thumb|right|180px|Bandera de Japón. thumb|right|180px|Bandera de Colombia. La inmigración colombiana de los años 1929, 1930 y 1935 obedeció a planes de inmigración de japoneses planteados por los gobiernos de Colombia y Japón. Esta situación tuvo un profundo impacto cultural evidenciado en libros tales como María de Jorge Isaacs.https://mundo.sputniknews.com/americalatina/201805141078656210-libro-maria-traduccion-yuzo-takeshima/
Historia La inmigración japonesa a Colombia tuvo lugar en tres periodos plenamente identificables, siendo el primero en el año 1929. Los otros dos grupos de inmigrantes que se unieron a la colonia en el Cauca entraron al país en 1930 y 1935.
Primer acercamiento (1903 - 1910) En la obra de Toraji Irie sobre la inmigración japonesa a naciones de ultramar, se menciona que después de 1903, año en el que Colombia perdió el Istmo de Panamá, el país se sintió amenazado, y con la necesidad de protegerse de una posterior intervención de los Estados Unidos, comienza a solicitar ayuda externa a diferentes naciones, entre ellas a Japón. Tras las debidas visitas a las misiones diplomáticas y correspondientes gobiernos, en el viaje que hizo Antonio Izquierdo de la Torre a Japón en 1908, se presumió que se tuvo la idea —según palabras de Irie— de solicitar por encargo de ayuda, en temas como la agricultura, a Japón para que se permitiese la emigración de al menos trabajadores.
Toraji Irie, en su obra, no menciona la fuente de la que tomó éste y otros datos relacionados con la visita de Antonio Izquierdo a Japón y su posterior regreso a Colombia. La visita mencionada por Irie que hizo Antonio Izquierdo de la Torre en 1908, la cual incluyó a Japón y otros países de Asia, la presentó Izquierdo al Congreso de la República de Colombia en 1909. Según sus palabras:
Durante su visita a Japón, Izquierdo menciona que se firmaron contratos Ad referéndum y en los que solo se esperaba la firma del tratado comercial entre Colombia y Japón para enviar dos comisionados que estudiarían la situación de Colombia con el objetivo de promocionar la inmigración de sus nativos a dicho país.
Izquierdo no menciona ningún número posible de emigrantes y sólo habla de un jardinero japonés que le había sido encargado por el presidente de la República, Rafael Reyes. Daniel Ortega Ricaurte hace mención de la finca que el general Reyes tenía en Chapinero y del jardinero japonés.
Dicho jardinero, Tomohiro Kawaguchi, es el primer emigrante japonés a Colombia del que se conoce su nombre y su oficio. De él también se sabe que trabajó en el embellecimiento del Bosque de San Diego, terreno de propiedad de Antonio Izquierdo, en donde tuvo lugar la Exposición Industrial de 1910. Al finalizar la exposición, el terreno se convirtió en el Parque de la Independencia.
Una vez ratificado el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre las dos naciones, el 10 de diciembre de 1908, el Gobierno japonés cumplió con lo prometido a Izquierdo de enviar un representante para investigar las condiciones del país con miras a una futura emigración. Un periódico de Tokio había publicado una nota en la que menciona que pese a haber transcurrido un año desde la firma del tratado y no haberse iniciado aún las relaciones comerciales y diplomáticas, se esperaba el futuro desarrollo de ellas y la emigración a ese gran territorio.
En esa ocasión la misión fue encomendada a Ryôji Noda, quien era secretario de los consulados en Perú y Brasil, además de un experto consejero del Gobierno japonés en asuntos de inmigración a Sudamérica. A su regreso a Japón presentó un informe de su recorrido por Colombia al Ministerio de Relaciones Exteriores de su gobierno. En éste, Noda se abstuvo de recomendar la emigración a Colombia por varias razones, entre otras: la falta de una ruta directa de navegación, lo que haría el viaje muy largo y costoso; las deficientes condiciones internas de comunicación en Colombia, lo que haría difícil entrar y salir del país; la enorme extensión ocupada por escarpadas montañas; la falta de variedad de productos agrícolas y las inundaciones que se producían periódicamente en las fértiles zonas de los ríos Magdalena y Cauca. No predijo, sin embargo, que de lograrse en un futuro la emigración a Colombia, él veía el sur del Valle del Cauca, en especial la parte comprendida entre Santander de Quilichao al sur y Cartago al norte, como una región prometedora.
Esta área geográfica de Colombia sería la que posterior y precisamente, veinte años más tarde, comenzaron a ocupar los inmigrantes japoneses, inicialmente como agricultores. El informe negativo de Ryôji Noda se unió casualmente a la crisis política que estaba sufriendo el país, y como parte de ella el abandono del poder del General Reyes, bajo cuya presidencia se había firmado el tratado entre los dos países, y época en la que había nacido el interés por parte de Colombia en la inmigración de trabajadores japoneses.
Inmigrantes japoneses en Barranquilla año 1915 En 1915 llegó a Barranquilla un pequeño grupo de jóvenes solteros que, sin formar parte de un programa de migración dirigida, se relacionaron y se casaron con mujeres de la zona.
Segundo acercamiento (1929 - 1960) La cuestión de buscar trabajadores en Japón volvió a suscitarse en 1920, cuando el General Reyes se ofreció a viajar y a hacer él mismo los contratos. Esta iniciativa se debió a la propuesta que la Sociedad de Agricultores de Colombia envió a los ministerios de Relaciones Exteriores y de Agricultura y Comercio, llamando la atención del Gobierno sobre la falta de trabajadores agrícolas a causa del incremento de trabajadores en las ferrovías. La Sociedad proponía al Gobierno enviar una misión a Japón para negociar este asunto, dado que «la inmigración japonesa parece ser la más apropiada para Colombia». La misión nunca partió y el asunto se archivó.
En 1926, la compañía de emigración de ultramar, proveniente de Fukuoka había comisionado a dos de sus empleados, Yûzô Takeshima y Tokuhisa Makijima para que hicieran un viaje exploratorio por Colombia en busca de un lugar apropiado para establecer una colonia agrícola. Takahiko Wakabayashi, el cónsul japonés en Panamá, los acompañó en el recorrido que llevaron a cabo, entre otros lugares, por Bogotá, la Sabana de Bogotá, Medellín, Barranquilla y los valles de los ríos Cauca y Magdalena.
Su visita a Colombia la hicieron en privado, sin tener ningún contacto con el Ministerio de Industrias que tenía la facultad de aprobar los proyectos para futuros inmigrantes, como tampoco solicitaron terrenos baldíos para los futuros inmigrantes como sí lo habían hecho previamente. De vuelta en Tokio, la compañía de emigración presentó al Ministerio de Relaciones Exteriores los informes del primero y un segundo viaje a Colombia para obtener la aprobación del proyecto de emigración; una vez obtenida ésta, con la asesoría que recibió de los emigrantes japoneses radicados en Cali y Palmira, compró un terreno en el departamento del Cauca para establecer el programa agrícola con las primeras diez familias de emigrantes.
No fue fácil para la compañía de emigración encontrar familias dispuestas a emigrar. Ello era comprensible, ya que Colombia entonces era un país totalmente desconocido en Fukuoka y hasta la fecha no había habido nadie que hubiera regresado para contar sus experiencias, ni tampoco había cartas de emigrantes anteriores. «Inmigrantes que habían tenido éxito por lo general animaban a sus parientes, vecinos y amigos a compartir su buena suerte», dice con mucha razón Staniford en su estudio sobre una colonia japonesa en Brasil.
Brasil y Perú eran los dos países más conocidos en Japón para emigrar, por ejemplo, dos de las familias que emigraron a Colombia habían vivido anteriormente en Perú, y dos de los emigrantes dijeron que originariamente habían deseado ir a Brasil. Uno cambió de opinión después de haberse informado sobre Colombia en la revista de emigración, y en cuanto las primeras cinco familias estuvieron listas para emigrar, la compañía de emigración se acercó al consulado colombiano en Yokohama a solicitar la visa de los emigrantes. El cónsul pidió la autorización al Ministerio de Industrias de Bogotá, que negó su expedición. La compañía se alarmó y buscó la ayuda del antiguo secretario de la Legación en Perú, Jôji Amari, que se encontraba de vuelta en Japón.
Aquellos que se dirigieron a la región del Valle del Cauca hicieron contratos de trabajo, con los que les habían precedido, sin interferencia alguna de la compañía. La actividad de esta terminó en 1935 al finalizar el compromiso del establecimiento de la colonia agrícola con veinte familias. Los inmigrantes japoneses de Barranquilla, por su parte, pusieron en marcha un sistema de crédito rotativo llamado Tanomoshikō (頼母子講). Este no requiere la firma de documentos ni el respaldo del fiador, cosas ambas comunes en la compleja organización bancaria, sino que se basa en la confianza mutua. No hay interés y si lo hay es muy bajo, lo que hace que el crédito resulte accesible a todos los socios de la organización. Gracias a este fondo común, los participantes no tienen la necesidad de acudir a los bancos locales con riesgo de recibir una negativa. El dinero prestado ayudaba unas veces a quien estaba en necesidad urgente y otras a mejorar las instalaciones de las barberías de japoneses.
Sobrevino el ataque aéreo a Pearl Harbor y luego la Guerra del Pacífico, lo que afectó a los japoneses que estaban viviendo en los países extranjeros. Colombia rompió relaciones diplomáticas con Japón un día después de lo ocurrido en Hawái. Las reuniones de los de Barranquilla se terminaron, puesto que quedó prohibido que se reunieran más de tres japoneses. Los habitantes del Valle del Cauca perdieron la libertad de movimiento sin el salvoconducto expedido por la policía. Colombia permitió la repatriación de todos los funcionarios de la Legación japonesa y de otros residentes a través de los Estados Unidos. Trece países latinoamericanos, entre ellos Colombia, cooperaron con los Estados Unidos en la captura y deportación de los ciudadanos de los países del Eje. Algunos de los inmigrantes de la colonia El Jagual y otros pocos de Barranquilla fueron detenidos y trasladados al Hotel Sabaneta en Fusagasugá. El hotel fue convertido en un campo de internamiento para los ciudadanos japoneses, italianos y alemanes hasta que terminó la guerra en Europa y Asia.
Los últimos en abandonar el lugar de detención, de la que tuvieron que pagar los gastos de hospedaje y alojamiento, fueron los japoneses. El 6 de septiembre de 1945, cuatro días después de que el general MacArthur aceptara la declaración formal de la derrota de Japón, los dejaron en libertad. En suma, para los japoneses residentes en Colombia, la guerra no significó otra cosa que sufrimientos, separación de las familias y dificultades económicas. El cierre del crédito y las transacciones bancarias, la congelación de sus bienes y la inclusión de sus nombres en la llamada lista negra, significó la pérdida de lo que con tanto esfuerzo y sacrificio habían alcanzado con su trabajo. En algunos sitios se negaron a venderles nada, y en la calle se los insultaba con palabras ofensivas. En conclusión, fue un tiempo muy duro que les hizo caer en la cuenta de que eran una minoría étnica vulnerable, que eran vistos como extraños e indeseables, y que estaban expuestos a recibir en cualquier momento malos tratos del gobierno y de la gente colombiana. Su reacción, especialmente en la región del Valle del Cauca, fue de unión y ayuda mutua. Comenzaron a crear asociaciones en las que se sentían cómodos, seguros y unidos, y recordaron sus propias raíces culturales dignas de orgullo.
Después de la Segunda Guerra Mundial (1960 - Actualidad)