miniatura|La Fuente de la Gracia o El triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga,Pedro de Madrazo, «El triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga, cuadro en tabla del siglo XV atribuido a Jan van Eyck», Museo Español de Antigüedades 4, Madrid, 1875, p. 39. La Fuente de la Gracia, Museo del Prado, Colección. cuadro del taller de Jan van Eyck, c. 1440-1450, que algunos creen que puede estar inspirado en un caso de profanación de la hostia que sucedió en Segovia.Josua Bruyn, «A Puzzling Picture at Oberlin: The Fountain of Life», Allen Memorial Art Museum Bulletin, 1958, pp. 4-17. En la parte superior Dios sentado en su trono, acompañado de la Virgen y San Juan, a cuyos pies emana un río de hostias consagradas. En la parte inferior, a la izquierda la Iglesia cristiana, encabezada por el papa; a la derecha la Sinagoga, con un grupo de judíos y un sumo sacerdote con los ojos vendados, simbolizando su no percepción de «la luz del cristianismo».Judith Resnik and Dennis Curtis, From Fool’s Blindfold to the Veil of Ignorance, Yale Law Report, 2011, pp. 14-15.
El antijudaísmo cristiano es la discriminación y la hostilidad de los cristianos y de sus iglesias hacia los judíos basada fundamentalmente en argumentos religiosos. En la segunda mitad del el antijudaísmo cristiano enlaza con el antisemitismo contemporáneo, que se alimenta a su vez de los mitos y libelos antijudíos elaborados durante los siglos anteriores. En el catolicismo, el antijudaísmo se mantuvo como doctrina hasta el pontificado de Juan XXIII (1958-1963) y el Concilio Vaticano II (1962-1965).
El antijudaísmo doctrinal
La predicación de Jesús y el comienzo de la Iglesia tuvieron lugar en la entonces región de Judea. Las tres mil personas que recibieron el bautismo como resultado del sermón de Pedro del día de Pentecostés, según relatan los Hechos de los Apóstoles, procedían de Judea o de otros lugares lejanos, pero todos eran judíos o simpatizantes que se encontraban en Jerusalén con motivo de la fiesta.
La misma predicación de san Pablo, cuya notable actividad apostólica entre los que no eran judíos le valdría el nombre de apóstol de los gentiles, se desarrolló casi siempre en los lugares donde había comunidades judías. Tal como nos informan sus cartas y los Hechos, solía ser allí donde, después de dirigirse a los judíos, a menudo en la sinagoga, comenzaba a predicar a los gentiles.
Estas primeras relaciones con las comunidades judías son tan evidentes que las más antiguas noticias que los autores paganos nos dan sobre los cristianos los distinguen con dificultad de los judíos. Por otra parte, tanto los Hechos como las cartas dejan entrever que los mismos judíos miraban al principio a los cristianos como un grupo, escindido y cada vez más herético, del propio judaísmo.
La expansión del cristianismo sigue al principio muy de cerca la existencia de comunidades judías.
thumb|Escultura de la portada de la Virgen de la catedral de Metz que representa la «Sinagoga» como una mujer con los ojos vendados.Judith Resnik and Dennis Curtis, From Fool’s Blindfold to the Veil of Ignorance, Yale Law Report, 2011, pp. 14-15: la alegórica eclesiástica con los ojos cubiertos posee connotaciones negativas; la figura femenina con sus ojos cubiertos por una venda denotaba ceguera para con la luz del cristianismo. Desde sus orígenes el cristianismo se presentó a sí mismo como el «Nuevo Israel» y se escandalizó porque los judíos persistieran en su «ceguera» de seguir esperando la venida del Mesías, para cumplir la Promesa que Dios le hiciera a Abraham, cuando el Mesías ya había llegado: era Jesucristo —por eso «durante siglos, la iconografía cristiana representó a la sinagoga por una mujer con los ojos vendados, dando a entender que no veía ni quería ver la Verdad»—. La Iglesia católica no podía permitir que los judíos negaran a Jesucristo como el Mesías porque eso ponía en cuestión la existencia misma del cristianismo. Así surgió la acusación contra los judíos de que eran el pueblo deicida, el responsable de la muerte de Jesucristo en la cruz, y durante siglos, en las ceremonias del Viernes Santo, se invitaba a los fieles cristianos a rezar pro perfidis Judaeis. La frase significaba textualmente oremos por los judíos que están apartados de la fe verdadera, pero siempre se le dio otro sentido, el de la perfidia que caracterizaba al pueblo judío en su conjunto. Hubo que esperar casi dos mil años para que el papa Juan XXIII en 1959 ordenara que ya no se rezara el Oremus pro perfidis Judaeis en las iglesias católicas.
«Hay, pues, dos fuentes principales... [del] "antijudaísmo". Por un lado, y en primer lugar, el reproche que se les hace a los judíos de no reconocer a Jesús y de negar adherirse al cristianismo (esa resistencia, esa negativa a abjurar su fe, a convertirse son, en toda la historia, un fenómeno destacado que suscita hostilidad). Y, por otro lado, la acusación de ser un pueblo criminal, "deicida"», ha afirmado Michel Wieviorka.
Los Padres de la Iglesia y la Alta Edad Media (siglos al ) Cuando en el el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano, los judíos perdieron buena parte de sus derechos de ciudadanía otorgada por el emperador Caracalla a principios del a todos los habitantes del Imperio. Pero los judíos, siguiendo la doctrina del padre de la Iglesia San Agustín, no fueron perseguidos, sino «tolerados» en la acepción original —negativa— del término «tolerar», que significaba aguantar, disimular, permitir lo que no es lícito. Como ha señalado Joseph Pérez, «hasta en nuestro tiempo [en el que a la palabra tolerancia se le ha dado una significación nueva y positiva] tolerar ha venido a ser resignarse a una situación que se debería censurar, a un mal que convendría prohibir, pero que, por motivos varios, no hay más remedio que consentir y aguantar».
A los judíos se les aplicaba el trato que se daba a los creyentes de las falsas religiones —«en la Edad Media, cristianos, moros y judíos estaban todos convencidos de que su religión era la única verdadera, con la exclusión de las otras, que eran, por lo tanto, consideradas como falsas», recuerda Joseph Pérez, por lo que no se les respetaba ni se les reconocían derechos, sólo se les «toleraba». En los documentos medievales castellanos se encuentra a veces la expresión referida a los judíos: «deben ser tolerados e sufridos»—. «No se les perseguía ni se les expulsaba porque se pensaba que su presencia podía ser útil», afirma Joseph Pérez. Diversos textos jurídicos, como el Código Teodosiano, promulgaron leyes y decretos antijudíos, y un concilio como el Cuarto Concilio de Orleans de 541 estaría básicamente consagrado a disponer medidas contra los judíos (como la prohibición de poseer esclavos cristianos o la de aparecer en público durante el periodo pascual).
Desde el punto de vista doctrinal, la «utilidad» de la presencia de los judíos en el seno de la sociedad cristiana fue defendida por Agustín de Hipona, frente a otros padres de la Iglesia considerados por Romero y Macías mucho más beligerantes contra los judíos, como Juan Crisóstomo, quien en sus sermones les adscribía todo tipo de perversiones y los equiparaba con el demonio. Con todo, esa interpretación de Juan Crisóstomo como «antijudío» es considerada anacrónica por estudiosos modernos de la Patrística. Las convenciones literarias del género retórico llamado psogos usado por Juan Crisóstomo, consistían en vilipendiar a los opositores de manera inflexible, por lo que calificar a Juan Crisóstomo como un «antijudío» o «antisemita» es anacrónico e incongruente con el contexto y registro histórico. Los adversarios de Juan Crisóstomo no eran los judíos, sino algunos cristianos judaizantes que reivindicaban el retorno a la observancia de la ley y de las celebraciones judías. Avery señala que la obra Adversus Judaeos, traducida a menudo bajo el título Contra los Judíos, implica una interpretación anacrónica, ya que esas predicaciones deberían titularse Homilías contra los (cristianos) judaizantes. Para san Agustín, la coexistencia con los judíos era deseable para facilitar su conversión, porque el ejemplo de los cristianos les convencería de su error de no reconocer a Jesucristo como el Mesías. Por otro lado, a los judíos también había que admitirlos porque eran los depositarios de la «hebraica veritas» —el Antiguo Testamento, la Torá, que solo ellos podían leer en su lengua original porque estaba escrita en hebreo y en arameo— y que los cristianos también consideraban materia de fe porque de ella derivaba la «Verdad cristiana» y de esta manera se preservaba el mensaje de Dios. Pero que los judíos tuvieran que ser conservados «no significaba que no estuvieran sometidos a un terrible castigo divino como autores de la muerte del Salvador; por eso tenían que vivir dispersos y oprimidos. [...] Se trataba tan solo de una supervivencia en el tiempo, resto de un pasado condenado a extinguirse, en el tramo final, reconociendo que el Mesías había venido ya y que era precisamente aquel Jesús a quien el Sanedrín condenó».
La doctrina agustiniana fue la que determinó las normas que debían regir la «tolerancia» con los judíos —en el sentido originario y negativo del término—, las cuales quedaron plasmadas en la Constitutio pro iudaeis promulgada por el papa Inocencio III en 1199, en un momento en que la violencia antijudía, que había comenzado con la persecución de los judíos durante la Primera Cruzada cien años antes, se extendía por Europa. En la Constitutio se exhortaba a los príncipes cristianos a proteger a los judíos y sus bienes, y expresamente a evitar los saqueos de sus cementerios y la interrupción violenta de sus ritos y celebraciones. Asimismo se mostraba contraria a la conversión forzosa de los judíos. Pero este mismo papa, Inocencio III, sería el que propiciaría el cambio de doctrina respecto de los judíos plasmada en el IV Concilio de Letrán celebrado solo dieciséis años después.
La Plena Edad Media (siglos -): el fin de la «tolerancia» miniaturadeimagen|Ilustración de judíos en el infierno, manuscrito Hortus deliciarum (1180) por Herrada de Landsberg. A partir del comenzó a cambiar profundamente la relativa benevolencia bajo la que los judíos habían vivido hasta entonces en el Occidente cristiano, con la excepción de la etapa final del reino de los visigodos de Hispania, donde el judaísmo estuvo a punto de desaparecer. La primera muestra fueron las masacres de judíos por parte de los cruzados que se dirigían a Tierra Santa. Joseph Pérez las relaciona con los motivos escatológicos de la primera cruzada: «Los avances de los turcos parecían anunciar la venida del Anticristo y el fin del mundo; ahora bien, san Pablo (Rom., XI, 15) había dado a entender que los judíos se convertirían cuando llegase el fin de los tiempos; de ahí pudo surgir la idea de que era oportuno acelerar aquel proceso, forzando a los judíos a convertirse, arrinconando y maltratando a los que se resistían».