La Revolución de Octubre, también conocida como Revolución bolchevique, Octubre Rojo y como Gran Revolución Socialista de Octubre según tanto la historiografía oficial de la antigua Unión Soviética como de acuerdo a algunos grupos comunistas (particularmente los antirrevisionistas), fue la segunda fase de la Revolución rusa de 1917, tras la Revolución de Febrero. La fecha del 25 de octubre de 1917 corresponde al calendario juliano vigente en la Rusia zarista de esa época, después abolido por el nuevo Gobierno bolchevique. En el resto del mundo occidental, bajo el calendario gregoriano, los sucesos se iniciaron el día 7 de noviembre de 1917.
La insistencia del Gobierno provisional (formado en la revolución de febrero) en continuar la guerra —muy impopular— impedía la aplicación de las profundas reformas que exigía la población. La ausencia de estas hizo que el programa bolchevique, reflejado en sus consignas de «Paz, pan y tierra» y «Todo el poder para los sóviets» (consejos), ganase partidarios rápidamente en el otoño de 1917 (tener en cuenta que el otoño en Europa, va del 23 de septiembre al 23 de diciembre de cada año). La crisis económica, que se había agravado desde el verano, la amenaza del frente para los soldados de la capital, la desilusión con la falta de reformas gubernamentales y el respaldo al Gobierno provisional de la mayoría de los partidos favoreció a los bolcheviques, que desencadenaron una intensa campaña de propaganda en la capital, por entonces Petrogrado. Entre las clases más desfavorecidas de la urbe, el rechazo a los sacrificios para continuar la guerra y a seguir en Gobiernos de coalición con los kadetes después del golpe de Kornílov era general.
A pesar de la aparente debilidad del Gobierno provisional, pocos días antes de la revolución quedó claro que una insurrección armada contra el Gobierno provisional por parte exclusivamente de los bolcheviques —como defendía Vladímir Lenin— sería rechazada por las masas. Se aprobó entonces la toma del poder, pero siguiendo una estrategia defensiva, dirigida principalmente por León Trotski, que consistía en asegurarse el traspaso del poder durante el II Congreso de los Sóviets a punto de celebrarse. Sería el Sóviet de Petrogrado y no el partido el que tomase el poder y cualquier intento de resistencia del Gobierno se presentaría como un ataque contrarrevolucionario. La orden gubernamental de enviar parte de la guarnición al cercano frente desató la revolución.
Defendiendo sus acciones como defensa ante la contrarrevolución, el nuevo Comité Militar Revolucionario de Petrogrado (CMR) —controlado en la práctica por los bolcheviques— fue tomando rápidamente el control de las unidades de la guarnición. Se sucedió una serie de choques incruentos entre el Gobierno y el CMR por el control de los puntos estratégicos de la capital que terminaron con la victoria del segundo y el aislamiento del primero, que apenas logró recabar ayuda militar. Se produjo entonces finalmente el asalto contra el Gobierno que Vladímir Lenin había estado exigiendo desde hacía semanas, que terminó con la captura de casi todo el Gobierno provisional la noche del , con el II Congreso de los Sóviets ya en sesión.
El abandono de dicho congreso por los socialistas moderados en protesta por las acciones bolcheviques facilitó la formación de un Gobierno (el Sovnarkom) exclusivamente de este partido. Las posteriores negociaciones para formar un Gobierno de coalición entre los distintos partidos socialistas se malograron por la intransigencia de las partes. Los intentos de la oposición de efectuar un contragolpe mediante una insurrección en la capital y la marcha de tropas del frente sobre la ciudad fracasaron igualmente.
El poder del nuevo Gobierno se extendió por el país en diversas fases, con graves enfrentamientos en algunas zonas, como Moscú. La debilidad militar de la oposición y la popularidad de las primeras medidas, sin embargo, favorecieron a Vladímir Lenin y sus seguidores. El rechazo de la oposición más radical a la toma del poder llevada a cabo por los bolcheviques y la incapacidad de la moderada de arrebatárselo a través de las instituciones —debido a la disolución de la Asamblea Constituyente por los bolcheviques en enero de 1918 y a la expulsión de los partidos socialistas de los sóviets en la primavera siguiente— condujeron a la guerra civil.
Antecedentes A comienzos del otoño de 1917, tras el fracaso del golpe de Kornílov, la crisis económica rusa se agravó. En la capital, el desempleo, el desabastecimiento de combustible y alimentos, y la inflación empeoraron. Para la mayoría de la población, las condiciones de vida se deterioraron, mientras el Gobierno provisional parecía limitarse a medidas de mera administración. En medio de esta crisis, la reputación del presidente del Gobierno provisional, Aleksandr Kérenski, se hundió: la derecha sostenía que había traicionado a Kornílov, y la izquierda y las masas de la capital lo consideraban cómplice de la intentona contrarrevolucionaria. La derrota de Kornílov benefició principalmente a los bolcheviques, pero el ánimo de las masas era en realidad favorable a la implantación de un nuevo Gobierno soviético que reuniese a las diversas corrientes socialistas, no uno exclusivamente bolchevique, inclinación que se reflejó en innumerables resoluciones aprobadas tras la derrota de Kornílov.
La radicalización de las masas se reflejó en la pérdida de control de los principales sóviets del país por los moderados: el Sóviet de Moscú pasó a control bolchevique el , mientras que el de Petrogrado lo hizo finalmente el , tras sucesivas derrotas de los moderados en diversas votaciones. Trotski, recientemente liberado de prisión, fue elegido presidente del Sóviet de la capital. Más de cien sóviets de todo el país exigieron al Comité Ejecutivo Central Panruso (VTsIK) —todavía bajo control de los socialistas moderados— que tomase el poder, mientras en otras importantes localidades los bolcheviques obtenían también la mayoría en sus sóviets locales. La flota del Báltico, muy cercana a la capital, mostró su rechazo a Kérenski. Los campesinos de la región de Petrogrado eligieron a un bolchevique como representante para la inminente Conferencia Democrática. En las grandes ciudades, el apoyo a los bolcheviques creció de manera notable.
En la Conferencia Democrática que se reunió poco después para tratar la cuestión de qué Gobierno debía sustituir al directorio de emergencia creado por Kérenski durante el golpe de Estado, los bolcheviques seguían defendiendo el fin de las coaliciones con los elementos burgueses y la formación de un nuevo gabinete completamente socialista, posición que propugnaban Kámenev y Trotski. A pesar de las diferencias entre ellos —Trotski veía al nuevo Gobierno como el primer paso hacia un traspaso del poder a los sóviets, mientras que Kámenev como una forma de asegurar la reunión de la Asamblea Constituyente—, ambos confiaban aún en la posibilidad de ahondar la revolución por métodos pacíficos. Esta actitud, respaldada hasta entonces por Lenin, se vio gravemente amenazada con el repentino cambio de actitud de este en dos cartas dirigidas al Comité Central del Partido bolchevique el , en las que rechazaba la actitud moderada y exigía un alzamiento inmediato. El Comité Central, asombrado por la nueva postura, decidió desoír las exigencias de Vladímir Lenin y evitar que se conociesen para no minar la actitud conciliadora surgida de la cooperación entre socialistas durante el enfrentamiento con Kornílov.
Ante la oposición de la mayoría del Comité Central bolchevique de aceptar sus exigencias de llevar a cabo una insurrección militar y tomar el poder, Lenin presentó su dimisión del Comité, que no tuvo efecto alguno. A mediados de octubre, intensificó su campaña a favor de la toma inmediata del poder, tanto dentro del partido como entre las masas, a través de diversos escritos en los que justificaba su actitud por la situación nacional e internacional (aumento del respaldo a los bolcheviques, ebullición revolucionaria en el campo, motines en el Ejército alemán, etc.).
La decisión final de la Conferencia de permitir a Kérenski formar un nuevo Gobierno con ministros kadetes y de otras formaciones liberales no hizo que el Comité central atendiese los llamamientos de Lenin a alzarse de inmediato contra aquel, pero sí lo obligó a meditar nuevamente su posición. Fracasado el intento de formar un Gobierno socialista en la Conferencia, la mayoría del Comité comenzó a basar sus esperanzas de lograrlo en el próximo Congreso de los Sóviets. Para los más radicales, el congreso podría transferir el poder a un Gobierno de extrema izquierda que aplicase rápidamente medidas radicales. Para los bolcheviques más moderados, este nuevo Gobierno provisional garantizaría la elección y reunión de la Asamblea Constituyente. El Sóviet de Petrogrado tachó al nuevo Consejo de Ministros de «Gobierno para una guerra civil», se negó a otorgarle apoyo alguno y anunció que el próximo Congreso de los Sóviets formaría un nuevo gabinete «verdaderamente revolucionario». La delegación bolchevique abandonó el Preparlamento, dando comienzo la agitación a favor de la formación de un nuevo Gobierno y la denuncia de Kérenski y de sus partidarios.
Preparativos
Decisión del Comité central y falta de organización Lenin, principal dirigente bolchevique, presionó con firmeza al Comité central del partido bolchevique para que derrocase al debilitado Gobierno provisional antes de la celebración del II Congreso de los Sóviets.|miniatura|right A pesar de los deseos de Vladímir Lenin a favor de una inmediata toma del poder por el partido bolchevique, los informes sobre la actitud de obreros y soldados —dispuestos a respaldar una transferencia de poder a los sóviets, pero no a alzarse únicamente por el partido—, hicieron que la dirección bolchevique centrase sus esfuerzos en lograr que el Segundo Congreso de los Sóviets llevase a cabo la entrega del poder gubernamental a estos. La mayoría de la dirección prefería realizar un traspaso del poder durante el Congreso de los Sóviets (el representante principal de esta opinión era León Trotski) e incluso en el Comité central una parte notable, encabezada por Kámenev y Zinóviev, veía con aprensión los llamamientos de Vladímir Lenin a la insurrección. Esta corriente consideraba que la situación no era propicia para un levantamiento armado y prefería apoyarse en los sóviets y en la futura Asamblea constituyente para hacer avanzar la revolución. Sostenía además que un golpe de mano uniría en contra del nuevo Gobierno a toda la burguesía, sería incapaz de enfrentarse militarmente a Alemania y no podría contar con un apoyo decidido del proletariado mundial. Aunque acabó por imponer su opinión sobre la necesidad de un alzamiento, no se fijó fecha y el Comité central se mostró muy dividido.