La Cuarta Fitna o gran guerra civil abasí (809-827) fue un conflicto entre los hermanos al-Amin y al-Mamun por la sucesión al califato abasí.

El padre de los dos, el califa Harun al-Rashid, había nombrado a al-Amin primer heredero y a al-Ma'mun, segundo, con el Jorasán como infantazgo. Un tercer hijo del califa, al-Qasim, había sido designado tercero en la línea de sucesión. Al morir el califa en el 809, al-Amin fue entronizado en Bagdad y, alentado por la corte, trató de eliminar la autonomía del Jorasán; Qasim fue pronto apartado del poder. En respuesta, al-Mamun buscó el apoyo de los notables del Jorasán, y tomó medidas para afianzar su autonomía. La brecha entre los dos hermanos y sus respectivos bandos creció y al-Amin proclamó a su hijo Musa heredero y reunió un gran ejército. Las tropas de Al-Amin marcharon hacia Jorasán, pero el general de al-Ma'mun Tahir ibn Husayn las venció en la batalla de Rayy (cerca de Teherán), y luego invadió Irak y sitió la capital. La ciudad cayó después de un año, al-Amin fue ejecutado y al-Ma'mun obtuvo el trono, pero permaneció en Jorasán en vez de instalarse en Bagdad.

Esto creó un vacío de poder, favorecido en las provincias por la guerra civil, que pronto ocuparon diversos señores en la Yazira, el Levante y Egipto. Además, las medidas filopersas del poderoso ministro de al-Ma'mun, al-Fadl ibn Sahl, y la proclamación por al-Ma'mun de un heredero alí disgustaron a los poderosos de Bagdad, que se veían cada vez más marginados. En consecuencia, el tío de al-Ma'mun, Ibrahim fue proclamado califa rival en Bagdad en 817, lo que obligó al-Ma'mun a intervenir personalmente. Fadl ibn Sahl fue asesinado y al-Ma'mun dejó Jorasán y marchó a Bagdad, en la que entró en el 819. Los años siguientes el califa logró consolidar su autoridad y recuperó las provincias occidentales, un proceso que completó en el 827. Algunas rebeliones regionales, sin embargo, sobre todo la de los jurramitas, se prolongaron por mucho más tiempo, hasta le década siguiente.

El conflicto ha sido interpretado de diversas maneras: como un conflicto por la sucesión entre un incompetente y no muy avezado al-Amin y su astuto y competente hermano al-Ma'mun; como el producto de intrigas del harén; como una extensión de la rivalidad personal entre los ministros al-Fadl b. Rabi' y al-Fadl ibn Sahl; o como una disputa por el gobierno entre árabes y persas.

Antecedentes thumb|upright=2|Mapa de la expansión islámica y del territorio musulmán en tiempos del Califato omeya y a principios del abasí. Los orígenes de la guerra civil se remontan a las disposiciones testamentarias del califa Harun al-Rashid (que reinó entre el 786 y el 809), aunque la política interna del Califato abasí también influyó en su desencadenamiento. Los dos adversarios que la disputaron, Muhammad al-Amin y Abdallah al-Ma'mun, habían nacido con apenas seis meses de diferencia en el año de la hégira de 170 (786-787), siendo al-Ma'mun el mayor de ambos. Pese a esto último, fue al-Amin quien fue proclamado heredero primero en el 791 o en el 792; luego lo fue al-Ma'mun, en el 797, a consecuencia de su ascendencia y de los cambios en la situación política: al-Amin era de puro linaje abasí, pues su madre era Zubayda, descendiente del segundo califa abasí al-Mansur (soberano en el periodo 754-775), mientras que la de al-Ma'mun era Marajil, una concubina persa de Badghis, en el Jorasán.

Aunque los orígenes de al-Ma'mun no eran tan prestigiosos como los del árabe puro al-Amin, sus vínculos con el Jorasán y las provincias orientales dominadas por los iraníes fueron un factor importante para nombrarlo heredero. A diferencia del Califato omeya, dominado exclusivamente por árabes, en el abasí los persas, y en especial los de Jorasán, gozaban de una gran influencia. La revuelta que les había llevado al poder se había desencadenado precisamente en el Jorasán y la dinastía dependía considerablemente de los jorasaníes para desempeñar tareas militares y administrativas. Muchos de los militares del ejército árabe jorasaní (los jurasaniyya) que habían acompañado a los abasíes en su marcha hacia el oeste, habían recibido tierras en Irak y fincas en la nueva capital del califato, Bagdad, y formaron una camarilla privilegiada conocida como abnaʾ al-dawla (los «hijos del estado o de la dinastía»). El Jorasán se mantuvo como provincia privilegiada del califato, y Harun al-Rashid en especial se esmeró en cuidar sus lazos con los iraníes, entre otras maneras mediante la promoción de la familia jorasaní de los barmáquidas, a la que entregó importantes puestos. Tanto al-Amin como al-Ma'mun habían tenido tutores de esta familia: al-Amin había tenido por tutor a al-Fadl ibn Yahya, y al-Ma'mun, a Ja'far ibn Yahya. Si bien al-Amin luego se distanció de los barmáquidas y estrechó relaciones con la aristocracia abnaʾ de Bagdad, al-Ma'mun, por el contrario, siguió muy influenciado por Ja'far y sus partidarios.

En el 802, Harun y los principales funcionarios del Gobierno abasí peregrinaron a La Meca, donde dirimieron la sucesión del califa: al-Amin sucedería a su padre en Bagdad, mientras que al-Ma'mun quedaría como heredero de al-Amin y reinaría además casi como soberano independiente en un Jorasán ampliado. Un tercer vástago del califa, al-Qasim (al-Mu'tamin), quedó como tercer heredero y gobernador de las zonas lindantes con el Imperio bizantino. Lo estipulado, que detalla el historiador al-Tabari, puede luego haber sido distorsionado por los partidarios de al-Ma'mun, en especial en lo que se refiere a la autonomía de la que debía gozar este en su virreinato oriental.

Casi inmediatamente después del regreso de los peregrinos a Bagdad, en enero del 803, se produjo la abrupta caída en desgracia de los barmáquidas. Aunque puede que la decisión del soberano se debiese en parte a que la familia había acaparado demasiado poder, el momento elegido para despojarla de este parece indicar que estuvo motivada también por lo decidido sobre la sucesión real: como al-Amin se había acercado a la abnaʾ y al-Ma'mun mantenía sus vínculos con los barmáquidas, y las relaciones entre ambos grupos eran cada vez más tensas, el advenimiento del primero requería la ruina de los barmáquidas. En efecto, en los años siguientes se verificó una centralización de la administración que comportó el aumento de poder de la abnaʾ; muchos de sus miembros recibieron gobiernos de provincias, para someterlas a un control más estrecho de la capital.

Esto originó descontento en las provincias, en especial en el Jorasán. En este la actitud abasí osciló entre dos extremos: el nombramiento de gobernadores que trataron de obtener el máximo de tributos de la provincia para beneficio del Gobierno central bagdadí y a menudo propio, y el de los que atendieron más a los intereses regionales, enviados a menudo a consecuencia de las protestas de los jorasaníes. Los notables jorasaníes tenían de antiguo rencillas con la abnaʾ. Aunque esta residía por entonces principalmente en Mesopotamia, se empeñaba en mantener el control de los asuntos del Jorasán y exigía que los tributos provinciales se enviasen al oeste para sufragar sus sueldos, a lo que se oponían tenazmente los notables árabes y persas de la provincia. La tensión resultante menguó temporalmente merced al buen hacer del gobernador al-Fadl ibn Yahya, nombrado en el 793 y ensalzado por todos, pero resurgió en el 796, cuando un miembro de la abnaʾ, Ali ibn Isa ibn Mahan, le sustituyó al frente de la provincia. Los gravosos impuestos que aprobó avivaron el descontento, que se plasmó primero en levantamientos jariyíes y luego en el alzamiento contra Bagdad del gobernador de Samarcanda, Rafi ibn al-Laíz. Este levantamiento obligó al mismísimo Harun a acudir a la provincia en el 808, acompañado de al-Ma'mun, de su influyente chambelán y de su princicpal ministro, al-Fadl ibn al-Rabi. Al-Ma'mun se adelantó al frente de un ejército y marchó a Merv, mientras que Harun permanecía en Tus, donde falleció el 24 de marzo del 809.

Guerra civil entre los partidarios de al-Amin y los de al-Ma'mun (809-813) Al morir Harun, al-Amin subió al trono en Bagdad, donde gozaba de amplias simpatías, mientras que al-Ma'mun permaneció en Merv, desde donde pretendía sofocar la rebelión en el este. Sin embargo, al-Amin ordenó al ejército volver al oeste y le retiró los fondos asignados, dejando a al-Ma'mun con escasos efectivos para emprender la campaña contra los rebeldes. Como consecuencia, al-Ma'mun buscó el consejo de su visir, el antiguo protegido de los barmáquidas al-Fadl ibn Sahl, que se dedicó a estrechar relaciones con los notables de la zona, garantizándoles autonomía y privilegios. Los desacuerdos sobre la situación del Jorasán y los deseos del Gobierno bagdadí de aumentar la centralización desbarataron pronto los acuerdos sucesorios del 802. La abnaʾ, acaudillada por Ali ibn Isa, a quien Harun había encarcelado pero que había sido liberado y nombrado jefe de la guardia califal, y otros funcionarios influyentes, entre los que descollaba al-Fadl ibn al-Rabi, exigieron que el Gobierno central recuperase el control del Jorasán y de sus impuestos, incluso a costa de infringir lo acordado en La Meca. upright=2|thumb|right|Mapa de Iraq y las regiones limítrofes a comienzos del siglo . La diferencias entre los dos bandos quedaron patentes en el 810, cuando al-Amin incluyó a su hijo Musa en la sucesión. El intento de Al-Amin de anular lo dispuesto por Harun para transformar el título en herencia patrilineal de su familia no era algo inaudito: todos los califas de la dinastía desde al-Mansur en adelante habían tenido que afrontar las ambiciones de hermanos y tíos para dejar el trono a sus hijos, y el propio Harun al-Rashid había sido encarcelado en el corto reinado de su hermano mayor al-Hadi (califa en el 785-786). Merced únicamente a que al-Ma'mun se hallaba lejos de los territorios dominados por completo por el califa pudo librarse de un sino parecido. El hermano menor de ambos, Qasim, no fue tan afortunado: tras su entronización, al-Amin se apresuró a arrumbarlo; al principio, privó a Qasim del gobierno de la Yazira y luego de todos sus cargos y le hizo residir en Bagdad bajo estrecha vigilancia. Con la misma intención, al-Amin envió emisarios a Merv, que solicitaron a al-Ma'mun que volviese a la capital. Este, temeroso de las consecuencias, rehusó, lo que dio pie al califa a empezar a entrometerse en el gobierno de la región: se opuso al perdón que al-Ma'mun había concedido a Ibn al-Layth cuando este se rindió y exigió la entrega de los impuestos de las regiones occidentales del Jorasán como gesto de sumisión de sus gobernadores. Seguidamente exigió a su hermano la entrega de estos territorios, el nombramiento en la provincia de inspectores de hacienda y de correos designados por la capital y la entrega de los impuestos provinciales al Gobierno central. Al-Ma'mun, que carecía de un gran ejército en el que apoyarse, al principio propendió a acceder, pero al-Fadl ibn Sahl lo disuadió y le animó a recabar el apoyo de la población de la región, que se oponía a que la provincia quedase sometida a la corte.