thumb|Viajero frente al mar de niebla (1818), de Caspar David Friedrich. La literatura del agrupa el conjunto de autores que escriben durante el así como las teorías estéticas y obras publicadas durante este periodo. Puede dividirse en tres grandes etapas: el Romanticismo, el Realismo y la literatura finisecular, que entronca con la literatura del . Si bien estas corrientes son propiamente europeas, la influencia imperialista hace que se encuentren trazas a través del mundo, aunque pueden continuar diversas tradiciones locales con otras periodizaciones y características. Como los movimientos se desarrollan a diferentes ritmos en cada país, este artículo divide la información por décadas.

De 1800 a 1809 El siglo empieza con la literatura romántica iniciada anteriormente con el movimiento Sturm und Drang. Se empieza a mirar hacia atrás, hacia un pasado idealizado donde residen las raíces nacionales, y así se cultivará la novela histórica, como por ejemplo la obra Wilhelm Tell de Friedrich Schiller. En la misma línea comienza una recuperación de la literatura oral y del folklore local.

thumb|left|Madame de Staël retratada por Vigée Lebrun (1808).

Es igualmente una época de triunfo del sentimentalismo, contra la razón ilustrada precedente, como prueban obras como Atala de François-René de Chateaubriand. Una figura destacada del romanticismo de principios del siglo es Madame de Staël, responsable de poner de moda este estilo tanto en Francia como en España con obras como Delphine.

Los protagonistas románticos son individuos trágicos, que luchan contra su destino (como en el teatro de Heinrich von Kleist) y contra las convenciones sociales burguesas que les impiden ser felices. Abundan los finales desgraciados en las obras en los tres géneros, donde se canta un amor no correspondido o de corta duración.

Sin embargo, el triunfo romántico no hace desaparecer del todo los cánones neoclásicos, como demuestra la publicación en 1806 de la obra El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín.

Aumenta el número de personas alfabetizadas y por tanto la masa potencial de lectores, incluyendo por primera vez clases populares, con la aparición de campañas de escolarización y la proliferación de bibliotecas públicas y nacionales, como la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Estos nuevos públicos demandan una literatura ágil y rica en emociones que será la norma entre los autores de éxito, lejos de los cultismos y las referencias grecolatinas vigentes en periodos anteriores.

De 1810 a 1819 Esta década ve consolidarse las tendencias de la década precedente. Por un lado, la novela histórica mira hacia la Edad Media, una de las características diferenciadoras de este momento, como sucede por ejemplo en las obras de Walter Scott, como Rob Roy (1817). Por otra parte, la recuperación de relatos y cuentos populares inicia una literatura infantil propiamente dicha, como las recopilaciones de los Hermanos Grimm. El amor es el tema central de todas las obras publicadas en esta época, un amor que vive aventuras antes del reencuentro de la pareja o de su muerte trágica. El nuevo prototipo de amante es el fijado por Adolphe, de Henri-Benjamin Constant de Rebecque. Incluso los autores que reniegan del romanticismo clásico, como Jane Austen, hacen de las relaciones sentimentales el centro de sus libros, como por ejemplo en Sentido y sensibilidad.

Un rasgo destacable de esta literatura es el gusto por personajes marginales, vistos como rebeldes y auténticos, como el héroe de El corsario de Lord Byron. Estos protagonistas combinan la elegancia y la pasión con un punto de malditismo, incluso demoníaco, o bien se mueven por ambientes exóticos, como el poema Kubla Khan de Samuel Taylor Coleridge. Lo importante es huir de la rutina y de la sociedad industrial. Por eso empiezan a ser atractivos los monstruos, que ya no son únicamente los malos que hay que asesinar, sino personajes complejos, como Frankenstein de Mary Shelley que se convirtió en un icono de la novela gótica.https://web.archive.org/web/20071017042835/http://www.icons.org.uk/theicons/icons-timeline/1800-1820 Así se inició el triunfo de la literatura de terror, con éxitos como El vampiro de John William Polidori.

De 1820 a 1829 Obras como Los novios de Alessandro Manzoni en Italia o El último mohicano de James Fenimore Cooper en los Estados Unidos prueban que la novela histórica se extendió por todo el Occidente. La violencia y los personajes incomprendidos eran una constante en un mundo donde las revoluciones del liberalismo cambiaban el orden imperante y donde los excesos de la sociedad contemporánea llenaban de melancolía y pesimismo a los escritores.

Estos escritores buscaban la inspiración para escribir y no solo las reglas de las preceptivas o los modelos antiguos. Importaba la originalidad, la capacidad de expresar sentimientos exaltados de manera hermosa, la voluntad de diferenciarse de la masa. Por este motivo empezaron a escribirse más autobiografías, para resaltar el carácter de individuos únicos o de genios de sus autores, como las Confesiones de un comedor de opio inglés de Thomas de Quincey. Quincey usaba la droga para evadirse de la realidad, un hecho común a varios autores del .

El género más cultivado fue la poesía, con autores tan notables como Heinrich Heine en Alemania, Giacomo Leopardi en Italia o Yevgueni Baratynski, el cual inaugura la llamada Edad de oro de la literatura rusa. En esta poesía se introduce más libertad métrica que en los versos de la Edad Moderna, ya que se considera que las reglas pueden limitar la creatividad de los autores.

De 1830 a 1839 thumb|José de Espronceda. Los años treinta viven a la vez el romanticismo pleno y algunos autores que empiezan a abandonar por gastados estos códigos. Cabe destacar la figura del poeta polaco Juliusz Słowacki, conocido por su tragedia Balladyna. Otros poetas románticos destacables son José de Espronceda, autor de El estudiante de Salamanca (1837), donde el héroe tiene comportamientos diabólicos, El diablo mundo y la Canción del pirata, o Goethe, que publica su Fausto íntegro, y donde también aparece el demonio. Karel Hynek Mácha, con su poema Mayo, introdujo el romanticismo en la literatura checa, pero fue mal comprendido por sus coetáneos. El poeta nacional ruso, Alexander Pushkin, dentro de su innumerable obra escribió "Ruslan y Liudmila", "Zar Saltán", entre otros muchos, y Eugeni Oneguin, un largo poema narrativo con los cánones románticos y se aprecia la huella romántica en las obras de Victor Hugo, como Nuestra Señora de París o en algunos de los cuentos de Hans Christian Andersen.

Al mismo tiempo, Francia e Inglaterra comienzan a acercarse al realismo. El rojo y el negro de Stendhal puede considerarse una novela de transición, pero las obras de Honoré de Balzac ya son plenamente realistas. Si bien aparece el amor, el interés principal de los autores es retratar de manera fiel la realidad y los diferentes grupos sociales de su época y no de otros siglos. Las novelas de Charles Dickens, como Oliver Twist, responden a esta voluntad a pesar de que sigue presente un fuerte sentimentalismo.

De 1840 a 1849 thumb|left|Gertrudis Gómez de Avellaneda.|225x225px Durante los años 40, se combina nuevamente esta dicotomía entre el romanticismo y el realismo. Eugène Sue, con sus misterios, retoma el sensacionalismo y la pasión extrema. Publica por capítulos en revistas de bajo precio y de gran demanda, un fenómeno común durante la segunda mitad del siglo. Las obras de las hermanas Brontë presentan personajes extremos, marginales o monstruosos, con la locura y el amor como temas centrales, ambos alejando sus protagonistas de la "normalidad" contenida. José Zorrilla y Moral da una nueva visión del arquetipo del Don Juan con Don Juan Tenorio. También responde a un arquetipo la gitana de Carmen, conocida por la ópera homónima de Bizet. Alejandro Dumas continúa escribiendo novelas históricas llenas de aventuras, como Los tres mosqueteros (1844) y El conde de Montecristo (1845)

Entre los poetas que se dieron a conocer en este momento hay que mencionar a Gertrudis Gómez de Avellaneda y José Martí en Cuba. Edgar Allan Poe escribe El cuervo donde aborda de forma alegórica el tema de la muerte, con unas imágenes y símbolos que disfrutarían de gran fama posterior.

Al mismo tiempo determinados autores plasman su desengaño del idealismo romántico. En Rusia aparecen las novelas Almas muertas de Nikolai Gógol y Un héroe de nuestro tiempo de Mikhail Lermontov, ambas en esta línea del desencanto. Más crítico se muestra William Makepeace Thackeray con La feria de las vanidades, donde el narrador adopta incluso un punto de vista cínico.

Aparte se clasificará la poesía de Ralph Waldo Emerson, donde se mezcla el modernismo americano con la poesía religiosa, influencia también presente en la obra de Elizabeth Barrett Browning.

De 1850 a 1859 El realismo triunfa de manera decidida a partir de 1850. Los escritores describen de manera detallada lo que ven, sienten y hacen sus personajes de psicología compleja. No importan tanto las aventuras extremas como las vivencias interiores, a pesar de que el entorno sea cotidiano. Un tema recurrente es la difícil posición de la mujer, que para asegurar su posición debe casarse o tener amantes contra su voluntad y que luego es acusada por sus vecinos por sus relaciones. Se puede observar este tema en Madame Bovary (1857) de Gustave Flaubert y La dama de las camelias de Alexandre Dumas (hijo), novela realista que inspiraría la ópera La Traviata de Verdi.

El realismo se instala también en América, donde se inicia una nueva etapa en su trayectoria novelística. La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne retoma el tema del adulterio y la hipocresía social de Flaubert pero en el entorno puritano, mientras que La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe aborda la esclavitud y el racismo, un tema que será recurrente en la ficción de los Estados Unidos. Herman Melville escribe Moby Dick, donde un capitán de barco se dedica a cazar una ballena que se convierte en un símbolo de lo imposible.

Esto no quiere decir que los autores se acomoden al orden burgués imperante. Muchos denuncian el vacío existencial que produce el famoso spleen o tedio absoluto que estará presente hasta el . Así Oblómov, en la novela homónima de Iván Goncharov, se muestra un hombre rico pero pasivo, que no encuentra el sentido de la vida. Idéntico sentimiento expresa al principio la voz poética de Las flores del mal de Baudelaire, poemario que inicia el movimiento del simbolismo, una corriente estética que continuará el también francés Paul Verlaine.

De 1860 a 1869 Los autores de esta década a menudo rompen con las convenciones genéricas. Así por ejemplo George Eliot, con Silas Marner, profundiza en un narrador lejos del clásico narrador omnisciente realista. Alfred Tennyson publica Enoch Arden, un poema narrativo que puede ser visto como el reverso del regreso a casa de Ulises en la Odisea.Alfred Lord Tennyson. Hallam Tennyson. The life and works of Alfred Lord Tennyson. 8. Macmillan, 1899 La lógica y el sentido del lenguaje se ven volteados en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, a pesar de ser una obra de literatura infantil. Peer Gynt es una obra de teatro en verso escrita por Henrik Ibsen en 1867 basada en un cuento popular noruego. Su característica formal más destacada es la falta de respeto a la regla de las tres unidades de Aristóteles, junto con el uso de los hallazgos sobre el inconsciente.