La Catedral metropolitana de la Santísima Trinidad (más conocida cómo Catedral Metropolitana de Buenos Aires; y oficialmente Iglesia catedral de la Santísima Trinidad) es un templo católico de Argentina, sede de la arquidiócesis de Buenos Aires. Fue la Sede Primada de la Iglesia católica de Argentina hasta el 7 de septiembre del 2024, cuando la misma pasó a la Catedral de Santiago del Estero. Se encuentra ubicada en el barrio porteño de San Nicolás, en la intersección de la calle San Martín y la avenida Rivadavia, frente a la plaza de Mayo.

Historia Orígenes thumb|200px|Plano del conjunto catedralicio. miniaturadeimagen|Catedral Metropolitana de Buenos Aires, Mausoleo de San Martín. Cuando Juan de Garay llegó desde Asunción a fundar la ciudad de la Trinidad el 11 de junio de 1580, destinó para la iglesia mayor el mismo cuarto de manzana que ocupa hoy en día la catedral. En el acta de fundación se lee: "Hago y fundo en el asiento una ciudad la cual pueblo con los soldados y gente que al presente he traído para ello, la iglesia de la cual pongo por advocación de la Santísima Trinidad, la cual sea y ha de ser iglesia mayor parroquial". En lo que atañe a la jurisdicción eclesiástica, la nueva ciudad dependía de la diócesis del Río de la Plata, creada por Paulo III el 1.º de julio de 1547 con sede en Asunción.

thumb|Vista nocturna de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires Pasaron cuatro años desde la fundación de la ciudad hasta que los vecinos iniciaron la construcción de la iglesia matriz; como encontraron toda la cuadra vacía, la edificaron en el solar que había pertenecido a Juan de Garay, que ya había sido muerto a manos de los indígenas; se trata del solar donde actualmente existe la sede central del Banco de la Nación Argentina, y se terminó de construir en 1587. En 1591 se le cayó el techo, por lo que hubo que reedificarla, aunque esta obra se paralizó cuando la Real Audiencia de Charcas ordenó que se mudase al solar correcto. Allí, fray Martín del Barco Centenera levantó una pequeña y precaria capilla, que ejerció como iglesia parroquial con muchas limitaciones, pero al menos estaba en el lugar correcto.

En 1605 el gobernador Hernandarias mandó demoler la capilla por «muy vieja e indecente». Se ignora qué proporciones tendría la que se levantó en su lugar con madera traída expresamente del Paraguay, y que a fines de 1609 aún no estaba lista. Años más tarde, en 1616, su techumbre amenazaba desplomarse y la parroquia tuvo que pasar a la iglesia de San Francisco. Mientras se hacían proyectos para reformarla, solicitando para ello la contribución pecuniaria de los fieles, la iglesia acabó de derrumbarse porque estaba mal edificada y con madera podrida de sauce. Ni el Cabildo, Justicia y Regimiento de la ciudad perdieron el ánimo y enseguida fletaron una embarcación al Paraguay para adquirir y traer la madera necesaria para la reedificación del templo.

Las obras se iniciaron en enero de 1618, y estaba lista en el mes de julio, en lo que concernía al albañil; aunque no tenía techo, era mejor sede episcopal —Buenos Aires no tenía aún obispo, pero se sabía que pronto iba a ocurrir— que el templo de San Francisco, a pesar de que era más corta y angosta. Según el presupuesto de Pascual Ramírez, que las llevaría a cabo, su costo sería de 1100 pesos. Sobre la recaudación del dinero se carece de información exacta, pero sí se sabe que a finales de aquel mismo año la obra del templo estaba concluida. Pero se ofrecía una dificultad: este resultaba más pequeño que el anterior, tanto que en 1621 ya se hablaba de construir otro destinado a catedral.

Entre tanto, en Madrid y en Roma se llevaban a cabo los trámites para la creación de la diócesis de Buenos Aires. La bula de erección canónica por Su Santidad Paulo V está fechada el 30 de marzo de 1620 y su ejecución tuvo lugar el 19 de enero de 1621 por su primer obispo, el carmelita fray Pedro de Carranza, lo cual quiere decir que en esa fecha tomó posesión de la diócesis. El obispo señaló como catedral la única iglesia de clérigos que había en la ciudad. Y en su carta de 4 de mayo de ese mismo año escribía al rey:

Esta fue la que se puede denominar la primera catedral.

En torno a la catedral se fueron ubicando en los lugares baldíos los cementerios; se estima que casi toda la manzana contiene los restos de los sucesivos cementerios.

Cuando el tercer obispo de Buenos Aires, Fray Cristóbal de la Mancha y Velazco, llegó a su sede el 6 de octubre de 1641, halló a la catedral si no en estado ruinoso, por lo menos muy deteriorado. Así que concibió de inmediato la idea de levantar una nueva catedral y se lo comunicó al rey el 19 de noviembre de 1662. Según el plano que le adjuntó, el templo iba a tener tres naves; para su construcción se necesitarían 5.000 pesos, suma que solicitaba del real tesoro. En la persona del excelente gobernador don José Martínez de Salazar halló el obispo quien colaboraría en la construcción del templo no solo con su influencia, sino hasta con dinero de su propio peculio. En 1671 la catedral estaba terminada: constaba de tres naves, su techo de madera y una torre; era de proporciones regulares.

Pero he aquí que una obra con tantas apariencias de solidez, al cabo de siete años, por causa de la calidad inferior de algunos materiales usados en su construcción, empezó a dar muestra de su ruina inevitable; esta es la segunda catedral.

En el año 1678 el nuevo prelado, Antonio de Azcona Imberto, se dirigió al rey haciéndole presente la urgencia en la reparación de la catedral, y solicitando la suma de 12.000 pesos. Su majestad acudió a la demanda, de tal manera que en octubre de 1680 se dio comienzo a las obras. Pero aquí surgieron otras dificultades, porque el techo se desplomó, se destruyó a consecuencia de ello el retablo del altar mayor y se impuso la demolición de la torre por la gravedad de su deterioro.

Su reconstrucción marchó muy lentamente, sobre todo por razones de orden económico. A pesar de ello, en 1690 la iglesia con sus tres naves estaba cubierta, aunque todavía faltaba adecentar su interior y por la parte de fuera sus capillas, la sacristía y había que elevar la torre que hasta entonces solo contaba del primer cuerpo. Para hacer frente a todos los gastos se echó mano de todos los medios disponibles: la real hacienda, el obispo con sus rentas y alhajas y el vecindario con sus limosnas. La obra siguió adelante, pero por las sólitas dificultades económicas, al fallecer el obispo en el año 1700 aún no estaba concluida. Esta fue la tercera catedral. thumb|160px|left|Púlpito de la catedral Su sucesor fue el trinitario fray Pedro Fajardo, apostólico y santo prelado, que como es de suponer puso todo su empeño en la conclusión de las obras de la catedral. En carta de 20 de agosto de 1721 comunicaba el obispo al rey que ya se había dado cima a una de las torres y estaba interesado en levantar la segunda.

Pero al año siguiente -1722- la techumbre del templo se iba deteriorando de tal modo que se temía su derrumbamiento. Enfermo y en cama, el obispo pidió al Cabildo Eclesiástico que se hiciese cargo de la obra. Ya se supone que la primera dificultad que se presentó fue la carencia de recursos económicos. El Cabildo, en tal coyuntura, dirigió un exhorto a los miembros del Ayuntamiento a quien competía, también, poner manos en ese asunto. Pero por un motivo u otro –algunos verdaderamente fútiles- se pasaron dos años sin que se hubiera adelantado nada. Es entonces cuando surge la figura del arcediano Marcos Rodríguez de Figueroa, y con él las cosas entraron por la vía recta. A su actividad y celo por la causa de Dios se debe la terminación de la obra de la catedral. Para ese efecto, la real hacienda puso 1.800 pesos y él 3.000 de sus propios haberes; el arcediano consiguió 1.500 del vecindario e hizo un empréstito de 2.500 y 1.000 provinieron del cabildo secular. Se terminó el trabajo de las torres, el arreglo de las naves y el del pórtico; además, en 1725, un tal Tomás Trupp hizo una donación de 5.000 pesos para las campanas. Esta fue la cuarta catedral.

Al morir Fray José de Peralta, se reunió el Cabildo y eligió vicario capitular al Dr. Bernardino Verdún de Villaysán, una de cuyas principales ocupaciones –y las del Cabildo- fue el mejoramiento de la catedral. Como primera providencia, tanto el vicario capitular como el Cabildo hicieron traer de Potosí 400 libras de oro y los elementos necesarios para hacer dorar el retablo; luego se ocuparon de blanquear la sacristía mayor, los pilares del cañón principal, de todas sus capillas y del bautisterio. Además de ello, el Cabildo se ocupó en hacer alargar el presbiterio y ensanchar la mesa del altar mayor, cuyo retablo compuso en sus dos caras. Tampoco olvidaron los señores canónigos la sala capitular y el archivo, que se preocuparon de ordenar y componer según las normas de la época de tal manera que no sufrieran deterioro los documentos y papeles que en él se habían de guardar. El Cabildo tuvo que sufragar los gastos que traían consigo estos arreglos y adecentamientos. Un vecino de la ciudad, Agustín de García, donó 500 pesos para el dorado y pintura al óleo del coro principal. Esta fue la quinta catedral.

La catedral actual thumb|250px|Interior de la Catedral. miniaturadeimagen|236x236px|Interior de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Imagen de San Martín de Porres thumb|left|200px|Acuarela de la catedral hacia 1817. La quinta catedral no fue la definitiva, pues hacia las 9 de la noche del 23 de mayo de 1752 se derrumbó una parte de ella y entre las seis y las diez de la mañana del día siguiente se desplomaron, según informe del gobernador José de Andonaegui, "las tres bóvedas de iguales naves". El obispo, don Cayetano Marcellano y Agramont, informaba al rey que fue preciso "derribarla enteramente por la poca firmeza de las paredes que han quedado y empezar su fábrica desde los cimientos con más solidez y extensión que los de la antigua, que por su cortedad no parecía catedral".

Transcurridos tres años, sin contar con la autorización real y sin haber enviado los planos para su autorización, y con el total apoyo del Cabildo Eclesiástico, empezó el obispo a levantar la nueva catedral, la actual, según los planos de un arquitecto nombrado Antonio Masella, de origen saboyano. El célebre vasco y hombre de empresa Domingo de Basavilbaso, hombre de confianza del obispo y bienquisto de la ciudad, en 1754 se hizo cargo de la tesorería y dirección de la obra del nuevo templo. La nueva catedral, según el plano de Masella, sería de cruz latina, con tres naves y seis capillas laterales a ambas.

thumb|200px|La Catedral hacia 1829, por Carlos Pellegrini. La catedral se fue edificando con los bienes de la Iglesia y con la cooperación económica del pueblo. Las obras, de a poco, se iban realizando, tanto que en 1758 se pudo inaugurar la llamada nave de San Pedro, la que se halla a la derecha de la puerta de entrada, y también el nuevo bautisterio. Pero, aunque un poco tardía, la ayuda real empezó a llegar en 1760.

Don Cayetano Marcellano y Agramont, que tanto había hecho por la nueva catedral en 1759, tuvo que dejar el gobierno de esta diócesis por haber sido trasladado a la sede arzobispal de Charcas. Su sucesor, el porteño José Antonio Basurco (1760-61), ocupó solo un año la sede bonaerense, pero hizo también su obra contribuyendo a la prolongación del templo al donar el terreno de una casa, contigua a la iglesia, que pertenencia de su hermana, doña María Josefa Basurco, tasado en 7.500 pesos, que pagó de su peculio personal. 200px|thumb|left|En este daguerrotipo de 1854 se aprecia la catedral aún sin friso.