thumb|right|Retrato de Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares, atribuido a Diego Velázquez (1624), Museo de Arte de São Paulo. La Unión de Armas fue una propuesta política proclamada oficialmente en 1626 por el Conde-Duque de Olivares, valido del rey Felipe IV, por la que todos los "Reinos, Estados y Señoríos" de la Monarquía Hispánica contribuirían en hombres y en dinero a su defensa, en proporción a su población y a su riqueza. Así la Corona de Castilla y su Imperio de las Indias aportarían 44 000 soldados; el Principado de Cataluña, el Reino de Portugal y el Reino de Nápoles, 16 000 cada uno; los Países Bajos del sur, 12 000; el Reino de Aragón, 10 000; el Ducado de Milán, 8000; y los reinos de Valencia, Mallorca y Sicilia, 6000 cada uno, hasta totalizar un ejército de 140 000 hombres.

El Conde-Duque pretendía hacer frente así a las obligaciones militares que la Monarquía de la Casa de Austria había contraído desde el inicio en 1618 de la guerra de los Treinta Años y tras el fin de la "Tregua de los Doce Años" en 1621 que había reanudado la que se llamaría guerra de los Ochenta Años sostenida con los rebeldes de las Provincias Unidas de los Países Bajos. Sin embargo, el conde-duque era consciente de la dificultad del proyecto ya que tendría que conseguir la aceptación del mismo por las instituciones propias de cada territorio —singularmente de sus Cortes—, y éstas eran muy celosas de sus fueros y privilegios.

Antecedentes La Monarquía Hispánica nació en 1479 de la unión dinástica de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón por el matrimonio de sus respectivos soberanos Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, conocidos como los Reyes Católicos. Desde entonces la Monarquía Católica, como era conocida oficialmente, fue agregando diversos "Reinos, Estados y Señoríos" en Europa y en América hasta convertirse bajo los reyes de la Casa de Austria en la Monarquía más poderosa de su tiempo. En 1580 Felipe II incorporó a la Monarquía el reino de Portugal con lo que toda España —en el sentido geográfico que tenía este término entonces— quedó bajo la soberanía de un único monarca. Como advirtió Francisco de Quevedo en España defendida, obra publicada en 1609, «propiamente España se compone de tres coronas: de Castilla, Aragón y Portugal». En cuanto a su estructura interna la Monarquía Hispánica era una monarquía compuesta en la que los "Reinos, Estados y Señoríos" que la integraban estaban unidos según la fórmula aeque principaliter, "bajo la cual los reinos constituyentes continuaban después de su unión siendo tratados como entidades distintas, de modo que conservaban sus propias leyes, fueros y privilegios. «Los reinos se han de regir, y gobernar —escribe Solórzano—, como si el rey que los tiene juntos, lo fuera solamanente de cada uno de ellos» [...] En todos estos territorios se esperaba que el rey, y de hecho se le imponía como obligación, que mantuviese el estatus e identidad distintivos de cada uno de ellos".

El rey católico no tenía los mismos poderes en sus Estados. Así, mientras en la Corona de Castilla gozaba de una amplia libertad de acción debido a la debilidad de las Cortes de Castilla tras la derrota de la revuelta de las Comunidades de Castilla en la tercera década del , en los estados de la Corona de Aragón y en Portugal su autoridad estaba considerablemente limitada por las leyes e instituciones de cada uno de ellos. Esto explica que Castilla soportara la mayor carga de los gastos de la MonarquíaLa dificultad para extraer subsidios de las cortes de la corona de Aragón convenció lógicamente a los monarcas para dirigirse cada vez más a menudo a las cortes de Castilla en busca de ayuda financiera, que resultaban más dóciles a la dirección real. Los castellanos llegaron a sentirse molestos por la mayor carga fiscal que se les pedía soportar, mientras que los aragoneses, catalanes y valencianos se quejaban de la frecuencia cada vez menor con que se convocaban sus cortes y temían que sus constituciones estaban siendo subvertidas en silencio.", pero que también gozara del beneficio de constituir el núcleo central de la misma —por ejemplo, la inmensa mayoría de los cargos eran ocupados por la nobleza castellana y por juristas castellanos— y quedar adscrita a su Corona el Imperio de las Indias. Como ha señalado John Elliot, "los castellanos, al conquistar las Indias y reservarse los beneficios para sí mismos, aumentaron enormemente su propia riqueza y poder en relación con los otros reinos y provincias de la monarquía hispánica". Su consolidación como el núcleo central de la Monarquía —"las responsabilidades extraordinarias conllevaban privilegios extraordinarios", como ha señalado Elliott— avivó la identidad distintiva y el sentimiento de superioridad de Castilla —especialmente después de que Felipe II en 1561 fijara en Madrid la sede definitiva y permanente de su corte— lo que fue criticado por los habitantes de los estados no castellanos peninsulares,Un catalán escribía en 1557, antes incluso de que se hubiera fijado la corte en Madrid, que los castellanos «volen ser tan absoluts, i tenen les coses pròpies en tan, i les estranyes en tan poc que sembla que són ells sols vinguts del cel i que la resta dels homes és lo que és eixit de la terra» ('quieren ser tan absolutos, y tienen sus propias cosas en tanto, y las ajenas en tan poco, que parece que sólo ellos han venido del cielo y que el resto de los hombres es lo que ha salido de la tierra'). aunque también los hubo que sintieron la atracción de la cultura y la lengua de una corte dominante.En fecha tan temprana como 1495 un noble aragonés que traducía un libro del catalán al castellano se refería a este último como el idioma de «nuestra Hyspaña».

A principios del , la situación de Castilla —de donde hasta entonces habían salido los hombres y los impuestos que necesitaron Carlos I y Felipe II para su política hegemónica en Europa— ya no era la misma que la del siglo anterior. Como ha señalado Joseph Pérez, Castilla "se hallaba exhausta, arruinada, agobiada después de un siglo de guerras casi continuas. Su población había mermado en proporción alarmante; su economía se venía abajo; las flotas de Indias que llevaban la plata a España llegaban muchas veces tarde, cuando llegaban, y las remesas tampoco eran las de antes. En comparación con Castilla, las coronas de Aragón y Portugal habían conservado su autonomía interna, protegida por sus fueros y leyes, que limitaban el poder del rey". La difícil situación de Castilla y la caída de las remesas de metales preciosos de las Indias tuvo una repercusión inmediata en los ingresos de la Hacienda real. Así, en la primera década del , durante el reinado de Felipe III, los tercios que luchaban en los Países Bajos para sofocar la rebelión iniciada cuarenta años antes se amotinaron en diversas ocasiones por no recibir sus pagas, hasta el punto que el rey se vio obligado a firmar en 1609 la Tregua de los Doce Años, lo que suponía el reconocimiento de facto de la independencia de las Provincias Unidas. Pero en 1618 comenzó la que sería llamada guerra de los Treinta Años y en 1621 expiró la tregua con las Provincias Unidas, una nueva situación bélica a la que tuvo que hacer frente el nuevo rey Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares.

El proyecto de Olivares: el memorial secreto de 1624

thumb|Retrato de Felipe IV de España pintado por Rubens en 1628 El estallido de la guerra de los Treinta Años y la depresión económica del que alcanzó a buena parte de Europa hicieron que los gobernantes de las monarquías compuestas se plantearan alcanzar una mayor cohesión y uniformidad, porque consideraban que la diversidad inherente a este tipo de monarquía era un obstáculo para un gobierno eficaz, en un momento en que era necesario movilizar al máximo los recursos y aumentar los ingresos de la hacienda real para hacer frente a la guerra. Por ejemplo, los consejeros de Luis XIII de Francia insistieron en aplicar el sistema de los pays d'élections —donde la autoridad del monarca era muy amplia— a los pays d'états —donde estaba limitada por las leyes e instituciones propias—. En ese contexto se sitúa el proyecto de Olivares resumido en su aforismo Multa regna, sed una lex, «Muchos reinos, pero una ley».

Lo que implicaba esta política era modificar el modelo político de monarquía compuesta de los Austrias en el sentido de uniformizar las leyes e instituciones de sus reinos y conseguir de esta forma que la autoridad del rey saliera reforzada al alcanzar el mismo poder que tenía en Castilla. Esta política fue plasmada en el famoso memorial secreto preparado por Olivares para Felipe IV, fechado el 25 de diciembre de 1624, cuyo párrafo clave decía:

A continuación Olivares proponía tres posibles maneras de alcanzar ese objetivo, la primera de las cuales «la más dificultosa de conseguir (pero la mejor, pudiendo ser) sería que VM favoreciese los de aquel reino, introduciéndolos en Castilla, casándolos con ella, y los de acá allá». Se trataría, pues, de reducir los diversos reinos a las leyes de Castilla mediante la mezcla de sus naturales con matrimonios entre personas de unos y otros y con la concesión de cargos a los no castellanos —lo que no sería bien recibido en Castilla—. Que ésta era la manera que Olivares prefería lo demuestra el hecho de que insistiera en ello en otras partes del memorial y de que recogiera asimismo en el mismo "todas las quejas y descontentos de los aragoneses, catalanes y portugueses durante las décadas precedentes [la ausencia del rey de sus estados y la exclusión de los cargos de la Monarquía]":

La Unión de Armas La génesis de la Unión de Armas miniaturadeimagen|"El socorro de Génova por el II Marqués de Santa Cruz" de Antonio de Pereda (1634-1635). Representación de la expedición de Álvaro de Bazán para socorrer a la República Genovesa, aliada de la Monarquía Hispánica, durante el asedio francés de 1625.

Desde principios del , cuando se hizo evidente la "decadencia" de Castilla, había ido creciendo la reivindicación, especialmente entre los arbitristas, de que las cargas de la Monarquía fueran compartidas por el resto de los reinos no castellanos.Cuando los castellanos se quejaban del intolerable peso que tenían que soportar, tendían a olvidar que su historia imperial no había sido exclusivamente una saga de autosacrificios. Si soportaban el peso de la Monarquía, en forma de provisión de tropas y dinero para la defensa de sus posesiones, también era cierto que habían conseguido casi el monopolio de los cargos en la Corte y en la administración imperial. Pero estos beneficios de la Monarquía, nada menospreciables, eran fácilmente pasados por alto; tan fácilmente como el hecho de que si las riquezas de las Indias habían supuesto a la larga sólo una pequeña ventaja para Castilla, sólo a Castilla podía imputársele el hecho.. Así, por ejemplo, el arbitrista Álamos de Barrientos señaló en un discurso presentado al nuevo rey Felipe III hacia 1600 que «en otras monarquías todos los miembros contribuyen para la conservación y grandeza de la cabeza y naturales de ella, como es justo...; y en la nuestra es la cabeza la que trabaja y da para que los demás miembros se alimenten y duren».Esta percepción era compartida por muchas personas en Castilla como lo demuestra este poema satírico de Quevedo de principios del siglo XVII: