thumb|Mapamundi francés de 1536.

La expedición de García Jofre de Loaísa es una expedición marítima española (1525-1536) dirigida por García Jofré de Loaísa con objeto de colonizar las islas Molucas, ricas en especiería, cuya propiedad se disputaban las coronas de España y Portugal.

La expedición, formada por una flota de siete naves y 450 hombres, se hizo a la mar en La Coruña el 24 de julio de 1525. Figuraban en ella dos de los más insignes marinos españoles de la historia: Juan Sebastián Elcano, que perdió la vida en la expedición, y el jovencísimo Andrés de Urdaneta.

Realizaron numerosos descubrimientos geográficos y marítimos, pero su travesía fue una sucesión de desastres, calamidades y deserciones. Durante el viaje murieron, entre otros, el almirante Loaísa y Elcano. Tres de las naves no llegaron a cruzar el estrecho de Magallanes y sólo una, la Santa María de la Victoria, alcanzó las Molucas, donde la tripulación tuvo que enfrentarse con los portugueses durante casi un año. Tras sufrir innumerables vicisitudes a lo largo de un durísimo y amargo viaje, sólo 24 hombres de esta nave regresaron a España, Urdaneta entre ellos.

Antecedentes miniaturadeimagen|left|Salida de la flota de García Jofre de Loaísa del puerto de La Coruña En 1522, poco después de la primera circunnavegación de Juan Sebastián Elcano, Carlos I de España decide formar una flota para conquistar las Islas Molucas para su imperio. El motivo era estratégico y económico, debido a la producción de especias (clavo, pimienta, canela y nuez moscada) en dichas islas —también conocidas como islas de la Especiería— y cuyos precios eran excesivamente altos en Europa, a causa del oligopolio de italianos y portugueses.

El 31 de mayo de 1524 fracasaron las reuniones que mantenían en Elvas y Badajoz los representantes de España y Portugal sobre la cuestión de la propiedad de las islas Molucas. Con el fin de las conversaciones, el rey Carlos I ordenó que se realizara una expedición a aquellas tierras, ya prevista pero paralizada durante las negociaciones. Después de catorce meses de preparativos, la escuadra estaba lista para hacerse a la mar.

El 5 de abril de 1525, Carlos nombró a fray García Jofré de Loaisa, comendador de la Orden de San Juan, capitán general de la Armada y capitán general y gobernador de las islas Molucas, escogiéndolo por su noble linaje y sus conocimientos de náutica. En dicho nombramiento, el monarca establecía:

La expedición

thumbnail|200px|Juan Sebastián Elcano La escuadra la componían las siguientes naos: Santa María de la Victoria, de 360 toneladas, al mando del propio Loaísa. Sancti Spiritus, de 240, al mando de Juan Sebastián Elcano, como piloto mayor de la expedición y segundo jefe. Anunciada, de 204, al mando de Pedro de Vera. San Gabriel, de 156, al mando de Rodrigo de Acuña. Santa María del Parral, de 96, al mando de Jorge Manrique de Nájera. San Lesmes, del mismo tonelaje y al mando de Francisco de Hoces.

A ellas se sumaba el patache Santiago, de 60 toneladas, al mando de Santiago de Guevara, siendo la dotación completa de todas ellas de unos 450 hombres, lo que la convertía en una de las mayores expediciones de su época. Entre ellos estaban algunos veteranos de la primera circunnavegación del globo, como el mismo Juan Sebastián Elcano, que era el segundo comandante y piloto mayor, y Rodrigo de Triana, que había avistado América en el primer viaje de Cristóbal Colón.

Asimismo participaba en la expedición, como ayudante de Elcano, Andrés de Urdaneta, que llegaría a ser el más grande cosmógrafo de su tiempo.

Partida

La expedición zarpó del puerto de La Coruña antes del amanecer del 24 de julio de 1525, pasó el 31 de julio ante Madeira y el 1 de agosto arribó a la isla de La Gomera, donde hicieron una escala de doce días, que se aprovechó para reabastecer a las naves, entre otras cosas de agua, leña, carne fresca y repuestos de velamen. Antes de zarpar y a instancias de Juan Sebastián de Elcano, Urdaneta se reúne con los capitanes y pilotos, haciéndoles ver las dificultades de las aguas cercanas al estrecho de Magallanes y el doblar el cabo de Hornos, por lo que se acuerda que él con su nao navegará en cabeza y que todos procurarán seguir sus aguas para no sufrir pérdidas innecesarias.

Zarparon de esta isla el 14 de agosto rumbo al sur, siguiendo las recomendaciones de navegación establecidas por Colón. A los cuatro días, a muy poca distancia del cabo Blanco se le partió el palo mayor a la capitana; para reforzar a los artesanos de a bordo, Elcano envió a dos de sus mejores carpinteros, que con una chalupa intentaran llegar a la nao averiada, logrando hacerlo, pero no sin un padecimiento exhaustivo, pues el mar se había arbolado de pronto, acompañada de un fuerte aguacero. La escuadra estaba navegando solo con los trinquetes, debido al mal tiempo reinante, lo que provocó en un falso movimiento que la Santa María del Parral fuese abordada por la nao averiada, lo que le produjo grandes desperfectos en su popa, quedando muy mal parada.

Encuentro con una nao portuguesa

thumb|left|Reconstrucción de una nao portuguesa|alt= Encontrándose en aguas de la actual Sierra Leona,A 5º de latitud norte. el 5 de octubre, los expedicionarios divisaron una nao y, sabiendo que la Francia de Francisco I seguía en conflicto con España, se ordenó zafarrancho de combate por si eran atacados. Pero la solitaria nao, al verlos venir, viró y emprendió la huida, por lo que Loaísa, viendo que no se le podía dar alcance, dio la orden de regresar al rumbo. El patache Santiago, al ser más ligero, pudo dar alcance a la nao y comprobar que era portuguesa. Cuando volvían, se encontraron al capitán Rodrigo de Acuña que, al mando de la San Gabriel, hizo disparar un cañonazo y exigió a los portugueses que se dieran por prisioneros, ordenándoles amainar las velas. Estos actos de Acuña molestaron sobremanera a Guevara, que si bien era un capitán de inferior categoría, no dejaba de ser el verdadero ejecutor de la captura. Ambos cruzaron graves palabras, faltando muy poco para que llegaran a las armas. La nave portuguesa fue bien acogida por los expedicionarios, que le encomendaron la entrega de cartas para el gobierno de Castilla.

Al entrar en la zona de calmas, los velámenes se quedaron sin empuje y esto provocó que tardaran casi un mes y medio en recorrer ciento cincuenta leguas. En estas aguas abundan los peces voladores, y estos causaron un gran asombro en Andrés de Urdaneta, quien en su Relación inédita dice:

thumb|El golfo de Guinea|alt=|izquierda miniaturadeimagen|«La armada de Loaísa arriba a la isla desierta de San Mateo». Litografía de Vicente Urrabieta en ''Historia de la Marina Real Española'' (1849-1854) El 15 de octubre descubrieron una isla deshabitada, a la cual se le puso el nombre de San Mateo. Se ha sabido después, por las coordenadas de Urdaneta, que era la actual isla de Annobón, en el golfo de Guinea. Loaísa ordenó lanzar las anclas y bajar a tierra para recomponer los desperfectos del temporal pasado y hacer aguada, sobre todo por el mucho tiempo que habían tardado en recorrer tan poca mar. Pero a su vez aprovechó para hacer pesquisas y poner en orden el conflicto anterior entre Acuña y Guevara. En juicio sumarísimo, después de ser informado de todos los detalles, determinó que Acuña pasara arrestado a la capitana por espacio de dos meses, quedando como capitán de la San Gabriel Martín de Valencia, que en principio era el destinado a tomar al mando de las carabelas que quedarían en las islas Molucas. A su vez, a Guevara le suspendió de sueldo, pero no del mando. También ordenó castigos a otros ocho gentilhombres que habían intentado sublevarse en la nao de Juan Sebastián de Elcano.

Travesía por Sudamérica

Desde este punto, la flotilla zarpó aprovechando los Alisios con destino al Brasil, cuyas costas avistaron el 19 de noviembre. Como era territorio de Portugal, viraron con rumbo al sur. En el trayecto pasaron frente a la isla de Cabo Frío (5 de diciembre) y el cabo de Santa María (19 de diciembre). El 26 de diciembre pusieron rumbo al oeste, alejándose dos leguas de la costa, y el 28 sufrieron un temporal, del cual salieron algunas naos dañadas, lo que hizo que la capitana se perdiera de vista del resto de la expedición. Elcano, como segundo jefe de ella, propuso que se la buscara a sotavento, pero la idea no fue aceptada por el piloto mayor de la San Gabriel. Por ello, esta nao continuó su rumbo sola, quedando las demás en búsqueda de la capitana. Pero pasaron los días y no se encontró a la una y se perdió el rastro de la otra, por lo que las cinco restantes decidieron poner rumbo al sur, en dirección al río Santa Cruz, como había estipulado Loaísa. Dejaron atrás, pues, el Río de la Plata y alcanzaron Santa Cruz, a 50° de latitud sur, el 12 de enero.

Aprovechando la ensenada, Elcano decidió esperar un tiempo en Santa Cruz a ver si se lograba reunir a todas las naves, cosa que se había tratado en el consejo de capitanes en la isla de La Gomera; pero la propuesta volvió a ser rechazada, en esta ocasión por la totalidad de los capitanes. No obstante, se acordó dejar en una isleta una gran cruz y debajo de ella una olla con las indicaciones para encontrar la expedición en caso de que las dos naos perdidas dieran con el lugar, diciendo que las esperaban haciendo agua y leña en el Puerto de las Sardinas (estrecho de Magallanes).

Llegada al estrecho de Magallanes

thumb|Mapa del del estrecho de Magallanes|alt= A pesar de que ya había pasado por el estrecho de Magallanes, Elcano se equivocó en el lugar de acceso a él, pues el domingo 14 de enero de 1526 mandó dar la vela en el estuario del río de San Ildefonso (actual río Gallegos), error que cometieron muchos después de él. Pero al poco de entrar, empezaron a oírse crujidos de los cascos, por lo que se dio la orden de parar en el avance y de que una chalupa reconociera el lugar, a la que se subieron su hermano Martín, el clérigo Areizaga y Roldán y Bustamante, que eran dos de los supervivientes del viaje de la primera vuelta al mundo. Lo curioso es que los dos, que ya habían pasado por aquel paraje, daban por bueno el lugar y querían regresar, pero tanto Martín como Areizaga no lo tenían tan claro, por lo que se decidió seguir avanzando, lo cual les llevó a darse cuenta de que el lugar no era el que creían. Por eso viene a colación el comentario de Urdaneta: «A la verdad fue muy gran ceguera de los que primero habían estado en el Estrecho, en además de Juan Sebastián de Elcano, que se le entendía cualquier cosa de la navegación». Mientras tanto, comenzó a subir la marea, lo que liberó a las naos e, inmediatamente, sin esperar a los de la chalupa, se alejaron unos cabos mar adentro, antes de que los exploradores pudieran dar alcance a su nao. Ese mismo día, según cuenta el propio Urdaneta, dieron con la verdadera embocadura del Estrecho, fondeando al abrigo del cabo de las Once Mil Vírgenes.