Lisuarte de Grecia es el nombre de dos libros de caballerías españoles del pertenecientes al ciclo iniciado por el Amadís de Gaula.
Lisuarte de Grecia, de Feliciano de Silva (Libro VII de Amadís)
Séptimo libro de la serie de Amadís de Gaula, impreso por primera vez en Sevilla en 1514, con el título de El séptimo libro de Amadís de Gaula, que trata de los grandes fechos en armas de Lisuarte de Grecia. Fue escrita por Feliciano de Silva y en ella se continúa el quinto libro del ciclo amadisiano, Las sergas de Esplandián, pasando por alto el sexto, Florisando.
Este primer libro de Silva fue uno de los más populares del género caballeresco, ya que se reimprimió en Sevilla (1525, 1543, 1548 y 1550), Toledo (1534 y 1539), Estella (1564), Zaragoza (1587) y Lisboa (1596).
Argumento del Lisuarte de Silva Pascual de Gayangos, en su discurso preliminar sobre los libros de caballerías, resumió así el argumento del Lisuarte de Silva:
Traducciones y continuaciones El Lisuarte de Grecia de Silva fue traducido al francés por Nicolás d'Herberay des Essarts y publicado en 1545; también apareció en italiano (1550), en alemán (1572), en neerlandés (1592-1593) y en inglés (1652).
Feliciano de Silva prosiguió la acción de su obra en su segundo libro caballeresco, Amadís de Grecia, publicado en 1530. El italiano Mambrino Roseo escribió en italiano otra continuación, El segundo libro de Lisuarte de Grecia, impresa por primera vez en Venecia en 1564 por Michele Tramezzino, y en la cual se relatan nuevas aventuras de Lisuarte de Grecia, su tío Perión de Gaula y otros caballeros. Parte de las aventuras de Lisuarte relatadas en este libro transcurren en el Japón. El segundo libro de Lisuarte alcanzó una popularidad considerable, ya que fue reimpreso en Venecia en 1586, 1599, 1610 y 1630.
Lisuarte de Grecia, de Juan Díaz (Libro VIII de Amadís) Octavo libro de la serie de Amadís de Gaula, cuya única edición salió a la luz en Sevilla en 1526, con el título de El Octavo libro de Amadís: que trata de las extrañas aventuras y grandes proezas de su nieto Lisuarte, y de la muerte del ínclito rey Amadís. Su autor fue el bachiller Juan Díaz y es uno de los libros de caballerías castellanos menos conocidos y estudiados. La obra relata las hazañas de Lisuarte de Grecia, hijo del Emperador Esplandián de Grecia y la Emperatriz Leonorina, y sus amores con la princesa Elena de Macedonia. De este libro solo se conocen hoy dos ejemplares, uno en la Biblioteca Nacional de Madrid y otro, muy maltratado, en la Central de Barcelona.
Ya desde 1514 se había publicado el séptimo libro de la serie de los Amadises, también con el título de Lisuarte de Grecia. Este primer Lisuarte, debido a la pluma de Feliciano de Silva, no era continuación del sexto libro amadisiano, Florisando, sino del quinto, Las sergas de Esplandián. Por su parte, en el octavo, el bachiller Díaz no continuó el séptimo, sino el sexto, y de los anuncios hechos al final de este tomó al parecer la infortunada idea de incluir en su obra la muerte de Amadís de Gaula. Feliciano de Silva, a quien la aparición del libro de Díaz parece haber disgustado muchísimo, continuó en Amadís de Grecia (1530) la acción del primer Lisuarte, pasando por alto el libro octavo (y lógicamente, también el sexto). El éxito editorial de Amadís de Grecia y de sus continuaciones Florisel de Niquea y Rogel de Grecia, también obra de Silva, aseguró definitivamente el fracaso del binomio constituido por Florisando y el segundo Lisuarte.
Del autor, Juan Díaz, solamente se sabe que era bachiller en cánones. No se conoce ninguna otra obra suya, aunque Pascual de Gayangos y Arce insinuó la posibilidad de que escribiera también el libro de Don Tristán de Leonís el joven, publicado en Sevilla en 1534; pero la hipótesis parece poco plausible, dado que el bachiller Díaz dedicó su obra a Jorge, Duque de Coímbra, hijo extramatrimonial del Rey Juan II de Portugal, mientras que en el segundo Don Tristán es notoria la antipatía del autor hacia todo lo portugués.
El Lisuarte de Díaz, aunque dista mucho de ser una obra maestra, coincide perfectamente con el gusto de los lectores de libros de caballerías de los primeros años de Carlos V, y es además una obra de acción ágil, que todavía hoy puede considerarse como relativamente amena. Es un típico libro de caballerías temprano, con todos los elementos usuales -un protagonista que parece la suma de todas las virtudes, variadas aventuras, encantamientos, amoríos, gigantes y conflictos militares de gran envergadura entre cristianos y paganos-, pero que no atribuye mayor importancia al diálogo y a las cuestiones de estilo, sino que hace énfasis en los episodios propiamente caballerescos o militares. Estas características se encuentran en otros muchos libros de la misma época, y quizá llegaron a tener sus máximas expresiones en el Belianís de Grecia de Jerónimo Fernández y el Espejo de Príncipes y Caballeros de Diego Ortúñez de Calahorra, que gozaron de notoria popularidad, a pesar del éxito logrado por los libros más tardíos de Feliciano de Silva, donde imperaba lo cortesano y se vivía en una artificiosa y enrarecida atmósfera.
El fracaso del segundo Lisuarte resulta explicable por tres motivos. En primer lugar, la circunstancia de continuar la acción de Florisando puede haber sido una notoria desventaja frente a otras obras. El reprimendón y moralizante Florisando, que en algunos aspectos parece más una obra contra la caballería andante que un libro de caballerías, tuvo muy poca aceptación entre el público, y no alcanzó más que una reimpresión. Para el aficionado a los libros de caballerías debía resultar mucho más grato pasar directamente de Las sergas de Esplandián al Lisuarte de Silva, en vez de perder su tiempo con la relación de las aventuras de Florisando, que ni siquiera era descendiente directo de Amadís de Gaula, sino hijo extramatrimonial de su medio hermano Florestán.
También debe haber contribuido al hundimiento del segundo Lisuarte la fecundidad de la pluma de Feliciano de Silva, que se encargó de continuar su propio Lisuarte en Amadís de Grecia, Rogel de Grecia y la Cuarta Parte de Don Florisel de Niquea, obras que en general tuvieron excelente acogida. Frente a esta avalancha de nuevos Amadises, el Lisuarte de Díaz, cuya acción ya no encajaba para nada en la serie, debió suscitar todavía menos interés. Díaz no conoció el primer Lisuarte sino cuando ya tenía muy avanzado el suyo, circunstancia que sin duda le molestó y le obligó a cambiar la numeración de séptimo por octavo. Sin embargo, su fastidio fue mínimo en comparación con la ira que el segundo Lisuarte despertó en Feliciano de Silva, quien posiblemente ya para 1526 tenía bien avanzada la composición del Amadís de Grecia y debió temer que el público amadisiano se inclinase por la serie Florisando-segundo Lisuarte, con lo cual el primer Lisuarte, que aún no había sido reimpreso, hubiera caído en el olvido y quizá no hubiera salido a la luz el Amadís de Grecia. En este, Silva dedicó furibundas críticas al libro rival e incluso expresó su deseo de que resultase abortivo, lo que en efecto sucedió. En forma parecida reaccionó años más tarde, cuando Pedro de Luján se atrevió a continuar Rogel de Grecia en Silves de la Selva (1546), duodécimo de la serie amadisiana. Silva, que al parecer pretendía el monopolio del ciclo, dedicó severas críticas al libro de Luján en su Cuarta Parte de Don Florisel de Niquea, publicada en 1551 y cuya acción continúa donde había quedado la del Rogel de Grecia, sin tomar en cuenta para nada la de Silves de la Selva. Esta vez, sin embargo, las circunstancias favorecieron a Luján, porque fue su obra y no la última de Silva la que sirvió de base a Mambrino Roseo, el continuador del ciclo amadisiano en Italia.
Algunos eruditos, como Pascual de Gayangos y Arce y Henry Thomas, parecen haber considerado como un elemento importante en la mala acogida que tuvo el Lisuarte del canonista Díaz cierta tendencia a lo moral y religioso; por ejemplo, al final de la obra, algunos importantes personajes de la familia de Amadís ingresan a conventos. Sin embargo, una lectura cuidadosa de la obra demuestra que tales elementos son relativamente raros. El segundo Lisuarte es ante todo y por todo un típico libro de caballerías, que hace ocasionales concesiones a lo religioso, pero que está muy distante de espetar continuamente al lector enseñanzas teológicas y morales, como sí ocurre en Florisando.
Sin embargo, como bien lo apuntaron los mismos Gayangos y Thomas, quizá el peor error del bachiller Díaz y el factor más decisivo en el fracaso de su obra fue el haber incluido en las páginas de Lisuarte de Grecia el fallecimiento y las exequias de Amadís de Gaula. Ruy Páez de Ribera, al final de Florisando, había anunciado que la continuación de su obra incluiría el relato de la muerte de Amadís. Tal vez Juan Díaz consideró como cosa normal que el célebre héroe, como cualquier monarca europeo del , falleciese y fuese enterrado cristianamente cuando ya sus nietos estaban en edad adulta. En Las sergas de Esplandián, Rodríguez de Montalvo había hecho morir a los reyes Perión de Gaula y Lisuarte de Gran Bretaña, padre y suegro de Amadís, mientras el hijo de este, Esplandián, se hallaba en el cenit de su carrera de armas. Sin embargo, para los fanáticos del ciclo amadisiano, el deceso de su héroe debió ser un crimen imperdonable, del mismo modo que hoy algunos aficionados a ciertas series de televisión que reaccionan con asombrosa vehemencia cuando los guionistas hacen morir a uno de sus personajes favoritos. Diaz no solamente no previó la desfavorable reacción que suscitaría en los lectores amadisianos la muerte del héroe, sino que en vez de hacerlo morir en combate contra los paganos, como los reyes Perión y Lisuarte, dio a Amadís de Gaula una muerte y unos funerales por demás prosaicos, que Gayangos comparó festivamente con los de cualquier gran señor andaluz de principios del . Feliciano de Silva, mejor conocedor de la psicología de sus lectores, hizo de Amadís y la mayor parte de sus parientes personajes prácticamente eternos, que gozaban de excelente salud mientras el mundo contemplaba las proezas de las sucesivas generaciones de la familia. Después de 1526, Amadís de Gaula no volvió a morir, por lo menos en los libros castellanos, aunque sí en una de las obras italianas del ciclo, Esferamundi de Grecia, y quizá también en una obra caballeresca portuguesa, Penalva.
Argumento del primer Lisuarte de Grecia El Discurso preliminar de Pascual de Gayangos resume así el argumento del Lisuarte de Juan Díaz:
Traducciones El Lisuarte de Díaz fue traducido al francés por Nicolás d'Herberay des Essarts quien se valió de sus primeros 102 capítulos para publicarlo, con algunas pequeñas modificaciones, como si fuese una obra original suya, a la que tituló Flores de Grecia. Se publicó por primera vez en París en 1552, en la imprenta de Etienne Groulleau, con el título de Le premier livre de la Cronique du tres valliant et redouté dom Flores de Grece, surnommé le chevalier des cignes, second fils d'Esplandian, Empereur de Constantinople. Histoire non encore ouye. Esta obra también fue traducida al inglés.
Miguel de Cervantes y el segundo Lisuarte de Grecia
El segundo Lisuarte no aparece mencionado en el Quijote, y dado el escaso interés que ha despertado, parece que los estudiosos han supuesto que Cervantes, que tampoco se refiere al Florisando, no lo conoció. Alonso Quijano, devoto admirador de Feliciano de Silva, parece haber sido un amadisiano ortodoxo, de los que pasaban por alto o no conocían la existencia de los intrusos libros sexto, octavo y dudodécimo. Sin embargo, una lectura cuidadosa de la obra de Díaz permite plantear la hipótesis de que Cervantes no solo conoció el segundo Lisuarte, sino que incluso lo convirtió en modelo para algunos pasajes del Quijote.