Huarte, se entrevistó con Hidalgo para capitular la plaza, la cual fue tomada pacíficamente el 17 de octubre. Ante las circunstancias, el gobernador de la mitra Mariano Escandón expidió un edicto en el que dio marcha atrás a la excomunión proclamada por el obispo.Zárate, 1880; 135