La Revolución francesa () fue un conflicto social y político, con diversos periodos de violencia, que convulsionó la Francia del Antiguo Régimen, y a otros países por extensión de sus implicaciones. Se inició con la autoproclamación del Tercer Estado como Asamblea Nacional en 1789 y finalizó con el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte en 1799, culminando un proceso de diez años.

Si bien después de que la Primera República cayó tras el golpe de Estado de Napoleón, la organización política de Francia durante el osciló entre república, imperio y monarquía constitucional, la revolución marcó el final definitivo del feudalismo y del absolutismo en el país,Michel Vovelle. Introducción a la historia de la Revolución francesa , Cap. I Nacimiento de la Revolución, 1. La crisis del Antiguo Régimen, pág. 11-23. Editorial Crítica, Barcelona, 2000, 224 págs, ISBN 84-8432-086-3 y dio a luz a un nuevo régimen donde la burguesía, que empleaba en ocasiones a las masas populares, se convirtió en la fuerza política dominante. La revolución, más allá de sus estertores, enfrentó las bases del sistema monárquico como tal, en la medida en que impuso con su discurso, iniciativas capaces de volverlo ilegítimo.

Según la historiografía clásica, la Revolución francesa marca el fin de la Edad Moderna y el inicio de la Edad Contemporánea al sentar las bases de la democracia moderna con base en la representación, lo que la sitúa en el corazón del . Abrió un nuevo horizonte político basado en el principio de la soberanía popular, que será el motor de las revoluciones de 1830, de 1848 y de 1871.100 fiches d'histoire du XIXe siècle, Sophie Kerignard. Editions Bréal, 2004, 334 págs. ISBN 9782749503400. Introducción pág. 9. Consultado el 12 de noviembre de 2014. (en francés)

Antecedentes ideológicos En el se desarrolló el movimiento intelectual de la Ilustración, que propuso una forma de entender el mundo, la existencia, la sociedad, que no derivaba de los textos sagrados ni de la tradición cristiana sino que quería constituirse como alternativa a estos, al «iluminar» las sociedades europeas para que abandonaran definitivamente la ignorancia. El núcleo central lo constituyó el Reino de Francia, cuyos philosophes (entre los que destacan Montesquieu, Voltaire y Rousseau) tuvieron una enorme influencia en todo el continente europeo (y en América). Las ideas de la Ilustración se difundieron especialmente a través de una gran obra colectiva: la Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, publicada por Diderot y D'Alambert en 17 volúmenes entre 1751 y 1772.

En cuanto al pensamiento político de la Ilustración se basó en las reflexiones de Hobbes y de Locke sobre la experiencia de la Revolución inglesa del . El primero elaboró una teoría del «contrato social» (aunque sin utilizar esa expresión), por la cual se suponía que el gobierno de las sociedades humanas había surgido de un contrato entre el gobernante y sus súbditos, y ese contrato significaba la entrega total de los derechos de los súbditos a la soberanía incontestable del gobernante. Para Locke, sin embargo, el contrato era un acuerdo con obligaciones mutuas: los súbditos debían respetar la soberanía del gobernante, pero este a su vez debía respetar sus libertades y derechos de propiedad; en caso contrario el contrato podía ser denunciado y quedaba roto. De esa forma, Locke justificaba la Revolución inglesa y legitimaba la «monarquía limitada» surgida de ella. thumb|Retrato del philosophe Montesquieu. Precisamente, la «monarquía limitada» británica fue la que Montesquieu presentó como modelo alternativo a la monarquía absoluta, según él, demasiado expuesta al «despotismo», en su libro De l’esprit des lois, publicado en 1748. Montesquieu señaló que en Gran Bretaña el poder del rey estaba «equilibrado» por el poder del parlamento y el de los tribunales independientes de justicia. A partir de este análisis formuló su teoría de la separación de poderes —poder ejecutivo, en manos del rey; poder legislativo, en manos del parlamento; y poder judicial (aunque no empleó este término), en manos de los tribunales independientes del rey y del parlamento—. Esta alternativa de la «monarquía limitada» es la que defenderá la mayoría de los diputados del Tercer Estado cuando se reúnan los Estados Generales.

Solo una minoría de los diputados del Tercer Estado propondrán una alternativa democrática (a pesar de que la mayoría de los teóricos del , incluso aquellos que admiraban la Atenas clásica y la Roma republicana, estaban convencidos de que un sistema democrático no funcionaría en su época, ya que si se pusiera en práctica el único resultado posible sería el gobierno de la «chusma» o la anarquía). Se basaban en la experiencia de algunas de las corrientes «extremistas» de la Revolución inglesa, como la de los levellers, que habían formulado el primer programa político de la historia para un gobierno democrático, pero sobre todo en el libro El contrato social de Jean Jacques Rousseau, publicado en 1762. En él Rousseau defendía como ideal de la organización política la república en la que los «ciudadanos» anteponían sus intereses particulares «egoístas» a la «felicidad común», lo que en realidad sólo era posible, según Rousseau, si la comunidad estaba integrada por pequeños propietarios (campesinos y artesanos) sin grandes diferencias de poder y riqueza. Así, la voluntad de estos ciudadanos «virtuosos» (o «patriotas») se convertía en «voluntad general», único legítimo legislador cuyas normas los gobernantes debían cumplir. Para expresar esta «voluntad general» Rousseau no admitía los sistemas representativos porque no podía ser delegada, por lo que evidentemente sólo era posible aplicarla en los pequeños Estados. Pero a pesar de todo El contrato social fue la primera exposición de los principios de la soberanía popular.

Roger Chartier ha señalado que a partir de mediados del «se observa una politización de la opinión pública... El sentido crítico comienza a ejercerse respecto del conjunto del mundo social y, más todavía, respecto de la monarquía absoluta». Por su parte George Rudé ha destacado la importancia de la Ilustración en la Revolución ya que proporcionó a los diversos grupos sociales que aspiraban a cambiar el sistema social y político «un cuerpo unificador de ideas, un vocabulario común de esperanza y protesta». Fueron los philosophes los que prepararon el terreno al debilitar «las defensas ideológicas del ancien régime... Términos como «ciudadano», «nación», «contrato social», «voluntad general» y los «derechos humanos» —y luego tiers état (tercer estado)— entraron en el vocabulario político corriente».

Causas

En 1972 el historiador británico George Rudé se planteó la cuestión de «por qué en Francia hubo una revolución en 1789, y en otros países no la hubo», teniendo presente que «similares tensiones, crisis y frustraciones se dieron, bajo una u otra forma, en varios países europeos en esa época». Para Rudé la clave estribó en la existencia en Francia de una «clase media» (la bourgeoisie) suficientemente desarrollada y madura para que pusiera en cuestión la «sociedad de órdenes» y la monarquía absoluta que la sustentaba. Rudé señala que el único caso comparable en el que existía esa «clase media» desarrollada sería el de Gran Bretaña, pero allí tampoco se produjo una revolución porque para ella «existían prometedoras perspectivas de prosperidad; no había esa profunda frustración social ante los privilegios y la arrogancia de la aristocracia tan visible en Francia». Poco después, el francés Michel Vovelle coincidía con Rudé, añadiendo el papel de los «grupos populares»: «Sería imposible describir la crisis final del Antiguo Régimen exclusivamente en términos de contradicciones internas; pues también sufrió un ataque desde el exterior, a partir de la burguesía y los grupos populares».

Crisis del Antiguo Régimen thumb|Retrato oficial de Luis XVI por Antoine-François Callet (1779). Monarca absoluto ilustrado, muy influido por las ideas de Montesquieu, en repetidas ocasiones declaró obrar por el bien de sus súbditos y por la felicidad pública. «Luis XVI deseaba sin duda reformar la sociedad aristocrática, quizás sin medir todas las consecuencias», ha señalado el historiador Ran Halévi. En las décadas finales del se produjo la crisis del ancien régime, el nombre que dieron los revolucionarios franceses al régimen político y social que acababan de derribar. Una de sus manifestaciones fue la cada vez más extendida oposición al mismo por parte de los grupos sociales excluidos: el campesinado, las clases populares urbanas (el menu peuple) y la «burguesía» (que globalmente integraban el Tercer Estado).

Entre el campesinado (que representaba el 85% de la población francesa) se había ido desarrollando la conciencia de la «injusticia» del «feudalismo», ya que buena parte de las rentas agrarias, resultado del importante aumento de la producción a lo largo del y que se había traducido en un aumento de población (que pasó de veinte a veintiséis millones), había ido a parar a manos de los señores en virtud del «dominio eminente» que poseían sobre la tierra. En algunas regiones los derechos señoriales (el cens, renta en metálico; el champart, una parte de la cosecha; y los lods et vents, derechos que corresponden al señor por la enajenación [venta, herencia] del «dominio útil» del campesino) incluían también las corveas (corvées), es decir, las prestaciones en trabajo para el señor, y muy frecuentemente las banalidades (la obligación del campesino de moler su trigo en el molino de señor o de cocer su pan en el horno del señor, pagando por ello) o los monopolios señoriales sobre la caza y la pesca. También tenían que soportar el diezmo que era pagado a la Iglesia y los impuestos debidos al rey. No obstante, la incidencia de estas «cargas feudales» (señoriales, eclesiásticas y estatales) variaba mucho de una región a otra.

Por otro lado, en la segunda mitad del siglo se produjo una «reacción feudal» por la que los señores, muchos de ellos endeudados, estaban apoderándose de las tierras comunales y recuperando antiguos derechos señoriales, con los que pretendían imponer o añadir nuevas cargas a las que ya soportaban «sus» campesinos. En los cahiers de doléances de las comunidades aldeanas, redactados con motivo de las elecciones a los Estados Generales de 1789, aparece con frecuencia la denuncia de estos abusos, de este «renacer del feudalismo». A lo que hay que añadir que en el último cuarto del la prosperidad general de la agricultura comenzó a decrecer como consecuencia de la caída de los precios, lo que hizo que las «cargas feudales» que soportaban fueran más onerosas. Y «en el momento culminante de la depresión cíclica llegó la catástrofe repentina de 1787-1789, bajo la forma de dos malas cosechas y escasez, con una duplicación del precio del trigo...», que, por otro lado, afectó gravemente a las clases populares urbanas (el menu peuple), ya duramente afectadas por el aumento del desempleo como consecuencia del tratado de «libre comercio» firmado en 1786 con Inglaterra, que había permitido la entrada de productos de ese país mucho más baratos. «Así pues, los campesinos y los artesanos y los obreros urbanos se unieron en una común hostilidad hacia el gobierno, los grandes propietarios rurales, los comerciantes y los especuladores, entrando en la Revolución en un contexto de pobreza y dureza crecientes, y no de prosperidad», ha afirmado George Rudé. thumb|Caricatura de 1789 que denuncia la opresión que padece el Tercer Estado por parte de los dos órdenes privilegiados, clero y nobleza. La piedra que aplasta al Tercer Estado y sobre la que están de pie el clero y la nobleza lleva la inscripción: «Taille, impôts et corvées» ('tallas, impuestos y corveas'). El pie de la imagen dice: «Le Temps passé les plus utiles étoient foulés aux pieds» ('En el pasado, las cosas más útiles eran pisoteadas').