Se conoce como almorávides ( [al-murābiṭūn], y este del singular [murābiṭ], es decir, ‘el morabito’, especie de ermitaño y soldado musulmán, Marabout en francés) a unos monjes-soldados surgidos de grupos nómadas provenientes del Sáhara. Los almorávides abrazaron una interpretación rigorista del islam y sometieron a su autoridad grandes extensiones del occidente musulmán con las que formaron un imperio centrado en Marruecos, a caballo entre los siglos y , que llegó a extenderse principalmente por los actuales Mauritania, Argelia, Marruecos y la mitad sur de la península ibérica.

Movimiento religioso y político surgido entre los bereberes cenhegíes del Sáhara, tribus nómadas y camelleras, logró extenderse por el Magreb occidental, unificar por primera vez el territorio del que sería siglos más tarde, el moderno Marruecos, extenderse por al-Ándalus e implantar una variante única del islam en la región, el sunismo malikí. Su expansión por el Magreb supuso el fin de la supremacía de los tradicionales rivales de los cenhegíes, los bereberes cenetes, que habían dominado la región hasta entonces, y la victoria de los nómadas sobre los habitantes sedentarios de la zona. La defensa de la ortodoxia religiosa, que satisfizo a los influyentes jurisconsultos islámicos, y la abolición de los impuestos no canónicos, bien vista por la población en general, facilitaron la expansión almorávide.

Con su llegada a la península ibérica en el 1086, comenzó un largo periodo de la historia andalusí caracterizado por la intervención de tres dinastías magrebíes (las de los almorávides, los almohades y los benimerines), entre cuyas hegemonías sucesivas hubo periodos de reacción peninsular (los reinos de taifas). Los magrebíes, hasta entonces en posición de inferioridad frente a los andalusíes, pasaron a dominar la región, merced a su capacidad de formar un Estado centralizado que podía resistir las acometidas de los Estados cristianos del norte peninsular. Estas intervenciones magrebíes en la península ibérica que comenzaron con los almorávides dieron lugar a casi un siglo y medio de unión del islam ibérico y magrebí.

A la rápida expansión le siguió una veloz decadencia, por la falta de solidez del nuevo imperio. El apogeo y el comienzo de la decadencia, debida a la incapacidad almorávide de poner freno a la expansión de los Estados cristianos ibéricos, al aumento del descontento andalusí y a la imparable expansión almohade, se dieron en el largo reinado del tercer emir, Alí Ben Yusuf. Mientras las campañas en al-Ándalus contra los Estados cristianos absorbían gran parte del poderío militar del Imperio almorávide, en el Magreb surgió un foco rebelde en la población montañesa, masmudí, el movimiento almohade, que acabó por destruirlo. A la caída contribuyeron también el descontento de la población por el gran poder de los alfaquíes malikíes, los abusos de los soldados y el aumento de los impuestos para mantener a los ejércitos.

Etimología El término «almorávide» viene del árabe al-murabitun (), la forma plural de al-murabit que significa literalmente ‘el que se ata’ y figurativamente ‘el que está listo para la batalla en la fortaleza’. El término está relacionado con la noción de ribat, una fortaleza-monasterio fronterizo, a partir de la raíz r-b-t ( [rabat]: ‘atar’; o [raʔabat]: ‘acampar’).Nehemia Levtzion, "Abd Allah b. Yasin and the Almoravids", en: John Ralph Willis, Studies in West African Islamic History, p. 54.P. F. de Moraes Farias, "The Almoravids: Some Questions Concerning the Character of the Movement", Bulletin de l’IFAN, series B, 29: 3-4 (794-878), 1967.

thumb|Representación de Abu Bakr Ibn Umar, emir de los almorávides (fuente: el Atlas catalán). Es incierto cuando o por qué los almorávides adquirieron esta denominación. Al-Bakri, en un escrito del año 1068 anterior a su cima, ya los llamaba los al-Murabitun, pero no aclara las razones para ello. Escribiendo tres siglos más tarde, Ibn Abi Zar sugirió que se habría elegido previamente por Abdallah ibn Yasin porque, al encontrar resistencias entre los bereberes Gudala de Adrar (Mauritania) a sus enseñanzas,Ibn Abi Zar, p. 81. tomó un puñado de seguidores para erigir un improvisado ribat (monasterio-fortaleza) en una isla alejada de la costa, posiblemente Tidra, en la bahía de Arguín.El relato de Ibn Abi Zar se encuentra traducido en N. Levtzion y J. F. P. Hopkins, eds (2000), Corpus of Early Arabic Sources for West African History, Universidad de Gana, pp. 239ff. Para una identificación tentativa del ribat, véase Moraes Farias (1967). Ibn Idhari escribió que el nombre habría sido sugerido por Ibn Yasin en el sentido de "perseverar en la lucha", para animar la moral para librar una batalla particularmente difícil en el valle del Draa hacia 1054, en la cual tuvieron lugar multitud de bajas. Sea cual sea la explicación cierta, parece seguro que la denominación fue elegida por los propios almorávides, parcialmente con el objetivo consciente de impedir ninguna identificación tribal o étnica.

También se ha sugerido que el nombre podría estar relacionado con el ribat de Waggag ibn Zallu en la localidad de Aglú (cerca de la actual Tiznit), donde el futuro líder espiritual almorávide Abdallah ibn Yasin recibió su formación inicial. El biógrafo marroquí del Ibn al-Zayyat al-Tadili y Qadi Ayyad antes de él en el apuntaron que el centro de enseñanza de Waggag se denominaría Dar al-Murabitin ("La casa de los almorávides"), y que podría haber inspirado la elección de Ibn Yasin del nombre del movimiento.

Los contemporáneos con frecuencia se refieren a ellos como los al-mulathimun («los velados», a partir de litham, «velo» en árabe). El almorávide se velaba por debajo de los ojos, una costumbre adaptada de los bereberes cenhegíes que puede encontrarse todavía entre los actuales tuareg, pero poco habitual más al norte. Aunque práctico para la arena del desierto, los almorávides insistían en llevar el velo en cualquier lugar, como un emblema de diferencia en entornos urbanos, en parte como forma de mostrar sus credenciales puritanas. Sirvió como uniforme de los almorávides, y bajo su mandato, la ley suntuaria prohibió que nadie más pudiera portar el velo, convirtiéndolo en la prenda distintiva de la clase gobernante.

Surgimiento del movimiento almorávide Los cenhegíes El movimiento almorávide surgió en los inhóspitos territorios que se extienden entre las últimas zonas cultivadas del sur de Marruecos y las vegas de los ríos Senegal y Níger. La región la habitaban únicamente grupos de nómadas bereberes que no practicaban la agricultura. Sus únicas riquezas provenían de los rebaños que mantenían y de los ingresos que obtenían de ofrecer protección a las caravanas que cruzaban el territorio.

En las tierras del sur correspondientes a los actuales Estados de Mauritania y Malí, desde el río Senegal hasta el río Níger, haciendo frontera con el antiguo reino negro de Ghana, se había establecido con sus ganados un pueblo de pastores nómadas bereberes, pertenecientes a la confederación Zanhaga (los cenhegíes), cuyas tribus principales eran los Lamtuna y los Masufa (otras tribus cenhegíes, estas sedentarias, habitaban los valles próximos al Atlas, como el del río Draa; entre estas se contaban los Lamta y los Gasula). Los cenhegíes de esta zona estaban emparentados con los ziríes de Ifriqiya, y se distinguían de otros grupos bereberes, como los Masmuda del Atlas y los cenetes del norte marroquí.

Estos cenhegíes del desierto se habían islamizado someramente para el , mediante el contacto con los mercaderes musulmanes que, desde Siyilmasa, recorrían las rutas caravaneras cruzando el desierto hasta Audagost y el Imperio de Ghana para trocar sus mercancías por oro. Entre el y el , tres de las distintas tribus cenhegíes de la región —Lamtuna, Masufa y Gudala— formaron una confederación, que dominó la tribu Lamtuna, la más meridional de ellas, que recorría una amplia zona entre el Draa y el Níger. El objetivo de esta liga era detener el avance de los pueblos negros del sur, conservar la ciudad de Audagost, dominar una amplia zona de pastoreo y controlar las principales rutas de caravanas que cruzaban de norte a sur la región. En el , se rehízo la liga tribal, desbaratada durante el siglo anterior. El mando de la confederación reconstituida recayó en un jefe de los Gudala emparentado por matrimonio con los Lamtuna, Yahya ibn Ibrahim, artífice del surgimiento del movimiento almorávide. Por entonces los cenetes de la tribu Magrawa, tradicionales rivales de los cenhegíes, les habían arrebatado el control de las rutas caravaneras que paraban en Siyilmasa y Audagost y los importantes pastos del valle del Draa.

La concienciación religiosa: fundación del movimiento almorávide Posiblemente en torno al 1035-1036, el jefe de la tribu bereber cenhegí de los Gudala Yahya ibn Ibrahim realizó la peregrinación a La Meca. De vuelta a su tierra, atravesó Egipto e Ifriqiya, donde conoció a un renombrado alfaquí (fqih 'docto en la ley islámica') de Kairuán, Abu Imran al-Fasi, originario de Fez y seguidor del malikismo. Gracias a sus lecciones tomó conciencia de su ignorancia religiosa y del conocimiento superficial que de la religión tenía su tribu, y solicitó al maestro que enviase con él a uno de sus discípulos para instruir a sus compatriotas gudalíes. Convencido de que sus discípulos de la ciudad no desearían instalarse con las tribus caravaneras del desierto, Abu Imran propuso que consultase a un antiguo pupilo que predicaba en un territorio dependiente de Siyilmasa. Abu Imran propuso para esta tarea a Uaggaq ben Zellu al-Lemtí, de la tribu de los Lemta, el cual a su vez recomendó a Abdalá ben Yasin al-Gazulí, de la tribu cenhegí de los Gazula. Sobre este último, que partió con Ibn Ibrahim, recayó el papel de predicador en el seno de las tribus cenhegíes. Su cometido era instruirlas en las prescripciones de la ley islámica según la Sunna y la escuela jurídica malikí. Esto conllevaba una complicada reforma social y de las costumbres locales, que resultó difícil.

La escuela malikí era rigorista y defendía la interpretación literal del Corán. Tachaba las lecturas alegóricas o interpretadas de heréticas, incluso las que empleaban la tradición de tiempos de Mahoma. Contraria a la teología por tenerla por innecesaria, se oponía también al califato. Esta reforma religiosa se orientó en beneficio del sunismo y del malequismo, del que era un férreo defensor el nuevo predicador y guía espiritual Abdalá Ben Yasin, dotado con un excepcional vigor. Su bagaje intelectual era, en realidad, escaso, pero su conocimiento religioso sobresalía por el reducido nivel de los miembros de las tribus, islamizados someramente. La doctrina que predicó no tardaría en tomar color político, con una vuelta a la ortodoxia suní y un cariz rigorista. Comenzó con un grupo de unos sesenta o setenta voluntarios, que se sometieron a su inflexible rigor de asceta, muy diferente a las tradiciones relajadas de la vida de los camelleros. La reforma, demasiado radical, y ciertas contradicciones teológicas permitieron a sus rivales locales arrebatarle el control de los bienes de la tribu, que tenía desde su llegada a la región, y desprestigiarlo. La muerte de Ibn Ibrahim le había privado de su protector y lo había dejado a merced de sus adversarios en la tribu, que criticaban su avaricia —se apoderaba de un tercio de las posesiones de los conversos como «purificación» del resto de bienes— y su brutalidad en la aplicación de castigos. Ben Yasin se retiró entonces con un puñado de adeptos a una rábida que fundó en una isla costera —la de Tidra o la de Targuin— cercana al territorio de la tribu.