thumb|Federico Barbarroja, con su hijo Enrique VI y el duque Federico V de Suabia, ilustración de la Crónica de los güelfos.

Los términos güelfos y gibelinos proceden de los términos italianos guelfi y ghibellini, con los que se denominaban las dos facciones que desde el apoyaron en el Sacro Imperio Romano Germánico, respectivamente, a la casa de Baviera (los Welfen, de donde proviene el término «güelfo», aunque en alemán se pronuncie “velfen”) y a la casa de los Hohenstaufen de Suabia, señores del castillo de Waiblingen (y de ahí la palabra «gibelino»). La lucha entre ambas facciones tuvo lugar también en Italia desde la segunda mitad del siglo. Su contexto histórico era el conflicto secular entre el papado, que pasaría a estar apoyado por los güelfos, contra el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, apoyado por los gibelinos. Durante esta época ambas facciones representaban a los dos poderes universales que se disputaban el Dominium mundi.

Origen: la sucesión de Enrique V En Alemania, tras la muerte sin descendencia del emperador Enrique V en 1125, los príncipes, a instancias del canciller imperial Adalberto, arzobispo de Maguncia, eligieron al Duque de Sajonia como Lotario II el mismo año de 1125. Sin embargo, estalló la guerra civil, puesto que los sobrinos y herederos de Enrique V, que eran Federico II, duque de Suabia, y Conrado, de los Hohenstaufen, exigieron además de las tierras patrimoniales de los salios en Franconia renana, las tierras que la corona había ido adquiriendo. En esta situación, Conrado III fue elegido rey de Romanos rival en 1127, y en 1128 fue coronado rey de Italia con apoyo de Milán, pero no consiguió asegurarse allí una posición, ya que el papa Honorio II (1124–1130) se negó a reconocerlo, así como las ciudades enemigas de Milán como Novara, Pavía, Cremona, Piacenza o Brescia; en cambio, el rey Lotario II se aseguró el apoyo de Enrique el Soberbio, de la dinastía de los Güelfos, que era duque de Baviera y también marqués de Toscana y de Verona, y al que le hizo yerno suyo en 1127.

thumb|left|200px|Posesiones de los Güelfos en tiempo de Enrique el León (). Aunque la guerra terminó en 1135 con la sumisión de Conrado III, las tornas cambiaron en 1137 al morir el emperador Lotario II, y Conrado III fue elegido Rey de Romanos frente a Enrique el Soberbio, heredero de Lotario. La guerra se reinició entre Conrado III y Enrique el Soberbio, quien fallecido en 1139, la continuó su hermano Güelfo VI. Es en el asedio de Weinsberg en 1140 cuando los nombres de ambas facciones fueron establecidos por los gritos de guerra, güelfo (contrarios a los Hohenstaufen) y Waiblingen (el nombre de un castillo de los Hohenstaufen, que daría lugar al término gibelino). A pesar de firmar un acuerdo de paz en 1142, tras el fracaso de la Segunda Cruzada, Güelfo VI prosiguió la revuelta, que de todas maneras entró en la fase final con el fallecimiento en 1150 de Enrique Berenguer, Rey de Romanos e hijo de Conrado III. En 1151, Güelfo VI pactó con su sobrino Federico III, duque de Suabia (a la sazón también sobrino de Conrado III), la sucesión en el Imperio a cambio de tierras. Así, a la muerte de Conrado en 1152, fue elegido Federico I, con lo que el Güelfo obtuvo tierras italianas, siendo designado como marqués de Toscana y duque de Espoleto.

Facciones en Italia Con la elección a rey de Alemania de Federico I Hohenstaufen (llamado Barbarroja) en 1152 y su posterior coronación en 1155, la facción gibelina triunfó en el territorio imperial. Dado que Federico deseaba reafirmar en Italia la supremacía imperial que las comunidades habían sustraído al Imperio con el apoyo del papado, bajo su reinado (1152–1190) se verificó un desplazamiento de los términos güelfo y gibelino desde la zona alemana a la italiana, donde pasaron a denominar, respectivamente, a los partidarios del partido papal y a los defensores de la causa imperial. En Italia, por lo tanto, hubo ciudades como Florencia, Milán y Mantua que abrazaron la causa güelfa, mientras que otras como Forlí, Pisa, Siena y Lucca se unieron a la causa imperial.

La elección tenía varias motivaciones: en primer lugar, la búsqueda de la autonomía impulsaba a ciudades bajo el control del Imperio a buscar la alianza con el Papa (como pasaba en el caso de Milán) mientras que las ciudades bajo la influencia del papado buscaban la ayuda del Imperio (como era el caso de Forlí); en segundo lugar, se elegía un partido simplemente por oposición al partido a favor del cual se había declarado la ciudad rival (si Milán era güelfa, Pavía tenía que ser gibelina; si Forlí era gibelina, Faenza sería güelfa, etc.) siguiendo el viejo principio de que «los enemigos de mis enemigos son mis amigos».

En el interior de la ciudad se mantuvo la dicotomía de estos dos términos, pero superándose el significado tradicional de lucha política entre papado e imperio, y pasando a denominar también la lucha entre dos facciones por el control de la ciudad. Para acrecentar su fuerza tanto unos como otros se reunieron en ligas opuestas, y así, desde la segunda mitad del la güelfa Florencia presentó batalla a la liga gibelina de las otras ciudades toscanas (Arezzo, Siena, Pistoia, Lucca y Pisa) en un largo conflicto que tuvo como máximo exponente las batallas de Montaperti en 1260 y la de Altopascio en 1325.

Las principales ciudades gibelinas fueron Arezzo, Forlì, Módena, Osimo, Pisa, Pistoia, Siena, Spoleto y Todi, mientras que las principales ciudades güelfas fueron Bolonia, Brescia, Crema, Cremona, Génova, Lodi, Mantua, Orvieto, Rímini, Perugia y Florencia.

Hubo también ciudades que mantuvieron una adscripción variable a uno u otro partido, como Bérgamo, Ferrara, Florencia, Lucca, Milán, Padua, Parma, Piacenza, Treviso, Verona o Vicenza.

Federico I y Enrique VI 150px|thumb|El emperador Federico I Barbarroja. Miniatura de un manuscrito de 1188, Biblioteca del Vaticano. Federico I intentó restaurar la autoridad del emperador en el Imperio (Honor imperii). En Alemania se reconcilió con los güelfos al designar a Güelfo VI marqués de Toscana y duque de Espoleto, y se reconcilió con su primo Federico, hijo de Conrado III, al que invistió como duque de Suabia. Además trató de asegurar su autoridad al extender la red feudovasallática a personas fieles, y así creó el ducado de Austria en 1156, el margraviato de Brandeburgo, reconoció como rey al duque de Bohemia en 1158, y confiando a una nobleza de servicio de origen servil (ministeriales), unos territorios de dominio regio ampliados, como en Suabia, Franconia o Misnia.

Tras la querella de las Investiduras, el panorama italiano había cambiado: ciudades como Génova, Pisa o Venecia se convirtieron en potencias internacionales con intereses comerciales extendidos desde el norte de Europa a África y el Levante; en el que este comercio exterior y la inversión incrementó la riqueza local, lo que conllevó al embellecimiento de las ciudades; y en el que el crecimiento de la población tanto en la ciudad como en el campo ocasionó un aumento de obras públicas, que fueron desde murallas de ciudad a canales. El desarrollo de los gremios y cofradías reflejaba la creciente complejidad de la organización económica, e incluso las más pequeñas ciudades tenían su élite profesional de jueces y notarios, junto a nobles, comerciantes y artesanos. Y fue precisamente la necesidad de recursos financieros la razón esencial del interés mostrado por los emperadores hacia Italia, donde al reclamar el pago de derechos reales (regalia), esperaban obtener beneficios, dado el incomparable desarrollo económico del territorio. Y es en este sentido, como Federico Barbarroja trató de recuperar y explotar los regalia sobre las florecientes ciudades italianas. Su campaña de 1154 inició una lucha de casi doscientos años por imponer la autoridad imperial en el regnum italicum.

A comienzos de su reinado, Federico mantuvo buenas relaciones con el papado, y en el Tratado de Constanza (23 de marzo de 1153), los representantes del rey de Romanos y del papa Eugenio III (1145–1153) acordaron establecer un status quo y conservar los elementos esenciales del orden tradicional, en el que emperador protegía al papa y le aseguraba la soberanía sobre la Iglesia, y por su parte, el papa apoyaba al emperador en su ejercicio de poder; pero el pontífice murió antes de que pudiera coronar emperador a Federico.

En su campaña de Italia de 1154, previo a ser coronado emperador, el rey de Romanos Federico I, en la primera de sus dietas en Roncaglia (1154) escuchó las quejas de Lodi, Pavía, y Cremona contra Milán, entre otras, y prohibió la alienación de feudos sin consentimiento del señor feudal; en la campaña de Federico, sometió a Asti, Chieri y Tortona, entró en Pavía, donde fue coronado en rey de Italia el 17 de abril de 1155;www.storiadimilano.it de Paolo Colussi y Maria Grazia Tolfo y en Roma para ser coronado emperador, el tratado de Constanza fue ratificado de nuevo, aunque en apariencia, puesto que el nuevo papa Adriano IV (1155–1159) necesitaba al emperador para sofocar la revuelta de Arnaldo de Brescia en la comuna de Roma, y librarle de la amenaza normanda, aspecto último que no cumplió, pues tuvo que regresar a Alemania; aunque antes puso a Milán bajo el bando del Imperio por negarse a responder a cargos presentados contra ella por Lodi, Pavía y Cremona, y trasfiriendo sus privilegios a Cremona, pero sin poder hacer algo más. De esta manera, el papa, aislado, tuvo que pactar con los normandos en Benevento (1156), lo que contravenía el tratado de Constanza. Los roces quedaron de manifiesto en la dieta de Besançon (octubre de 1157), donde los legados pontificios cardenales Bernard de San Clemente y Rolando Bandinelli entregaron una carta del Papa Adriano IV, en la que la traducción alemana del canciller imperial Reinaldo de Dassel implicaba que el emperador recibía el imperio del papa en feudo como su vasallo. Pero los legados imperiales no protestaron la traducción, y el papa Adriano IV sólo negó la interpretación de beneficium hecha por Reinaldo cuando ya se había producido la reacción airada del emperador. En Italia, Milán había reconstruido Tortona, y derrotado a Pavía, Novara y al marqués de Montferrato. thumb|left|170px|Retrato de Reinaldo de Dassel en el relicario de los Reyes Magos de la Catedral de Colonia.

En la segunda campaña de Italia de 1158, no buscó un acercamiento con el papado, sino como un gobernante decidido a restaurar el orden en sus dominios y establecer agentes imperiales en las ciudades. Después de haber sometido Milán, que había intentado oponérsele, aunque le reconoció la autonomía de elección de los cónsules con confirmación imperial, y después de liberadas Como y Lodi, convocó una Dieta en Roncaglia (noviembre de 1158), donde contó con juristas de la Universidad de Bolonia, para definir y establecer una relación de los regalia imperiales, que producían un enorme ingreso de recursos, y que derivaban del dominio imperial sobre caminos, ríos, salinas y minas, al cobro del fodrum para sufragar los gastos militares, a las percepción de multas y peajes, a los bienes de los condenados, o a la acuñación de moneda.