right|200px La ciencia ficción en México comprende la historia y el desarrollo de este género literario y cinematográfico en dicho país, así como sus instituciones, asociaciones, publicaciones y premios especializados. La producción del género en el ámbito mexicano enfrenta un contexto común a otras regiones latinoamericanas donde suele ser relegado por los círculos académicos y clasificado como un género menor. Aunque la bibliografía publicada bajo este sello no es extensa, la crítica señala que la causa principal no es la escasez de autores, sino la limitada difusión editorial. Diversos escritores no asociados habitualmente al género han publicado obras de temática especulativa, entre los que destacan Amado Nervo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes o Paco Ignacio Taibo II.

Historia

Antecedentes En la época prehispánica, la cosmogonía mesoamericana registraba el universo de manera geométrica y matemática; el Códice de Dresde contiene representaciones de eclipses y ciclos de planetas como Venus y Marte. En la arquitectura de ciudades como Xochicalco, se integró la tecnología astronómica en su observatorio basado en el paso cenital del sol. Si bien este pensamiento no es ciencia ficción en el sentido moderno, prefigura la especulación al construir relatos sobre los ciclos de cambio universal. En obras actuales, se recupera la noción azteca de los trece niveles del cielo y la estructura cíclica del tiempo para proponer futuros "post-exóticos" y multilingües, donde la identidad indígena trasciende la condición de ruina y se proyecta hacia el futuro.

Durante la época colonial, el pensamiento especulativo en la Nueva España estuvo ligado a la fusión de saberes europeos y la cosmogonía indígena, bajo el control de la Inquisición. Se trataba de formas protocienciaficción manifestadas en crónicas, tratados científicos y relatos de viajes fantásticos. La obra de Carlo de Sigüenza y Góngora, cuya Libra astronómica y philosóphica (1690) defendío el uso del método científico y la observación racional frente a las supersticiones astrológicas, sentando las bases del pensamiento ilustrado en el virreinato.

El origen de la ciencia ficción propiamente dicha en México y el continente americano se puede situar en 1775 con la obra Sizigias y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la luna de Manuel Antonio de Rivas. Este texto es reconocido como el primer relato de proto-ciencia ficción en la región, precediendo a obras como Frankenstein de Mary Shelley. Influenciado por el pensamiento ilustrado, la obra habla de los "selenitas", habitantes lunares que responden a observadores terrestres desde Yucatán, relatando un viaje a la Luna en un auto volador y encuentros interestelares. Rivas estableció un precedente en la literatura fantástica mexicana: el uso de la especulación científica como un instrumento de crítica política frente a la autoridad, fue procesado por la Inquisición bajo cargos de herejía, proceso del cual fue exonerado en 1777.

Consolidación del género (-1963) Durante el , la consolidación del positivismo en México impulsó la integración de la ciencia como motivo literario. En 1890, Pedro Castera publicó Querens, considerada la primera novela del género en el país, la cual explora temas como el magnetismo y el control mental. Esta obra marcó una transición hacia una narrativa que cuestionaba los límites de la experimentación humana y la psique, influenciada por las corrientes científicas europeas de la época. Autores como Amado Nervo incursionaron en el relato de anticipación con obras como La última guerra (1906), donde los animales, cansados de la explotación humana, llevan a cabo una revolución contra el hombre; esta temática sería abordada décadas después como una sátira de la revolución rusa por George Orwell en Rebelión en la granja. A principios del las tensiones ante la modernización del nuevo siglo en México se reflejaron en Eugenia (1919), de Eduardo Urzaiz Rodríguez, consolidando la novela de ciencia ficción en el imaginario nacional. Ambientada en el año 2218, la novela presenta una sociedad mexicana que ha alcanzado la armonía social bajo la eugenesia y la planificación científica, anticipando temas que Aldous Huxley trataría años después en Un mundo feliz.

Entre 1930 y 1960, la ciencia ficción en México se nutrió de la traducción de relatos de la Edad de Oro estadounidense. Revistas como Los Cuentos Fantásticos (1948), que traducía relatos pulp de Famous Fantastic Mysteries y la versión mexicana de Enigmas (1955) fueron el puente para que el público mexicano conociera a autores como Isaac Asimov y Ray Bradbury. En 1964, la revista Crononauta, fundada por Alejandro Jodorowsky y René Rebetez mezclo el surrealismo y el existencialismo para enfocarse en la metafísica y la crítica social, alejandose del optimismo tecnológico de EE. UU. para centrarse en el escepticismo.

Durante estas décadas la imitación y traducción de la ciencia ficción estadounidense comenzó a abandonarse para contar historias ambientadas en México. En 1943, Diego Cañedo (seudónimo de Guillermo Zárraga) publicó El réferi cuenta nueve, ambientado en un mundo donde las potencias del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial, haciendo uso del viaje en el tiempo y la ucronía antes que clásicos internacionales del subgénero. Poco después, en 1947, Rafael Bernal lanzó Su nombre era Muerte. En la novela, Bernal narra una invasión de inteligencia insectoide en la selva chiapaneca. La obra habla de un científico que logra comunicarse con los insectos y entender su modo de vida, sirviendo como una metáfora del control totalitario.

La Época de Oro de la historieta mexicana

A mediados del , la ciencia ficción en México encontró su principal canal de difusión en las historietas. Durante la Época de Oro de la historieta en México (1934-1948), el género se integró en el imaginario popular, mezclándose con el melodrama, el esoterismo y el nacionalismo. Los Supersabios (1936), de Germán Butze, presentaban a Paco, Pepe y Panza, jóvenes inventores que creaban inventos científicos para resolver misterios, promoviendo una imagen positiva de la ciencia en la juventud. La revista Santo, El Enmascarado de Plata, de José G. Cruz, fue pionera en el fotomontaje, que mezclaba personas reales sobre fondos dibujados con diálogos en globo y narración al estilo cómic. Esta revista fue la precursora del cine de luchadores, subgénero mexicano donde figuras como El Santo o Blue Demon defendían a la humanidad de amenazas alienígenas o científicos locos.

En publicaciones costumbristas como La familia Burrón (1948), de Gabriel Vargas, se comenzó a presentar viajes al espacio e inventos locos en una familia de clase baja de la Ciudad de México. Aníbal 5 (1966), creada por Alejandro Jodorowsky y Manuel Moro, introdujo la figura del cíborg en el cómic mexicano. Su protagonista, un androide con la apariencia del actor Jorge Rivero, trabaja para una agencia de defensa latinoamericana. En la década de los ochenta, la ópera espacial Karmatrón y los Transformables (1986), de Óscar González Loyo, fusionó la mitología maya con robots gigantes y civilizaciones galácticas.

Inicios de la ciencia ficción en el cine mexicano Los inicios de la ciencia ficción en el cine mexicano presentaban una mezcla de géneros entre la especulación tecnológica con el terror, la comedia ranchera y el cine de aventuras. En 1946, El moderno Barba Azul de Jaime Salvador, protagonizada por Buster Keaton, narra la historia de un hombre confundido con un asesino en serie que escapa a través de un cohete a la Luna. En la década de 1950, se reinterpretaron tropos del cine estadounidense con El hombre que logró ser invisible (1958), basada en la novela de H. G. Wells, y la comedia ranchera La nave de los monstruos de Rogelio A. González, que mezcla una invasión extraterrestre y robots. A lo largo de la década de los 60, las películas de El Santo comenzaron a fusionarse con la ciencia ficción en Santo contra cerebro del mal (1958), Santo contra la invasión de los marcianos (1966), Santo vs. la hija de Frankenstein (1971), Santo contra los asesinos de otros mundos (1971), entre otras. Hacia finales de los años 70, las narrativas evolucionaron hacia la crítica social; en México 2000 (1983), el país es una ucronía donde todos los problemas sociales desaparecieron con el nuevo milenio.

Los nuevos autores (1964-1984) En este periodo se transicionó hacia una identidad propia, influenciada por el movimiento artístico de "La Onda", el movimiento estudiantil de 1968, el neochamanismo y la crisis del fin del milagro mexicano. El inicio de esta etapa se da con la fundación de la revista Crononauta (1964) por Alejandro Jodorowsky y René Rebetez, introduciendo temas surrealistas, existencialistas y psicodélicos. En 1968, Carlos Olvera publicó Mexicanos en el espacio, novela ambientada en el siglo XXII, donde una tripulación mexicana es enviada en una misión innecesaria a Ganímedes, ya que tras siglos de carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética ya no queda nada por explorar. En 1972, el Fondo de Cultura Económica realizó el Concurso Primera Novela, donde una de las finalistas, Proceso a Faubritten (1976) de Marcela del Río, trata de una Tierra donde, después de muchos siglos de ingeniería genética, la humanidad es inmortal, entrando en una crisis existencialista y filosófica. Galaor (1972) de Hugo Hiriart, una versión libre de La bella durmiente, mezcló los cuentos de hadas y la ciencia ficción. Los relatos de Héctor Chavarría publicados en esta época en la revista Enigmas impulsaron una visión más técnica y rigurosa de la ciencia ficción mexicana. Hacia finales de este ciclo, la aparición de la revista Umbrales y de talleres literarios independientes en las universidades autónomas permitieron que la producción se diversificara. Autores como Mauricio-José Schwarz y Federico Schaffler comenzaron a publicar obras que cuestionaban el impacto de la tecnología en la vida cotidiana, preparando el terreno para el cyberpunk y la crítica social que definirían la producción de finales de siglo.

El Premio Puebla y la explosión contemporánea La creación del Premio Puebla de Ciencia Ficción por el Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología en 1984 —un guiño de su creadora, Celine Armenta, a la obra de George Orwell, 1984— y la labor editorial de Federico Schaffler con la antología Más allá de lo imaginado profesionalizaron la ciencia ficción mexicana, alejándola de la narrativa juvenil. En 1993, la publicación de La primera calle de la soledad de Gerardo Horacio Porcayo introdujo por primera vez el concepto de cyberpunk ambientado en Latinoamérica. La novela se ambientá en Ciudad de México, Monterrey y ciudades lunares, presentando civilizaciones hiperdegradadas y maximalistas. Pepe Rojo con Ruido gris (1996) exploró los bombardeos mediáticos y la deshumanización de la prensa mexicana. Bernardo Fernández, Bef, con su trilogía Tiempo de alacranes fusionó la ciencia ficción con el género negro y la novela policiaca.