El Bajo Imperio romano (o Imperio romano tardío, en la historiografía anglosajona) es el período histórico que se extiende desde el ascenso de Diocleciano al poder en 284 hasta el fin del Imperio romano de Occidente en 476. Sucede al Alto Imperio romano iniciado por César Augusto en el año 27 a. C.
El término «Bajo Imperio» fue acuñado por el historiador francés del Charles Le Beau para referirse a la etapa del Imperio romano comprendida entre el reinado Constantino el Grande (306-337) y la caída de Constantinopla en 1453. Para Le Beau habría sido un periodo de profunda decadencia comparado con la brillante civilización grecorromana anterior. El término fue asumido por los eruditos de las distintas lenguas romances y no será hasta el cuando pierda la valoración peyorativa inicial. Además también se diferenciará de la historia del Imperio bizantino.
Tras el periodo de inestabilidad conocido como la «Anarquía Militar» (235-284), que se enmarca dentro de la «crisis del siglo III», el Imperio romano vivió «una etapa de recuperación, consolidación y cambios sociales y administrativos». Fueron los cincuenta y tres años (284-337) de los reinados de Diocleciano y de Constantino durante los cuales se instituyó la tetrarquía, «el sistema de gobierno que iba a prevalecer en Oriente hasta principios del y en Occidente, si bien con menos éxito, hasta la caída del Imperio occidental en el año 476».
A finales del el Imperio acabó dividido en el Imperio romano de Occidente, que finalizó en el año 476, y el Imperio romano de Oriente, que sobreviviría mil años más. El hecho más relevante de este período fueron las llamadas «invasiones bárbaras», en las que los «bárbaros» al norte del limes del Rin y del Danubio, los pueblos germánicos empujados por los hunos, irrumpirán en el Imperio.
La tradición occidental ha considerado que el Imperio romano desapareció como entidad política el 4 de septiembre del año 476, cuando Rómulo Augústulo, emperador de Occidente, fue depuesto por Odoacro.Hofmann, Johann Jacob, Lexicon universale Roma ya había sido saqueada previamente por los visigodos de Alarico I en el 410 y en el momento en que fue depuesto Rómulo Augústulo ya no gobernaba sobre todos los territorios que habían correspondido al Imperio de Occidente. Pero lo cierto fue que el Imperio Romano de Oriente, también conocido como Imperio bizantino sobrevivió hasta 1453. De hecho Edward Gibbon en su famosa Historia de la decadencia y caída del Imperio romano (1776-1788) situó en ese año el verdadero final del Imperio Romano, aunque hoy pocos historiadores estarían de acuerdo con él.
De todas formas el año 476 se considera la fecha que marca el inicio de la Edad Media, aunque hay historiadores que la cuestionan tras acuñar el concepto de Antigüedad tardía que se extendería más allá de esa fecha. Por otro lado, la caída de Constantinopla el 29 de mayo de 1453 es la fecha en que se suele situar el fin de la Edad Media y el inicio de la Edad Moderna.
En cuanto a los rasgos específicos del Bajo Imperio que lo diferencian de la etapa anterior (Alto Imperio) y de la posterior (Edad Media) Luis Agustín García Moreno ha señalado tres: «la existencia de un Estado fuerte, centralizado y burocratizado»; «la existencia todavía de una gran unidad de todo el mundo mediterráneo y hasta los últimos confines de las fronteras del Imperio tierra adentro»; y la «gran eclosión de la Iglesia y del cristianismo en la sociedad y el Estado» (aunque «junto a este cristianismo triunfante e integrado perdura también un paganismo, desfigurado tras los dramáticos cambios del , pero todavía vivo»).
Por su parte Claire Sotinel ha indicado que «la historia de los tres últimos siglos del Imperio romano no es la de una agonía. Este periodo es rico en adaptaciones, innovaciones y éxitos tanto como de desastres, de fracasos y de problemas políticos. [...] Pero, al final, ya no existe un Imperio Romano en Occidente».
Crisis del
Como ha señalado la historiadora británica Averil Cameron, «tradicionalmente los historiadores han visto [en el ] una época de crisis (la llamada "crisis del siglo III"), señalada por una constante y rápida sucesión de emperadores entre los años 235 y 284, por un estado de guerra, interior y exterior, casi ininterrumpido, combinado con el desmoronamiento completo de la moneda de plata y el recurso del Estado a las exacciones en especie». Sin embargo, esta misma historiadora ha advertido que, «aunque había problemas graves en el , sobre todo en relación con la estabilidad política y el funcionamiento de la acuñación de moneda, casi todos los componentes concretos del concepto de "crisis del " se han cuestionado en años recientes». Así, según esta historiadora, «la crisis de mediados del recuerda menos a una época de "crisis" de la cual salió el Imperio merced a los esfuerzos de un emperador enérgico e incluso totalitario (a Diocleciano se le considera a menudo un "déspota oriental" debido a que adoptó un estudiado ceremonial cortesano al estilo persa), y más a una fase temporal en un sistema imperial en desarrollo y en evolución».
El historiador español Gonzalo Bravo ha señalado que el supuesto periodo de «crisis» —«resulta preferible, y desde luego más esclarecedor, entender la crisis en términos de coyunturas sucesivas o simultáneas que fueron transformado paulatinamente la estructura de la sociedad romana tradicional»— no coincide exactamente con el ya que en muchos aspectos, como el monetario, había comenzado antes y en otros, como el militar, se había superado antes de que terminara el siglo. En cuanto a sus fases de desarrollo Gonzalo Bravo señala dos: la época de la «Monarquía militar» que coincide con la dinastía severa, desde la guerra civil de Septimio Severo (193) hasta la muerte de Alejandro Severo; y la de la «Anarquía Militar» que se inicia con Maximino Tracio (235) y concluye con la subida al trono de Diocleciano (284).
Aspectos políticos (y militares) right|thumb|El Imperio romano hacia el año 271. Aparecen los dos «imperios» independientes: el de la Galia (el «Imperio galo», en verde) y el de Oriente (el «Imperio de Palmira», en amarillo). Fueron reincorporados al Imperio por el emperador Aureliano (270-275). A la «Monarquía militar» de los Severos (193-235), así llamada porque la elección del emperador recayó de forma decisiva en el Ejército, en proceso de cambio debido al aumento de las unidades auxiliares «bárbaras», y porque las exigencias militares prevalecieron sobre las prerrogativas tradicionales de los grupos civiles, le siguió el periodo de la «Anarquía Militar» (235-284), iniciado con el asesinato de Alejandro Severo y en el que se sucedieron rápidamente emperadores (y «usurpadores»), a lo que hay que sumar la formación de «imperios» independientes en la Galia («Imperio galo») y en Oriente («Imperio de Palmira»), a los que puso fin Aureliano (270-275), a quien el historiador Gonzalo Bravo considera «el auténtico "restaurador" (restitutor) del Imperio». thumb|left|Bajorrelieve de Naqsh-e Rostam que representa el triunfo de Sapor I sobre el emperador romano Valeriano. Sapor I está sentado sobre un caballo y Valeriano humillado es arrestado por éste. También, enfrente de Sapor está arrodillado Filipo el Árabe, otro emperador romano. A la derecha se puede ver a Kartir, un sacerdote zoroástrico. La rápida sucesión de emperadores está íntimamente relacionada con el constante estado de guerra, que proporcionaba un papel cada vez más decisivo al Ejército (o ejércitos), una «peligrosa preeminencia» en palabras de la historiadora Averil Cameron, aunque el ejército ya había alcanzado un papel importante como resultado de las reformas de Septimio Severo. En el Este, el Imperio tuvo que hacer frente al Imperio sasánida que bajo Sapor I (242-c.272) invadió los territorios romanos de Mesopotamia, Siria y Asia Menor y tomó Antioquía deportando a miles de sus habitantes a Persia. Por el norte y el oeste a las tribus germánicas que presionaban sobre el limes formado por los ríos Danubio y Rin (en 251 los godos habían infringido una severa derrota al emperador Decio que murió durante la batalla), aunque, según Cameron, «es un error pensar en oleadas de miles de bárbaros cayendo sobre el Imperio, puesto que las cifras reales eran en todas las ocasiones muy reducidas».
La «peligrosa preeminencia» del Ejército se tradujo en que los ejércitos provinciales proclamaron y destituyeron a los emperadores, sin que fuera necesaria la aprobación formal del Senado, de ahí el término «anarquía militar». La consecuencia de todo ello fue una nueva concepción del poder político: «el emperador reforzó su posición dominante mediante atributos de carácter divino, que acabaron configurando una monarquía de carácter teocrático en la que la lealtad al emperador se consideró como una nueva religión, lo que originó frecuentes conflictos ideológicos». thumb|Relieve de legionarios romanos del Arco de Constantino (principios del . Por otro lado, el aumento de tamaño del Ejército provocó que fuera cada vez más costoso abastecerlo y pagar a los soldados. De hecho, como ha señalado Averil Cameron, «bajo tanta presión el sistema de soldadas y suministros quebró». A los soldados se les pagaba con denarii pero la ley de esta moneda de plata había ido disminuyendo desde los tiempos del emperador Marco Aurelio y a mediados del ya había perdido casi completamente su ley de plata. Así a las tropas se les comenzó a pagar en bienes en lugar de con dinero. Lo novedoso no era que las necesidades del ejército se satisficieran en especie (lo que ya sucedía antes: la annona militaris, el suministro de grano, y la angareia, el transporte militar) sino su escala.
Otro cambio político importante fue la extensión de la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio mediante el Edicto de Caracalla (la Constitutio Antoniniana) de 212, por motivos fiscales, según Gonzalo Bravo. «Aunque es posible que los motivos de Caracalla tuvieran más que ver con la obtención de mayores impuestos que con la generosidad o el idealismo, esta medida ensanchó la noción de lo que se entendía por "romano", que agrupaba ahora a multitud de culturas de orígenes y lugares divergentes. […] A partir de ese momento, tanto el siriaco como el copto surgieron como lenguajes literarios principales utilizados por gran número de cristianos en Siria, Mesopotamia y Egipto. La Iglesia cristiana también sacó provecho: pese a la persecución de Decio (249-251) y Diocleciano, pudo desarrollar una sólida estructura institucional que le fue muy útil cuando recibió el favor de Constantino», ha señalado Averil Cameron.
Como los emperadores ya no residieron en ella, la ciudad de Roma perdió su preeminencia, así como el Senado que vio reducido considerablemente su poder político: ya no ratificó a los emperadores —«los emperadores de este período no alcanzaron la gloria debido a la aceptación del Senado, sino en el campo de batalla, rodeados de sus tropas», ha señalado Averil Cameron—. Además los emperadores nombraron gobernadores de las provincias a miembros del orden ecuestre —lo que fue criticado por algunos autores como Dión Casio—, a los que conocían y tenían a sus órdenes, y no entre el orden senatorial, aunque la pertenencia al Senado seguía confiriendo prestigio… y valiosas exenciones fiscales.
Aspectos económicos miniaturadeimagen|300px|Denario de Caracalla acuñado en Roma en el año 216. Su ley de plata se había reducido a la mitad y continuaría disminuyendo a lo largo del siglo. Lo mismo sucedió con la nueva moneda de plata introducida por Caracalla denominada antoniniano (equivalente en principio a dos denarios, aunque su contenido en plata era solo del 50 %).