La guerra de Crimea fue un conflicto militar que se libró desde octubre de 1853 hasta febrero de 1856 entre el Imperio ruso contra una alianza formada por el Imperio otomano, Francia, el Reino Unido y el Reino de Cerdeña. Las causas geopolíticas de la guerra incluyeron la decadencia del Imperio otomano (la "Cuestión Oriental"), la expansión de Rusia en las anteriores guerras ruso-turcas y la preferencia británica y francesa de tratar de preservar el Imperio otomano para mantener el equilibrio de poder en el Concierto europeo. El punto de conflicto fue un desacuerdo sobre los derechos de las minorías cristianas en Palestina, entonces parte del Imperio otomano, con los franceses promoviendo los derechos de los católicos romanos y Rusia promoviendo los de la Iglesia ortodoxa. Sin embargo, esto sirvió solo como pretexto para la guerra; de hecho, los países estaban luchando por quién dirigiría el Imperio otomano.

Las iglesias resolvieron sus diferencias con los otomanos y llegaron a un acuerdo, pero tanto el emperador francés Napoleón III como el zar ruso Nicolás I se negaron a dar marcha atrás. Nicolás lanzó un ultimátum en el que exigía que los súbditos ortodoxos del Imperio otomano se pusieran bajo su protección. El Imperio británico intentó mediar y llegó a un compromiso al que Nicolás accedió. Cuando los otomanos exigieron cambios en el acuerdo, Nicolás se retractó y se preparó para la guerra.

En julio de 1853, las tropas rusas ocuparon los principados del Danubio (ahora parte de Rumania, pero entonces bajo soberanía otomana). El 16 de octubre [4 de octubre] de 1853, habiendo obtenido promesas de apoyo de Francia y Gran Bretaña, los otomanos declararon la guerra a Rusia. Liderados por Omar Pasha, los otomanos libraron una fuerte campaña defensiva y detuvieron el avance ruso en Silistra (ahora en Bulgaria). Un ataque separado contra la ciudad fortaleza de Kars, en el Imperio otomano, condujo a un asedio, y un intento otomano de reforzar la guarnición, fue destruido por una flota rusa en la batalla de Sinope en noviembre de 1853.

Temiendo el crecimiento de la influencia del Imperio ruso, las flotas británica y francesa entraron en el mar Negro en enero de 1854. Se trasladaron al norte a Varna en junio de 1854 y llegaron justo a tiempo para que los rusos abandonaran Silistra. En el mar Báltico, cerca de la capital rusa de San Petersburgo, una flota anglo-francesa estableció un bloqueo naval y embotelló a la Flota rusa del Báltico, causando daño económico a Rusia al bloquear el comercio al tiempo que obligaba a los rusos a mantener un gran ejército protegiendo San Petersburgo de un posible ataque aliado.

Después de una pequeña escaramuza en Köstence (hoy Constanza), los comandantes aliados decidieron atacar la principal base naval rusa en el mar Negro, Sebastopol, en Crimea. Después de largos preparativos, las fuerzas aliadas desembarcaron en la península en septiembre de 1854 y marcharon hacia un punto al sur de Sebastopol después de haber ganado la batalla de Alma el 20 de septiembre de 1854. Los rusos contraatacaron el 25 de octubre en lo que se convirtió en la batalla de Balaclava y fueron rechazados, pero las fuerzas del ejército británico quedaron seriamente mermadas como resultado. Un segundo contraataque ruso en Inkerman terminó en un punto muerto.

En 1855, el reino italiano de Cerdeña envió una fuerza expedicionaria a Crimea, del lado de Francia, Gran Bretaña y el Imperio otomano. El frente se desencadenó en el Sitio de Sebastopol, que implicó condiciones brutales para las tropas de ambos bandos. Se produjeron acciones militares menores en el Cáucaso (1853-1855), el Mar Blanco (julio-agosto de 1854) y el Pacífico Norte (1854-1855).

Sebastopol finalmente cayó después de once meses, después de que los franceses asaltaran Fort Malakoff. Aislada y ante la sombría perspectiva de una invasión por parte de Occidente si la guerra continuaba, Rusia pidió la paz en marzo de 1856. Francia y Gran Bretaña acogieron con agrado la petición, debido a la impopularidad interna del conflicto. El Tratado de París, firmado el 30 de marzo de 1856, puso fin a la guerra. Prohibía a Rusia estacionar buques de guerra en el Mar Negro. Este tratado puso fin al concierto europeo surgido del Congreso de Viena de 1815 y marcó el resurgimiento de Francia como potencia, pero no resolvió la "Cuestión Oriental" que había desatado la contienda de Crimea. Los estados vasallos otomanos de Valaquia y Moldavia se volvieron en gran medida independientes. Los cristianos en el Imperio Otomano obtuvieron un grado de igualdad oficial y la Iglesia Ortodoxa recuperó el control de las iglesias cristianas en disputa.

La Guerra de Crimea fue uno de los primeros conflictos en los que las fuerzas militares utilizaron tecnologías modernas como proyectiles navales explosivos, el barco de vapor, el ferrocarril, el fusil de ánima rayada y el telégrafo. La guerra también fue una de las primeras en ser documentada extensamente en informes escritos y en fotografías. La guerra se convirtió rápidamente en un símbolo de fallos logísticos, médicos y tácticos y de mala administración. La reacción en Gran Bretaña condujo a una demanda de profesionalización de la medicina, lograda más famosamente por Florence Nightingale, quien ganó atención mundial por ser pionera en la enfermería moderna mientras trataba a los heridos.

La guerra de Crimea marcó un punto de inflexión para el Imperio ruso. La guerra debilitó al Ejército Imperial Ruso, agotó el tesoro y socavó la influencia de Rusia en Europa. El imperio tardaría décadas en recuperarse. La humillación de Rusia obligó a sus élites educadas a identificar sus problemas y reconocer la necesidad de reformas fundamentales. Consideraron que la rápida modernización era la única manera de recuperar el estatus del imperio como potencia europea. La guerra se convirtió así en un catalizador de las reformas de las instituciones sociales de Rusia, incluida la abolición de la servidumbre y reformas en el sistema de justicia, el autogobierno local, la educación y el servicio militar.

Antecedentes Decadencia del Imperio otomano

miniatura|izquierda|Durante su reinado, el sultán Abdülmecid I aplicó la reforma denominada Tanzimat, para remozar el imperio. Tras alcanzar el apogeo a finales del siglo , el Imperio otomano entró en una fase de decadencia por la que se le apodó el «enfermo de Europa». Por su conservadurismo religioso y rechazo a las influencias extranjeras, no había podido asimilar las ideas y la tecnología surgidas en Europa Occidental; su comercio, además, estaba controlado por no musulmanes. La corrupción era endémica y las autoridades locales gozaban de amplia autonomía, que aprovechaban para enriquecerse a costa del Gobierno central del sultán. Para remate, el ejército otomano carecía de instrucción y tanto sus tácticas como su armamento habían quedado vetustos respecto a los de los ejércitos de las potencias europeas occidentales.

Tras su entronización en 1789, Selim III puso en marcha una política reformista para asimilar las ideas occidentales de manera similar a como lo había hecho Pedro el Grande en Rusia a principios de siglo. Esto irritó a las autoridades religiosas, que condenaban los cambios, y al cuerpo de jenízaros, que temía perder su independencia. En 1807, los jenízaros destronaron a Selim, que fue asesinado al año siguiente; su sucesor en el trono otomano fue Mahmut II, quien continuó, sin embargo, el programa de reformas. Primero se apoyó en el Ejército para vencer la resistencia de las autoridades locales, reforzar la centralización administrativa imperial y crear escuelas militares. Cuando los jenízaros se rebelaron en contra de la modernización de las Fuerzas Armadas en 1826, fueron aplastados y su organización fue abolida.

Estas reformas, tardías e incompletas, no bastaron para detener la decadencia del imperio. La debilidad otomana permitió a las potencias europeas intervenir cada vez más en los asuntos internos del imperio, con el pretexto de proteger a las minorías cristianas. Especialmente activa en este aspecto era Rusia, que se arrogó la protección de la población cristiana ortodoxa, que suponía en torno al 30 % de la población del imperio —unos diez millones de personas a principios del siglo —, concentrada fundamentalmente en las provincias europeas. Rusia era, sin embargo, una de las fundadoras de la Santa Alianza, junto con el Reino Unido, Austria y Prusia, establecida en 1815 tras las guerras napoleónicas para aplastar los movimientos nacionalistas y liberales que pudiesen poner en peligro a las potencias. En consecuencia y a pesar de su simpatía por los rebeldes griegos en Moldavia y Grecia de 1821, no intervino en estos conflictos y permitió que el Imperio otomano sofocase las revueltas.

La brutalidad de la represión otomana hizo, no obstante, que el emperador Nicolás decidiese que la defensa de los cristianos frente a las agresiones musulmanas era más importante que el respeto a la soberanía otomana. Las demás potencias europeas, también horripiladas por las acciones otomanas, instaron al sultán Mahmut II a firmar en 1826 la convención de Akkerman, favorable a los intereses rusos; el sultán se avino a ello, pero al año siguiente se negó a rubricar el Tratado de Londres, que concedía una amplia autonomía a las provincias griegas. Esto desencadenó una nueva guerra ruso-turca en la que el ejército otomano fue debelado en la ofensiva de 1829. Con el avance ruso hacia Constantinopla, el hundimiento del imperio pareció seguro. Nicolás I detuvo el avance de sus tropas por temor a que el vacío que hubiese creado la desaparición de la autoridad otomana lo ocupasen las potencias europeas rivales, que podrían además coligarse contra Rusia si la consideraban excesivamente poderosa.

En consecuencia, el Tratado de Adrianópolis que puso fin a la contienda fue relativamente suave con los otomanos: los rusos habían decidido que un imperio debilitado era preferible al caos que podría originarse con su desaparición. Las demás potencias, y en especial el Reino Unido, opinaron que el tratado sometía a los otomanos al protectorado ruso; esta situación les convenía menos que el desmembramiento del imperio, que al menos tendría que negociarse.

miniatura|La política expansionista del emperador Nicolás I de Rusia inquietó al resto de potencias europeas, que temían que esta se volviese demasiado poderosa.

Esta voluntad de mantener al Imperio otomano debilitado y dependiente caracterizó la política exterior rusa desde 1829 hasta la guerra de Crimea. Un ejemplo de ella se produjo en 1833, cuando el virrey de Egipto, Mehmet Ali, se alzó contra el sultán. Su ejército, organizado al estilo occidental europeo, conquistó el Levante sin que las fuerzas del sultán pudiesen impedirlo y con la aquiescencia tácita del Reino Unido y Francia. Por su parte, los rusos temían que Mehmet Ali constituyese un imperio propio más poderoso y hostil que el otomano; por ello Nicolás I envió cuarenta mil soldados a proteger Constantinopla. Alarmados por los acontecimientos, el Reino Unido y Francia mediaron y lograron que los dos bandos enfrentados firmasen la convención de Kütahya en mayo de 1833. Poco después, el zar y el sultán rubricaron el Tratado de Unkiar Skelessi por el que Rusia garantizaba la independencia otomana a cambio de que el sultán prometiese cerrar los estrechos del mar Negro a los barcos de guerra de otras potencias cuando se lo solicitase el Gobierno ruso.