Caciquismo es el nombre que ha recibido el entramado de relaciones clientelares que definen el régimen político de la Restauración y en las que se basó el fraude que caracterizó a todas las elecciones generales durante ese periodo, aunque el sistema caciquil también existió durante la mayor parte del reinado de Isabel II y durante el Sexenio Democrático.
Como ha destacado el historiador Carmelo Romero Salvador, el término caciquismo se aplica a las «relaciones de poder y de influencia entre desiguales que conllevan patronazgos y clientelismos, paternalismos y dependencias y, por tanto, favores y castigos, agradecimientos y maldiciones». En la relación patrón/cliente «un individuo de mayor estatus (patrón) utiliza sus recursos e influencias para proveer protección o beneficios a una persona de menor estatus (cliente) quien, por su parte, recíprocamente, le ofrece apoyo general y asistencia, incluyendo los servicios personales al patrón», ha señalado Manuel Suárez Cortina. Por otro lado, «las clientelas eran, en general, indiferentes a ideologías, programas o color de partidos en lo que hacía a su proyección colectiva. Y esto tendría, por supuesto, a desideologizar la política. […] Los clientes esperaban favores personales…», ha subrayado José Varela Ortega.
El origen del término y su aplicación a la política en el thumb|Caricatura satírica de La Carcajada (nueva cabecera de la revista La Flaca para eludir la suspensión administrativa) publicada el 18 de abril de 1872 con el título "Triunfo electoral". Ironiza sobre los métodos fraudulentos utilizados por el presidente del gobierno y ministro de la Gobernación Práxedes Mateo Sagasta para ganar las elecciones de abril de 1872. Sagasta encabeza la comitiva llevado en andas a lomos de un embudo con el letrero "SUFRAGIO UNIVERSAL". Le siguen todos los que han hecho posible el "triunfo electoral": fuerzas de orden público, partidas de la porra, lázaros (así llamados por ser electores fallecidos que han "resucitado" encarnados por otras personas), sicarios, trileros, autoridades locales, campesinos y obreros prisioneros llevados a votar, etc.
El término «cacique» procede de las comunidades taínas de las Antillas y designaba a las personas que tenían en ellas mayor preeminencia y por ello eran sus jefes. Los conquistadores españoles extendieron el término a todas las autoridades indígenas y los «caciques» se convirtieron en los intermediarios ante los nuevos «señores» llegados desde el otro lado del mar. El término se mantuvo, como ha señalado Carmelo Romero Salvador, para «poner de manifiesto la diferencia entre la autoridad del conquistador y las autoridades de los conquistados». Precisamente, según José Varela Ortega, «el papel del cacique consistió en salvar la distancia que separaba a la población india de la administración colonial. Paralelamente, y en el otro extremo, su poder en la localidad se asentó en que sus buenas relaciones con la administración central le permitían servir, además de servirse, de la local».
El término pasó a la península con un carácter peyorativo y el Diccionario de autoridades (1729) ya lo recoge. Definía «cacique» como «Señor de vasallos, ó el Superior en la Provincia o Pueblos de Indios», pero añadiendo que «por semejanza, se entiende el primero de un Pueblo o República, que tiene más mando y poder, y quiere por su soberbia hacerse temer y obedecer de todos los inferiores». Así comenzó a aplicarse a las personas que tenían excesiva influencia y poder en el seno de una comunidad. Y también se extendió el término «cacicada», sinónimo de injusticia y atropello.
En la edición de 1884 del Diccionario de la lengua de la Real Academia apareció con su significado actual en sus dos acepciones: Dominación o influencia del cacique de un pueblo o comarca. Intromisión abusiva de una persona o una autoridad en determinados asuntos, valiéndose de su poder o influencia.
Aunque, junto con el término «oligarquía», el término caciquismo ha sido utilizado sobre todo para caracterizar al régimen político de la Restauración, José Varela Ortega sitúa el nacimiento del sistema caciquil hacia 1845. «Antes de 1845… la influencia de la administración era menor que después. Dominaba la administración local frente a la central; notables locales, frente a caciques; terratenientes, frente a funcionarios. […] Después de 1845, centralización y distritos uninominales inauguran la época caciquil propiamente dicha de la injerencia de la administración y del funcionariado de partido, frente al notable local. […] El conde de San Luis hizo en 1850 lo que se llamaron “Cortes de familia” e inauguró la época de elecciones administrativas o de real orden. El Gobierno intervino activamente en las elecciones. Esto es, hubo “dirección” gubernamental, frente a las “influencia legítimas”, como llamaban en los años treinta a las de los notables».
Partiendo de este hecho Varela Ortega subraya que «el caciquismo no fue invención de Cánovas. Durante la Restauración se repartió con más orden y acuerdo, ahí la diferencia. Pero desde los años cincuenta y, sobre todo, durante los sesenta y setenta [del siglo XIX], el gobierno también intervenía en las elecciones ocupando el lugar de un electorado ausente. Así mismo, las organizaciones de partido utilizaban la administración con fines partidistas igual que harán durante la Restauración».
Carmelo Romero Salvador también ha advertido que el régimen político del reinado de Isabel II fue «oligárquico por ley ―que es la forma más definitoria y extrema de serlo―, como lo prueba que durante todo ese periodo estuvo vigente el sufragio censitario por el que solo los grandes propietarios, y en algunos momentos los medianos, tenían la capacidad de ser electores y elegibles. Y caciquil por práctica, dado que casi la totalidad de las veintidós elecciones celebradas las ganó el partido que las convocaba». Manuel Suárez Cortina coincide con Varela Ortega y Romero Salvador cuando afirma que «las relaciones políticas clientelares ya estaban firmemente instaladas desde mediados del siglo XIX» en «la España isabelina» y añade que el Sexenio Democrático no las eliminó, periodo en el que tampoco ningún gobierno fue derrotado en las urnas. «Cuando se establece el sistema político de la Restauración, el desarrollo del clientelismo en España ya tiene un largo recorrido», ha concluido Suárez Cortina.
Caciquismo en la Restauración
thumb|«Mapa del caciquismo en España».«Explicación del mapa (por si no se parecen los caciques) Alava: Urquijo, Albacete: Ochando, Alicante: Capdepón, Almería: Navarro Rodrigo, Ávila: Silvela. Badajoz: Gálvez Holguín (Leopoldo Gálvez Hoguín en Congreso). Baleares: Maura. Barcelona: Comillas. Burgos: Liniers. Cáceres: Camisón (Laureano García Camisón en Congreso). Cádiz: Auñón. Canarias: León y Castillo. Castellón: Tetuán. Ciudad Real: Nieto. Córdoba: Vega Armijo. Coruña: Linares Rivas. Cuenca: Romero Girón. Gerona: Llorens. Granada: Aguilera. Guadalajara: Romanones. Guipúzcoa: Sánchez Toca. Huelva: Monleón. Huesca: Castelar. Jaén: Almenas. León: Gullón. Lérida: Duque de Denia (Luis León y Catacumber en Senado). Logroño: Salvador (Amós Salvador en RAH, Miguel Salvador en RAH). Lugo: Quiroga Ballesteros. Madrid: La bola de Gobernación. Málaga: Romero Robledo. Murcia: García Alix. Navarra: Mella. Orense: Bugallal. Oviedo: Pidal. Palencia: Barrio y Mier. Pontevedra: Elduayen. Salamanca: Tamames. Santander: Eguillor (Manuel Eguillor en Senado). Segovia: Oñate (José Oñate y Ruiz en Senado, otros del mismo apellido en Congreso). Sevilla: Ramos Calderón (Antonio Ramos Calderón en Congreso). Soria: Vizconde de los Asilos (Eduardo Santa Ana y Rodríguez-Camaleño en Senado). Tarragona: Bosch y Fustegueras. Teruel: Castel. Toledo: Cordovés (Gumersindo Díaz Cordovés en Senado). Valencia: Jimeno. Valladolid: Gamazo. Vizcaya: Martínez Rivas (José María Martínez de las Rivas en Auñamendi). Zamora: Requejo. Zaragoza: Castellano.»
Aunque el término caciquismo se utilizó muy pronto para referirse al régimen político de la Restauración ―en las elecciones generales de 1891, ganadas como siempre por el gobierno que las convocaba, ya se habló de «la asquerosa llaga del caciquismo»―, fue tras el «Desastre del 98» cuando su uso se generalizó. En el mismo año de 1898 el liberal Santiago Alba ya culpaba al «insufrible caciquismo» del Desastre.
En 1901 el Ateneo de Madrid abrió una encuesta-debate sobre el régimen sociopolítico existente en España en la que participaron unos sesenta políticos e intelectuales. El informe sobre el que iba a girar la discusión fue redactado por el regeneracionista Joaquín Costa y llevaba por título «Oligarquía y caciquismo como la forma actual de Gobierno en España. Urgencia y modo de cambiarlo». En el mismo Costa afirmaba que en España «no hay Parlamento ni partidos, solo hay oligarquías», «una minoría sin otro interés que el personal de la misma minoría gobernante». Esa oligarquía, cuya «plana mayor» eran los «primates» (los políticos profesionales radicados en Madrid, el centro del poder), se sustentaba en una amplia red de «caciques de primer, segundo o tercer grado diseminados por todo el territorio». El enlace entre los grandes caciques ―los «primates»― y los caciques locales lo constituían los gobernadores civiles. Costa insistía en su informe en que «oligarquía y caciquismo» no eran casos excepcionales del sistema, sino que formaban «la regla, el Régimen mismo». Prácticamente todos los participantes en la encuesta-debate estuvieron de acuerdo con esta conclusión y su influencia llega hasta la actualidad. El «binomio de Costa, convertido en título de libros y manuales de historia, sigue siendo, más de un siglo después, el más utilizado para caracterizar la etapa restauracionista», ha señalado Carmelo Romero Salvador.
Por ejemplo José María Jover en un conocido manual universitario muy utilizado en las décadas de 1960 y 1970 escribió lo siguiente sobre el régimen de la Restauración:
thumb|Caricatura satírica del conde de Romanones, «fabricando diputados provinciales a su imagen y semejanza» a partir de la «masa electoral», por Moya (Gedeón, 1911).
Manuel Suárez Cortina ha señalado que Costa y los críticos coetáneos del sistema de la Restauración, como Gumersindo de Azcárate, «consideraron que el funcionamiento político de la Restauración era una especie de nuevo feudalismo, donde se usurpaba la voluntad política de los ciudadanos en beneficio de los detentadores del poder: una oligarquía que violaba la verdadera voluntad nacional mediante el fraude y la corrupción electoral» y «esta línea interpretativa fue consolidándose en la historiografía española tanto marxista como liberal». Un interpretación similar del análisis de Costa es la que ha hecho Joaquín Romero Maura, citado por Feliciano Montero, que coincide también en que durante mucho tiempo fue la más extendida para explicar el fenómeno del caciquismo en la España de la Restauración. Según Romero Maura, Costa y los que han seguido su línea interpretativa, consideran el caciquismo como «el reflejo, a nivel político, del control económico ejercido por las oligarquías terratenientes y financieras», facilitado por la existencia de un electorado «"anestesiado" o desmovilizado, a consecuencia del nivel de desarrollo económico y de integración social de las regiones geográficas del país» (comunicaciones deficientes, economía cerradas, altos niveles de analfabetismo, etc.).