Giovanni Pascoli (San Mauro di Romagna, Forlí, 31 de diciembre de 1855 - Bolonia, 6 de abril de 1912) está considerado como uno de los mayores poetas italianos de finales del .

Su poesía está caracterizada por una métrica formal en endecasílabos, sonetos y tercetos encadenados de gran simplicidad. A este clasicismo de la forma externa hay que unir el gusto por las lecturas científicas, a las cuales se debe su afición por los temas cósmicos y la precisión del léxico botánico y zoológico utilizado. Pascoli supo renovar los contenidos de la poesía tocando temas que hasta entonces habían sido evitados, y fue capaz de hacer comprender con su mensaje poético el placer de las cosas sencillas vistas con la sensibilidad infantil que cada uno lleva dentro de sí.

Durante toda su vida Pascoli fue un personaje melancólico, resignado a los sufrimientos de la vida y a las injusticias de la sociedad, convencido de que la sociedad que dominaba en su época era demasiado fuerte para ser vencida. A pesar de ello supo conservar un profundo y fraternal sentido de la humanidad. Una vez que el mundo racional y ordenado en el que creían los positivistas se hubo derrumbado, el poeta, enfrentándose al dolor y al mal que dominan en la Tierra, recuperó el valor ético del sufrimiento, que de tal forma consuela y eleva a los humildes e infelices, que los hace capaces incluso de perdonar a sus propios perseguidores.

El poeta es poeta, no orador o predicador, ni filósofo, ni historiador, ni maestro, ni tribuno o demagogo, ni hombre de estado o de corte. Y ni mucho menos es, aun con la venia del maestro Carducci, un herrero que forje espadas, escudos o celadas; y ni mucho menos es, con la venia de tantos otros, un artista que pula y cincele el oro que otros le surtan. Para conformar un poeta valen infinitamente más su sentimiento y su mirada que el modo con el cual transmita a los otros el uno y la otra. (G. Pascoli - de "El muchachillo" (Il fanciullino))

Infancia y juventud

Hay pocos escritores a los que, como a Pascoli, las vivencias de su primera juventud les hayan determinado tanto el desarrollo creativo en su madurez. Parece incluso imposible comprender el verdadero significado de gran parte – y seguramente la parte más importante – de su producción poética si se ignoran sus dolorosos y tormentosos presupuestos biográficos y psicológicos, los cuales él mismo reorganizó como sistema semántico sobre el que construir su propio mundo.

Giovanni Pascoli nace el 31 de diciembre de 1855 en San Mauro di Romagna (provincia de Forlí), siendo el cuarto hijo de una familia con diez hermanos. El padre, Ruggero, era administrador de la finca "La Torre", perteneciente a los príncipes de Torlonia. El ambiente familiar, de tipo patriarcal y ligado tradicionalmente a los agrestes valores de la cultura rural, le dio gran serenidad y firmeza de carácter. A los doce años comenzó a frecuentar el liceo Rafael de Urbino, muy conocido en los Estados Pontificios y en la vecina Emilia-Romaña, regiones estas de antigua tradición humanística.

El 10 de agosto de 1867 su padre es asesinado a tiros mientras volvía a casa desde Cesena. Tanto las razones como los autores del delito permanecieron para siempre oscuros, al menos oficialmente, dejando este suceso traumático honda huella en la vida del joven Giovanni.

La familia comienza entonces a perder su nivel económico, sufriendo además una impresionante serie de nuevos lutos que la disgregan: obligados a abandonar la finca, el año siguiente morían su madre y su hermana Margherita; en 1871 su hermano Luigi y en 1876 el hermano mayor, Giacomo, el cual había intentado reconstruir la unidad familiar. Pascoli tuvo que abandonar el liceo de Urbino, pero pudo continuar sus estudios en Florencia gracias al interés de uno de sus profesores.

Durante sus estudios en el liceo realiza algunas composiciones ocasionales en verso, con motivo de los ejercicios de retórica al uso en aquel tiempo en los estudios religiosos. Seguramente la fantasía de Pascoli comenzaba ya a elaborar, en su mundo interior, todas las impresiones ambientales y sentimentales que la tragedia familiar había descargado sobre él.

En la biografía que nos ha dejado su hermana María, titulada A través de la vida de Giovanni Pascoli, el futuro poeta está representado como un muchacho sensato y vivaz, cuyo carácter no ha sido todavía alterado por las desgracias; durante años, ciertamente, su actitud parece voluntariosa y tenaz, decidido a terminar el liceo y encontrar el modo de realizar sus estudios universitarios (a pesar de su empeño, siempre frustrado, de buscar y castigar al asesino de su padre).

El punto de inflexión en su vida llega con su detención y posterior ingreso en la prisión de Bolonia, después de una redada de la policía entre los socialistas que habían organizado una manifestación contra el gobierno a causa de la condena del anarquista Giovanni Passannante. Este aislamiento forzado, después de la revolucionaria experiencia de la universidad y de su compromiso político en los movimientos de izquierda, lo impulsan a reflexionar. Y es en este momento donde la crítica histórica registra lo que se ha conocido como la regresión infantil de Pascoli.

El microcosmos pascoliano

En el mundo literario italiano de los últimos dos siglos aparece recurrentemente la contraposición antagónica entre el mundo urbano y el rural, considerados ambos como portadores de valores opuestos; mientras que el campo aparece siempre como el “paraíso perdido” de los valores culturales y morales, la ciudad deviene símbolo de una condición humana maldita y desnaturalizada, víctima de la degradación moral causada por un ideal de progreso puramente materialista.

Esta contraposición puede interpretarse tanto a la luz del retraso económico y cultural de gran parte de Italia respecto al resto de naciones europeas, como a consecuencia de la división política y de la falta de una gran metrópoli unificadora como lo son París en Francia o Londres en el Reino Unido.

Los temas poéticos de la “tierra”, de la “aldea”, del “humilde pueblo” que aparecen hasta el final de la Primera Guerra Mundial no hacen sino repetir el sueño de la pequeña y lejana patria perdida, la cual el ideal unitario surgido a partir de la reunificación italiana no ha podido apagar del todo.

Pascoli contribuyó decisivamente a la continuación de esta tradición, si bien sus motivos no fueron los típicamente ideológicos del resto de escritores, sino que nacen de raíces más íntimas y subjetivas.

Obligado a causa de su profesión de profesor universitario a trabajar en ciudades, aunque no fueran éstas ciertamente metrópolis asfixiantes (Bolonia, Florencia y Mesina, donde enseñó durante algunos años y compuso algunos de sus mejores poemas, como por ejemplo el “Aquiles”), él nunca residió en ellas, preocupándose siempre del modo de garantizarse una “vía de escape” hacia su propio mundo de origen: el campo. Puede decirse, además, que la vida moderna de la ciudad no entró nunca, ni siquiera como antítesis o contrapunto polémico, en la poesía pascoliana; él, en cierto sentido, no salió nunca de su mundo, el mundo que constituye el único gran tema de toda su producción literaria: una especie de microcosmos cerrado en sí mismo, como si el poeta quisiera defenderlo de un amenazador desorden externo, un mundo que sin embargo permanece innominado y oscuro, privado de referentes y de identidad, tal y como quedó el asesinato de su padre.

Sobre la ambigua y atormentada relación con sus hermanas (ese mundo familiar que bien pronto conformaría todo su mundo poético) el poeta Mario Luzi ha escrito con extrema claridad: De hecho se encuentra en los tres que la desgracia ha dividido y luego reunido una especie de fantasías y mistificaciones infantiles, en las cuales Ida sólo es cómplice en parte. Para Pascoli se trata en todo caso de una verdadera y propia regresión al mundo de los afectos y los sentidos, anterior a la responsabilidad; a ese mundo del que había sido expulsado violentamente y demasiado pronto. Podemos descubrir dos movimientos concurrentes: uno, casi paterno, que le sugiere reconstruir con fatiga y piedad el nido edificado por los padres, investirse del papel paterno, imitarlo. Otro, de naturaleza bien diferente, que le impulsa al contrario a encerrarse allí dentro con las hermanas pequeñas que son las que mejor le garantizan el regreso a la infancia, excluyendo de hecho, a veces con dureza, a los otros hermanos. En la práctica Pascoli defiende el nido con sacrificio, pero también lo opone voluntariosamente a todo lo demás: no es sólo su cura sino también su medida del mundo. Todo aquello que tienda a separarlo de él en cualquier modo lo hiere; otras dimensiones de la realidad no le parecen, positivamente, aceptables. Para hacerlo más seguro y profundo lo aleja de la ciudad, lo sitúa entre los montes de la Garfagnana donde puede sobre todo mimetizarse con la naturaleza. (Mario Luzi, en Giovanni Pascoli)

La formación literaria

El momento crucial en la formación literaria de Pascoli se produce durante los nueve años transcurridos en Bolonia como estudiante de la facultad de Letras (de 1873 a 1882). Discípulo del Carducci, Pascoli vivió en el restringido círculo creado en torno al gran poeta los años más excitantes de su vida. Aquí, protegido de todas formas por la natural dependencia entre maestro y discípulo, Pascoli no tuvo necesidad de alzar muros que evitasen la confrontación con la realidad, limitándose a cumplir las indicaciones y modelos de su plan de estudios: los clásicos, la filología y la historia de la literatura italiana.

En 1875 pierde la beca y con ella el único medio de sustento con el que podía contar el poeta. La frustración y el desánimo lo empujan hacia el movimiento socialista en el que sería el único y breve paréntesis político de su vida. En 1879 es arrestado y absuelto después de tres meses de cárcel; el posterior sentimiento de injusticia y la desilusión le llevaron a refugiarse en el aura de orden que rodeaba al maestro Carducci, finalizando sus estudios con una tesis sobre el poeta griego Alceo.

Al margen de sus estudios propiamente dichos, Pascoli realizó una vasta exploración del mundo literario y científico extranjero, a través de las revistas francesas especializadas como la Revue des deux Mondes, que lo pusieron en contacto con la vanguardia simbolista, y con la lectura de los escritos científico-naturalistas de Jules Michelet, Jean Henri Fabre y Maurice Maeterlinck.

Estos textos utilizaban la descripción naturalista –sobre todo la vida de los insectos, a causa de la atracción por el microcosmos característica del romanticismo decadente de final de – en clave poética; la observación se iniciaba gracias a los más recientes logros científicos como el perfeccionamiento del microscopio y los nuevos métodos experimentales, pero posteriormente se filtraba literariamente a través de un estilo lírico en el cual dominaba la sensación maravillosa y la fantasía.

Era una posición positivista romántica que tendía a ver en la naturaleza los aspectos pre-conscientes del mundo humano. Coherentemente con estos intereses le llegó también el interés por la llamada «filosofía del inconsciente» del alemán Eduard von Hartmann, la obra que inició la línea interpretativa de la psicología en sentido anti-mecanicista que condujo al psicoanálisis freudiano.

El interés por el mundo infantil

Es evidente, a partir de las lecturas anteriores (a la que hay que incluir la obra sobre psicología infantil del inglés James Sully) la atracción de Pascoli hacia el «pequeño mundo» de los fenómenos naturales y psicológicamente elementales que tan fuertemente caracterizarán toda su poesía. Y no sólo la suya.

Durante todo el en la cultura europea se había desarrollado un particular culto hacia el mundo de la infancia, primero genéricamente en un sentido pedagógico y cultural, y después, hacia el final del siglo, con un cada vez más acentuado interés psicológico.